Y la emoción clausura sus cuerdas vocales en medio de la incomprensible
lluvia de corazoncitos egocéntricos: los negados y los traicionados,
junto a los que conservan su esperanza, invencibles y eternos.
Ay... qué bonito.
El niño, el adolescente, cuál de ellos no lo sé, acudió como siempre a
su habitación, pero la puerta estaba entornada. Pasó dentro y encontró a
su hermano sin ropa. La parálisis duró un millar de milisegundos antes
de dar la vuelta y salir. Escuchó:
—¡Vuelve, que no pasa nada! ¡Solo me estoy cambiando! —y añadió sonidos
y más palabras que no fueron tomadas en cuenta en ese momento, ni estas
otras después de estar vestido:
—No tienes que tener miedo. En la mili, por ejemplo, te hacen desnudar y
pasar así debajo de los camiones, mancharte de grasa y cosas peores, y
no pasa nada. Todos nos reímos, todos somos hombres.
—(Yo no soy de ese tipo de hombres y no pienso ir a la mili) —pensó.
—¿Me escuchas? Mírame, no mires al suelo. Si te lo digo es por tu bien,
para que no te pase lo que a mí... —Marino esbozó una sonrisa—. ¡Bah!
Haz lo que quieras. Avisado estás.
Todo el mundo lo sabe: en el mundo animal puedes ser predador o presa.
Los predadores disponen de un instinto autónomo y visión de foco. Son
capaces de seleccionar al instante la presa con dificultades, la
diferente, la que resultará más sencilla. Las presas tienen el instinto
contrario: visión de amplitud, velocidad para escapar, para mimetizarse
y no ser vistas ni escuchadas, para encontrar alternativas a la
pelea.
Las personas también pueden ser predadoras o presas. Marino sabe que
debe estar atento para prevenir el peligro, debe escapar ante señuelos,
encantos y todo aquello que su experiencia ha ido determinando.
Compartir espacio sin ropa con alguien de su mismo género es motivo de
escape: como la violencia, los gritos, la sinrazón, la lengua
envenenada, el grupo, etc.
Marta, su otra hermana, un año y medio mayor, al escuchar aquellas
arengas de hombre adulto, se acercó a él y le dijo:
—No le hagas caso. Tú pídete todas las prórrogas para la mili, que son
siete, y cuando no quede remedio, ya serás mayor y lo entenderás todo
mejor. —Y añadió—: ¿Me dejas leer el último
Don Miki? —muy contento se lo entregó y ella susurró—: Luego, cuando todos
estén distraídos, nos fumamos un mentolado.
A Marta también la quería mucho. Era una chica muy sensible y aún más
llorona, pero combativa. Ambos compartían ascos para la comida que
consumían los nervios a su madre. Un día, en medio de una comida con
sopa de verdura, Marino dijo con solemnidad:
—Esto no es sopa de verdura, es de carne. —Y todos pensaron que se le
habían aflojado las tuercas al pobre Francostillas. Su madre, aludida
primera, respondió:
—Déjate de tonterías y come. —Pero Marta preguntó:
—Marino siempre tiene un motivo. ¿Por qué lo dices?
—Pues... estos cuerpos negros, pequeños, estos insectos de la sopa son
carne, ¿no?
La que se lió no fue chica. Su madre no tenía costumbre de limpiar los
armarios de la cocina, y aquello era un microcosmos de organismos con
vida autónoma. Algún ingrediente de la sopa tenía bichos, achicharrados
con sus patitas y demás. Todos verificaron y recusaron la sopa. No
sirvieron de nada las alegaciones maternas. Pero a la hora del café, la
cosa continuó. Su madre puso la jarra con leche y la del café. Y Marino
dijo:
—¿Qué pasó con el café? —a lo que su madre repuso, inquieta:
—¡Qué le pasa al café! ¡Es el mismo de siempre! ¡No dirás que tiene
bichos también! —y su padre añadió:
—No hay marrano que no sea escrupuloso. —Pero Marta insistió:
—Marino, dinos qué le ves al café... si aún no lo probaste. —Y su madre,
sin convicción, aprovechó la ocasión:
—¡ESO, QUE NO LO HAS PROBADO... TONTO!
—A ese café le has echado algo. Está turbio y normalmente es cristalino:
oscuro, pero no turbio.
Su madre, esta vez asombrada,
estalló en una risa:
—Jaaa, ja, jaaaa... —y los demás monos de la feria rieron con ella—.
