“En lo más oscuro del invierno aprendí por fin que dentro de mí hay un verano invencible.” — Albert Camus
Amiga, te dedico estas palabras tuyas.
Espero que te remuevan y te sientas en ellas y que, en estos 13 años, hayas encontrado la magia entre los ángeles de la guarda y la suerte tenga llena su cesta.
Os quiero a los dos, siempre desde un querer lejano, casi pretencioso por aspirar a más de lo que me es debido.
17-ENERO-2013
Hace tiempo que no escudriño en los rincones de mi alma… eso, si es que tengo alma. Siento que ya no puedo sostener los mundos felices que he creado para otros. Todo me pesa, y no porque me arrepienta de nada, sino porque creí que sería capaz de más y ahora descubro que no… que no tanto.
No me autoflagelo ni me castigo emocionalmente, pero necesito desahogarme. Necesito gritar que no puedo más. Y, al mismo tiempo, me doy cuenta de que, de algún modo, sí voy pudiendo, a pesar del dolor que dejan ciertas sacudidas; sobre todo cuando vienen de quien menos deseas que vengan.
Entonces comprendo que se me escapan muchas cosas, que por más que lo intente, apenas puedo hacer nada con determinadas personas. Y muchas veces ni siquiera es por lo que me duele a mí, sino por cómo todo termina salpicando a quienes quiero.
Un día escribí sobre lo útil que era tener una burbuja en la que evadirse, pero hay momentos en que la burbuja se pincha: entra lo malo y se escapa lo poco bueno que había.
He querido abarcar más de lo que puedo. He intentado mantener al margen de los problemas a quien, cómodamente, se aprovechó de ello. Y luego descubro que eso hace que muchas cosas se vuelvan contra mí: contra lo que me gustaría sentir y contra lo que, al final, termino sintiendo.
Mi lado oscuro me susurra y me desanima; mi lado luminoso se rebela; y el lado neutro me apaga. A veces me gustaría permanecer apagada durante mucho tiempo, despertar en otra época donde, pasara lo que pasara, nada dependiera de mí.
No me sirve empezar de cero —cometería los mismos errores—, pero no me importaría seguir adelante de otra manera.
Sé que, con todo y a pesar de todo, soy una privilegiada. Quizá sea casi un pecado quejarme, pero me quejo de lo anodino, de lo neutro, de no poder rebelarme contra ciertas personas y sus actos, por distintos motivos. Y eso repercute en mi ánimo, en la forma en que afronto las cosas.
Pero no puedo —ni debo— culpar a nadie. Todo es cosa mía. Este es mi grito ahogado, y no quiero que me anule por completo.
No tengo demasiadas ganas de escribir ni de hablar, porque temo transmitir mis miedos, mi desgana, mi desidia, mi hartura… Mis ánimos me suenan huecos, vacíos, falsos, y sé que no es así, que yo no soy así. Lo sé porque, aunque a veces mienta, nunca lo he hecho en eso: nunca he sido deshonesta con mis emociones. Me parece algo demasiado serio. Por eso, cuando no quiero decir algo, prefiero callar; y cuando lo digo, es porque lo siento de verdad.
Me daré un tiempo. Un tiempo para que, en el boceto de mi vida y en la de quienes la habitan, haya la menor cantidad posible de grises; para que, si tenemos que dar rodeos en lugar de avanzar en línea recta hacia lo que deseamos, no acabemos mareados, sino aprendiendo a disfrutar del paisaje.
Quizá, porque no quiero nada para mí, he querido demasiado para otros. Y hay veces en que la magia no aparece, en que los ángeles de la guarda descansan y la suerte se ha ido de pesca a otros lugares.
