La iglesia de mi colegio salesiano tenía tres puertas de acceso. La primera, de carácter mundano, la encontraba cuando iba desde mi casa. Sin embargo, cuando tenía alguna peseta para gastar en el kiosko, accedía al colegio por la puerta principal, la de los domingos y festivos con la enorme ventaja de no tener que circular entre culos adultos.
A mucha gente le desagrada estar entre mucha otra gente pero se obligan a tragarlo como jarabe medicinal por si logran la curación en esa terapia de choque.
La puerta principal está en la calle que lleva el nombre de su virgen, Auxiliadora. Esa es otra de las cosas que jamás he podido comprender. Si solo hubo una virgen y se llamaba María, porqué se rinde culto a la del Pilar o la de las Nieves.
Siempre me ha parecido que cuando los hombres inventaban su coronilla era iluminada por la santidad pero cuando lo hacían las mujeres eran alumbradas por brasas a sus pies.
Tan importantes son los nombres para los devotos que, muchos años después de lo que voy a contar, el Corte Inglés exigió como premisa para abrir su negocio prolongar el nombre de Auxiliadora cientos de metros hasta su futuro solar, obligando a miles de ciudadanos a cambiar de dirección y número de piso. Desde luego estos ideólogos debieron quedar calvos por completo mientras eran iluminados.
Si. Mi relato comienza con una peseta caliente en la mano camino del
gigantesco kiosko de hierro pintado de azul. Ahora sé que era un calabozo
diminuto, un horno en verano y un frigorífico en invierno, pero entonces
admiraba la vida de kioskero. Siempre rodeado de apetitosas golosinas
gritando "¡ cómeme ! !¡ cómeme a mi también ! ¡ no, nooo, a mi primeroooo
!".
El hombre llevaba siempre gorra y me planté delante de su
ventanilla. Tenía la misma forma ojival que la puerta principal de la
iglesia y ambos lugares estaban rellenos de cosas buenas. Abrió y, cuando
parte de aquel aroma empezó a salir, surgieron mil dudas. Había otro
kiosko unos metros más allá pero prefería este porque el hombre no me
regañaba nunca mientras deliraba para elegir dulce: "El bazokaaaa, son
tres pisos. No me llega con una peseta. Compraré los caramelos snipe de
nata, que me dan 8."
Crucé la calle de santo nombre para entrar al colegio atravesando la
iglesia. La tercera puerta comunica con un pasillo del colegio y nada más
entrar en él dispone de escaleras a la izquierda que conducen a aulas y
patio. Esa era mi ruta de atajo.
Como tantas iglesias, esta tiene dos bancadas, pasillos laterales y el
glorioso pasillo central. Siempre he tenido mucho respeto por este
pasillo. Me parecía que ahí cruzaba un torrente divino dotado con la
gracia de Dios (¿gracia?) porque todas las personas se arrodillaban y
agachaban la cabeza de cara al altar si se atrevían a atravesarlo.
No sé qué suerte de felicidad me invadía aquel día con los caramelos en
la mano que me apeteció jugar a la orilla del torrente. Hice amagos de
cruzar con una suerte de baile primigenio a lo Michael Jackson, con
saltitos que simulaban pasos al borde mismo de aquellas baldosa divinas
del pasillo central que por otra parte eran idénticas a las demás.
De pronto recibí un fuerte gaznatazo en la nuca que me hundió de bruces
en aquel mi sacrosanto arroyo. Mis caramelos de Nata Adams esparcidos rio
abajo.
Salido de algún rincón oscuro sin ser visto, un sacerdote dentro de un
pobre jersey incapaz de abarcar tripas del octavo mes de embarazo, esperaba
como guardia civil bajo un puente para pillarme en medio de ese acto
perverso y delincuente, tan propio de vagos, que era aquel atajo mío. La
mala suerte me encomendó interpretar aquella danza diabólica y lo que iba a
ser una pequeña reprimenda se convirtió en otra cosa.
—Fermín. Es
usted un majadero. Aquí se viene a rezar, no a hacer tonterías. Como vuelva
a verlo atravesar la iglesia para entrar al colegio se va a enterar de lo
que es bueno.
Miré su boca. Labios finos, apretados. Don Felipe. Un piel-roja ataviado en negros con el alzacuello blanco y adalid de frases célebres: "Te va a pillar el toro" o "Se recoge lo que se siembra". Frases anodinas, insulsas para rumiar en boca de jóvenes y críos. Un claro bolo a vomitar.
Los curas deberían vestir túnica blanca. Tonos que aclarasen sus mentes, colores que hicieran llevaderas esas vida tan privadas de placeres, tan tristes como para transfigurar sus padecimientos en goces que ofrecer a Cristo. Y Cristo, que nunca se puso ropa carbón, dijo:
—Ya me disteis suficiente padecimiento siendo carne. Os agradecería en adelante algo más de bondad, paciencia, lógica y esperanza. Respeto. Cariño ahora que soy alma.
Yo era un chico inteligente y sabía que rodeado de la pureza, ante el altar, gozaba de protección divina así que respondí con el ánimo contusionado mientras me volvía a repescar mis pequeños pecados de nata:
—Aquí se viene a rezar, no a pegarme.
Y no cabe duda que aquel era un lugar especial, privilegiado en medio del templo de Dios, porque comencé a elevarme en el aire alejándome de mis caramelitos plateados de dulce aroma a la vez que sentía un intenso dolor y tirantez en la oreja derecha.
El malvado Felipe tacatún, más rojo que un salmón noruego, poseedor de prismáticos potentes con los que en otro lance nuestro dijo observarme, farfullaba o ... más bien adivinaba mi futuro mientras me arrastraba hacia la puerta principal. Allí soltó su presa y me volví para ver en su boca el mismo gesto de dientes apretados que mostraba mi padre cuando me pegaba y llamaba loco del demonio.
Mi pequeña oreja seguía allí, acalorada, quizá igual de roja que aquellas caras furiosas que provocaba con mis fabulosas ideas rápidas. Aprendí a responder con lentitud. Bueno. En realidad he disfrutado y disfruto de una lentitud innata fuera de la cual cometo grandes errores como puede constatarse.
Todos los cristianos compartimos la protección infalible de un Padre
omnipotente. Algunos, los de más suerte, disfrutamos la educación sucedánea
de padres sacerdote y madres monja. Algunos incluso conservamos padres
naturales hasta la edad adulta que nos ayudan a sentir bien (jodidos o no)
el resto de la vida.
Todavía me pregunto si Don Felipe cosechó y comió mis galgadas aderezadas con sus inconsistentes perlas de sabiduría. Si recibió premio o castigo por desatar su justicia con violencia en presencia de Dios. Si había equilibrio entre la carne que comía delante del altar y la sangre que bebía detrás.

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