Pero mira que eres especial, cariño. Sí. Es que no había café suficiente
y le eché Nescafé en polvo, pero nada más. —Y todos comprendieron y
tomaron el café con risas compartidas que el chaval disfrutaba como un
enano, al que llamaban enano, si bien la más enana era su otra
hermanita, Rosa.
Rosa, a quien también quería mucho, tenía lo que ahora llaman "terrores
nocturnos". Solía suceder que la echaban a dormir antes que al resto
porque era muy chiquita, de unos seis años, cuando empezó con este
problema. A Marino se le partía el corazón y no podía soportar escuchar
su llanto sin que nadie la atendiese. Para el resto era una niña
caprichosa, una niña consentida, pero para nuestro prota había un
problema y no podía encoger los hombros sin poner en marcha alguna
iniciativa.
Una noche, tras acostarla, comenzó a acudir al dormitorio de las chicas.
Jugaba con ella a las cartas infantiles de
El bosque de Tallac.
Jugaban, y él se dejaba ganar, algo inconcebible, pues odiaba perder.
Rosa reía pícara y disfrutaba un montón. Sus padres les reñían, y poco a
poco, tras leer unos cuentos, cuando ya le parecía que su hermana estaba
lista, lo dejaban en secreto. Apagaban la luz y esperaba a que se
durmiese. Luego salía medio mareado de aquella oscuridad, pero feliz y
satisfecho, a pesar de perderse lo mejor de la tele. La niña no volvió a
tener aquellos terrores.
Pero es verano y la piscina es, de nuevo, nuestro siguiente escenario.
Allá va este cantarín, amigo de Caruso, tan ufano. Con la vajilla
completa, si descontamos algún plato roto.
Entra con su familia al merendero, cargado con bártulos para pasar el
día con las demás. Y de nuevo hay baño, natación y tostones asados,
vuelta y vuelta. El padre de Javucho ha tomado las pulsaciones de ambos:
168 el chico grande y 125 el pequeño:
—¿168 es... bueno... no? —pregunta jadeando.
—Hombre, pues no es demasiado bueno, pero... —reduce la marcha al ver la
cara de susto—. Pero no tiene importancia, solo ha sido un largo
intenso. ¡Uy, se hace tarde! Id saliendo, que se acerca la hora de
comer.
Pues no le dijeran otra cosa. Empezó a entrar en bucle y se reservó el
derecho de consulta al tomo enciclopédico de lo cardíaco, a los médicos
de turno para el siguiente día de enfermedad, a los expertos en deporte
de su vida futura, etcétera, etcétera. Pero eso no le impidió
incorporarse a la hora de comer. Había bullicio, muchas cosas
compartidas entre todos, que a él le producían rechazo y mucha hambre
loca por doquier. Y vino. El señor Juli dijo:
—Toma, Marino, un vasito de vino, granuja.
—¿Es Paternina Banda Azul? —solo tomaba vino para hacer gracia, para
integrarse y resultar simpático, chistoso: el niño borrachuzo. Lo hacía
desde siempre y le reían la gracia cada vez.
—Bueno, Juli, no te pases echando —recriminó Felisa—, que de estas cosas a
los niños, cuanto menos, mejor. —Ella tenía en cuenta que Juli era un
borrajas sin control.
—¿Niño? Pero si este ya es tan alto como yo... claro que... por lo que me
han dicho, no le sirve de mucho.
—¿Se puede saber a qué viene eso? —preguntó molesta la madre de Marino. El
chaval no había tomado un trago y ya se le estaba atascando el tinto.
—¡Ah! ¿No lo sabes? Aquí el Javito es el más valiente de estos tres.
—Rosario, su mujer, un tanto sorda, venía del servicio e intuía que su
marido estaba haciendo alguna de las suyas—. Pues que estaban el otro día
por el parque y otro niño se metió con ellos. Javi fue el único en plantar
cara y pelear. —Rosario llegó en este punto, pero continuó—: Aquí el
Marino salió corriendo y Paulo detrás de él. Ja, ja, le dejaron solo
cuando podían haberlo hecho papilla, siendo tres. Además, el gitanillo era
un renacuajo que... —su esposa le interrumpió muy enfadada—. ¡CALLA LA
BOCA! ¡Que siempre tienes que dar la nota! ¡IMBÉCIL!
Los segundos de silencio se extendieron como si una bomba hubiera
estallado, dejando a todos sordos y pasmados.
