Hacía algunos días que salía con ella por la ciudad. Íbamos a algún pub y hablábamos de su país y de muchas cosas más.
Yo decía: “Mira cuántos árboles hay en nuestra ciudad, ¿no es bonita?”, y a ella eso le parecía una broma: en su país había muchísimas más zonas verdes.
Yo me pedía un mosto o una clara de cerveza. Ella... no recuerdo, pero le chocaba un montón verme comer las pipas que nos ponían en un platito: “Es que eso en mi país se lo damos a los loros”.
También le hacía mucha gracia que tuviéramos un rey. Le parecía un atraso de antiguas épocas.
Un día, antes de salir, le pedí que pasara dentro de mi casa y que tomara asiento en el sofá del salón, y lo hizo sin dudar. Quizá puedan imaginar para qué, aunque lo dudo. Lo que hice a continuación se me había ocurrido un minuto antes de que bajara del ático y llamara a mi puerta.
Encendí el mezclador: por un canal, el micrófono estéreo de condensador, y por otro, el tocadiscos de plato extraíble con cabezal magnético, ambos de la marca Aiwa.
Puse la aguja sobre el vinilo en la última canción, “A Piece of Sky”, de la banda sonora original de la película Yentl. Cornelia Köhler me observaba, supongo que algo extrañada por todo aquello. Cogí el micrófono y comencé a cantar sobre la voz de Barbra Streisand. Mezcladas nuestras voces en aquella especie de karaoke “made in home”, mis errores vocales se podían ocultar mejor.
Canté.
Canté hasta el final sin mirar a mi obligada espectadora, pero no estaba entrenado para prolongar mi chorro de voz hasta los diecinueve segundos de Barbra en ese final apoteósico.
Quise disculparme, en la comprensión de que no me era posible igualar aquella fuerza arrolladora, y encontré que ella estaba encantada. Plis, plas, aplausos.
Visto desde la distancia de los años, me parece un hecho propio de narcisistas viciosos, ¿no creen?
¿Tendrían razón Alonso y Luis Carlos? He aquí un suceso alternativo:
Cuando éramos pequeños, nuestros padres nos llevaban al campo. Máximo de sesenta kilómetros. Iban dos familias más, amigas de mis padres. Un día me enviaron al Renault 4L de otra familia. De mala gana fui, pero en el viaje, de pronto, me puse a cantar, vaya usted a saber por qué, “Son tus perfumes, mujer”, de Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina. Al amigo de mi padre le encantó aquello y cuando aparcaron corrió a festejarlo:
—¡Venid todos un momento! ¡Venid! ¡Veréis qué bien canta Fermi! —horror de los horrores. Yo deseaba hacer andar mi jeep de Madelman por terreno agreste despacio y con todo el cuidado, pero aquel hombre me cogió por los brazos y me puso sobre un peñasco cual lagartija a la solana. Solo por eso le hubiera puesto el jeep de sombrero, pero ante tanta gente me quedé bloqueado. Yo llevaba un niqui (palabra viejuna) marrón, de rayas anchas y manga corta baja y algo ajustada. Estiré mis mangas.
—¡Venga! ¡Canta como antes en el coche! Son tus perfumes, mujer... 🎵🎶 —solo hacía falta fijarse en mi cara de morrongo. El buen hombre no entendía mi enorme disgusto. Su hijo, por el contrario, pasaba de súper animado a pendenciero en un flash. Mientras yo me convertía en un personaje mohíno a la vista de todos, su hijo Tito enganchó mi jeep y se puso a correr con él sobre el suelo areno-pedregoso y poco propicio para la velocidad. Al momento había volcado, pero él seguía arrastrándolo de todas formas. Estaba a punto de llorar cuando se me acercó su esposa:
—¡Déjale en paz, atontado! ¡No ves que no quiere! Anda, ven, baja de ahí. ¡TITOOOO, DEJA EL COCHE Y VEN AQUÍ! —qué amor de mujer. Qué risas los unos, qué comentarios los otros entre la impaciencia y la impotencia, el aburrimiento y la compasión.
—¡Bah, qué muchacho más soso! Es que teníais que haberle visto cantando: “Tus pechos, cántaros de miel...”
Eran trece años los que tenía, pero no crecí ni me adapté ni maduré como era de esperar. Y moriré sin haberlo hecho jamás, me parece.
Cuando Cornelia finalizó su curso de idioma español, tocaba regresar a su país, Austria. Era de una región muy autonomista. Su preciosa Vorarlberg...
Creo que no fui capaz de darle un abrazo o al menos un beso de despedida. Siempre se me han dado mal esas cosas.
En el último momento, antes de darse la vuelta, me dijo que le picaban los ojos. Ninguna de las imágenes que pasaron por mi mente encajaba con aquel comentario de ella: humo de coches, pestañas...
Se marchó y aún tardé tiempo en comprender aquel picor en sus ojos. No soy bobo, pero para determinadas cuestiones soy muy lento o ni siquiera alcanzo.
Fue una corta pero bonita amistad, en cualquier caso.
Saludos, Cornelia. Espero que hayas sido muy feliz.
Los amigos volvieron. Aunque sin rencores, aprendieron a pasar de mí cuando querían divertirse. Durante un tiempo creí sus engaños y me venía bien para dedicarme a mis asuntos, pero una cosa era pasar del cine y otra pasar de otras chicas y chicos. Cuando lo descubrí, no se lo perdoné y no volví a salir con ellos hasta que vinieron a disculparse después de rodar por las calles como perros abandonados.
Por mi parte, quise encontrar mi camino sin ellos y en un par de ocasiones estorbé en un grupo compuesto por seis viejas amigas. Ahí se puede deducir que no hubiera sido buena elección el colegio de chicas. También llevé mis lágrimas a correr en lo oscuro de algunos salones de cine que pasaban películas antiguas a precio económico. Eran en blanco y negro y en un idioma que tampoco era el mío.
Es importante conocerse para saber qué necesitamos, lo que más nos conviene o cómo podemos ser un poco más felices.
Así es la vida.
Ellos encontraron pareja a pesar de sus dificultades para iniciar una conversación, pero yo no era capaz de encontrar cómo, qué o quién, y rechacé las amistades que me propusieron Alonso y Luis Carlos. La soledad es una compañera muy triste, pero ni en esas condiciones era capaz de empezar una amistad cualquiera fuera de determinados parámetros.
A veces, ser más rígido que una tabla de planchar es peor que estar más salido que el pico de su plancha.
En todo caso, recordaré a aquellos dos chicos que una vez fuisteis: Alonso, con su Ennio Morricone y aquel puñado de dólares, fascinado con Clint Eastwood; Luis Carlos escuchando Das Boot en las profundidades de su U-boot alemán, apasionado de la historia y los soldaditos.
Ya es tarde para ser otra persona. Tarde para cambiar las decisiones de toda una vida. Tarde para modificar el rumbo al futuro.
Ya va siendo hora de descansar. No estaría mal.