Marino había dejado el vaso de vino nada más escuchar las primeras
palabras sobre la valentía de Javi y se levantó. No quería hacer de
borrachín tonto pudiendo ser el cobardica más ganso. Justo lo que odiaba
su padre que fuera. Escapó de aquel lugar cumpliendo con lo esperado por
aquel padre suyo.
Caminó en zigzag por entre las mesas de muchas otras familias, también
con amigos, también con niñas, niños y adolescentes como él, mientras la
discusión se dejaba de escuchar. Desorientado, preso del bañador, de la
vergüenza, de necesitar ayuda para volver a su casa, a la seguridad de
su habitación, buscó dónde esconderse.
Basta una sola estupidez para romper cualquier magia, cualquier afecto.
Estropear cualquier recuerdo y cubrirlo de la porquería más
puerca.
—Julián se ganó otra bronca. No me lo esperaba. Yo creía... —imaginaba
que aquellas personas le querían—. Corre salvaje, al borde del tiempo,
niño. Lleva tus sueños lejos, amor.
Lo buscaron sin hallarle. Usaron sin éxito la megafonía para
encontrarle. A Julián “le cayó la del pulpo”, para quienes vean sentido
en la analogía, y solo Felisa supo dónde estaba. Se encerró en uno de
los dos vestuarios pequeños a la vuelta del bar del merendero.
—Abre, no hagas caso a Julián, no seas tonto. Es lo que él quiere. Sal
de ahí y te explico por qué lo hace.
Con su cara, más negra que morena, llena de lágrimas-rímel extendidas,
haciendo contraste con el blanco del cloro, los ojos enrojecidos y el
último llanto con hipo de su vida, abrió y salió encogido, temblando, al
cegador sol y el calor del mediodía.
Felisa le explicó los problemas que había en la familia de Julián: que
bebía de más y decía cosas que no pensaba. Que tenían problemas con su
hijo pequeño, Alberto, de su misma edad y amigo perdido. Explicó que
discutía con su esposa todo el tiempo y, como Rosario se mostraba
agradable con el padre de Marino, para chincharle, la había tomado con
él en revancha.
—Pues no es casualidad. Ya otra vez hizo algo parecido, cuando no quise
cantar delante de todos la de Palacagüina y me cogió por los brazos y me
agitó como a una botella de Mirinda para que la echase fuera. —A Felisa
se le escapó la risa:
—¡Jaaa, ja, jaaa! Pero mira que eres gracioso. Anda, ven conmigo, que te
están buscando. —Cayó en la trampa de sentirse gracioso mientras ella le
tiraba de la muñeca y lo llevaba como trofeo de vuelta al matadero—.
Espera, que te limpio esa cara. Y ponte derecho, que no te vean triste.
No hay nada de lo que avergonzarse. Cada uno es como es.
Por más que quisieron que hablara, no volvió a decir una palabra.
Escuchaba por detrás todo tipo de encomiendas hasta que se cansaron y le
dejaron por imposible.
Sería su último día de hacer el borrachuzo. Su último día de ir a la
piscina. Y, en verdad, ni Dios conseguiría que volviese ya más. Perdía
otro amiguito sin culparlo; tan solo era un niño que le contaba a sus
papás todo, con absoluta naturalidad.
Más adelante se enteró, de forma indirecta, de que Javito aún se hacía
pis en la cama y por eso nunca pasaba una noche fuera de casa. Es
lamentable cuán bajo pueden caer y lo lejos que pueden llegar las
personas para defender sus más miserables intereses.
En el camino de vuelta a casa, el sonido del motor y el carrusel
deportivo permitían mantener la tensión, hasta que su padre sentenció,
haciendo pausas entre frases:
—Siempre huyes de todo. Como los cobardes. Qué poco te pareces a tu
hermano. Ni a mí. Ni a nadie. Ya verás cuando hagas la mili. Ahí te
hacen hombre a la fuerza. —Y Marino pensó:
—(¿A la fuerza? Al que me toque, le meto un tiro).
—Bueno, ya basta —cortó su madre—. Déjale en paz, ya ha tenido
suficiente por hoy.
—Cobarde además de loco, otra decepción.
—¡YA BASTA! —el enfado de su madre puso fin a tanto amor envuelto en
hermosas palabras.
—Bien dejado está.
Cierto. Dejado de la mano de nadie.
O si el abandono es alguien, entonces tuvo larga compañía y enseñanza.
O si lo son libros de sexualidad que su hermano les mostraba, donde
Santa Águeda llevaba en un plato sus pechos cercenados, aprendió
demasiado pronto.
O si las revistas de aquel hombre-padre, con mujeres de piernas
esparcidas, y que según él eran “todas de nata por dentro”, cual postre
para hombres, entonces hizo el servicio militar antes que nadie.
Llegados al domicilio, desenvueltos los achiperres de campo y reunidos
todos los terrícolas, y algún alienígena allí alojado, hubo reunión de
pastores y el del bastón dijo:
—Este fin de semana vamos a Andorra vuestra madre y yo. Decidme qué
queréis que os traiga de regalo. —Marino esperó a escuchar a los
hermanos y hermanas.
—¿Y tú qué, Marino? —el instinto de Marino, equivocado o no, presintió
en aquellas palabras algo que disgustó al chico.
—No quiero nada.
—¿Ni chocolate?
—Déjale, si no quiere nada, pues ya está —su madre era bastante tacaña y
quería reducir gastos.
Mientras sus padres les dejaban solos, por enésima vez,
“acostumbrados”, hasta cierto punto, desde pequeños, a esperar su
regreso en el balcón con ansiedad, Marino aprovechó para grabar sus
Sesiones con
Juan Salvador Gaviota.
En casa tenían una grabadora de bobina abierta y, en ella, con la
máxima velocidad (calidad) que ofrecía el aparato, combinó Marino la
música de la banda sonora de la película y la melancólica voz de su
hermana Marta leyendo el texto apropiado a cada canción.
Cuando regresaron de Andorra, trajeron un montón de cosas en un sinfín
de bolsas. Había olores sugerentes: a nuevo, a sabroso, con tactos
suaves, de goma o rugosos, cosas blandas o duras dentro de preciosas
cajas envueltas en papel transparente que brillaban como el oro y un
montón de regalos que se concedieron a cada hija e hijo. Menos a él.
Todos felices y sonrientes, hasta que su hermana mayor dijo:
—¿Pero...? ¿Y a Marino? ¿No le habéis comprado nada?
—No. Dijo que no quería nada. —Y Marta añadió:
—Que sí, mira, esta cajita de
After Eight es para él.
—No. Trae, no líes las cosas, que se la prometimos a la Rosario.
Marino no había calculado, no había previsto la situación, y se marchó
a su habitación, como todos los que leéis esta historia ya podéis
imaginar, para llorar por ser un estúpido, por quedarse mudo y por no
saber nunca cómo decidir, qué elegir.
Se preguntaba si alguna vez en la vida podría vivir sin ayuda de nadie.
Si conseguiría parecer normal para trabajar para alguien normal. Si le
amaría alguien tal como era, pues no podría engañar a esa persona; a
pesar de su piel de lagarto, de sus pies palmeados, de su horroroso
cuerpo asténico, de su extraño caminar, con esa asquerosidad a la hora
de comer, con tanta falta de valor.
Como en
Juan Salvador Gaviota, se
diría que Marino añoraba las olas estallando contra el espigón en la
desembocadura del
río Bidasoa, los días de tormenta. El sabor a sal de las partículas en el aire y
el poder del mar, persistente, como él quería ser.
Envidiaba a las gaviotas, suspendidas allí arriba, tan inalcanzables y
seguras como él quisiera ser.
Santo, bendecido, con la profundidad con que la voz de
Neil Diamond
canta:
"Holy, Holy ... Sanctus, Sanstus ... Be."
Y ser.
Tan solo quería SER.
NOTA FINAL
A Marino le ha gustado la historia y ha querido añadir esto:
A veces pienso que todo lo que fui se quedó en aquella piscina, en
el eco de las voces que se alejaban mientras yo me escondía. Que el
resto ha sido aprender a salir de ese vestuario, una y otra vez, con
la cara lavada y el temblor disimulado.
Quizá todos vivimos intentando ser alguien frente a los demás, pero
lo que realmente importa es poder ser sin testigos. Sin público, sin
aplauso, sin la necesidad de probar nada.
He entendido que el silencio también puede ser una forma de
respuesta. Que no hablar no siempre es rendirse, sino conservar lo que
uno no quiere que le quiten.
Y si algo queda de aquel niño, o de mí, es la certeza de que existir
ya es bastante.
Que a veces ser —solo
eso— es el acto más valiente que nos queda.
Os dejo una versión de la canción de Joni Mitchell "Urge for going"
cuando el verano y todos sus recuerdos tienen prisa por partir: