Durante los cinco años siguientes, nuestro protagonista, además de repetir curso, fue elegido por ese motivo para una amistad doble con chavales de su clase. Chocaba con ellos en muchos aspectos, pero estaban de acuerdo en buscar amigas. Se apoyaban en él para iniciar conversación con ellas; se quedaban callados, sin habla.
En esos años tuvo diversas oportunidades para dar sus primeros pasos en el amor. Todo fracasos, como en los estudios, repitiendo tres veces más. Le proponían planes y ponía pegas a todos. Echó a perder incluso su amor platónico por María Jesús cuando ella lo supo y le aceptó. Los amigos le presentaban chicos y chicas pero él no quería con nadie.
Así llegaron a los veinte años. Sin saber bien cómo, ellos empezaron relaciones con dos chicas. Estela era amiga de Belén, y Belén, la novia de uno de ellos, Luis Carlos. El otro, Alonso, y su pareja —una chica que conocieron en otro grupo— preferían salir solos.
Era un escenario que Marino nunca pudo imaginar, siendo ellos, en su opinión, muy “cortados”. Pero él, no siendo vergonzoso, no tenía novia ni amigo: solo le quedaban Belén, Luis Carlos y Estela. Aún no se había dado cuenta de que era él quien tenía problemas; a tantos niveles y con tal profundidad que no podía verlos.
Un día, mientras estaban en un pub, Estela le preguntó:
Miraron a Luis Carlos y Belén, que se pasaban el rato como queriéndose. Para Marino eso era muy extraño. Los analizaba y no entendía. Parecían jugar: Luis la reñía por mirar a uno que pasaba, bastante guapo y alto, con buen tipo. Belén se reía, él la pellizcaba y hacía fuerza para producir dolor; ella chillaba; se enfadaban, se contentaban y se besuqueaban, o… era Luis quien miraba a alguna y entonces ella repetía la tontería.
Sabían que Marino los miraba casi sin pestañear y, cuando iban a regañarle por eso, Estela se anticipaba:
Sabía que Estela lo miraba en plan “cosa”. Pensó que esa muletilla equivaldría al verbo “pitufar”, versión sustantivos y adjetivos. Algo le decía que ella quería más, pero con cada respuesta suya él quería menos.
Aquel día toda la conversación fue de un estilo así. Él hablaba, ella oía. Iba a decir “como quien se para ante el mar y escucha el romper de las olas”, pero esto era más bien como quien oye el ruido de un coche que pasa cerca.
Después, cuando las chicas se iban, su amigo trataba de alcahuetear para que Estela y él salieran juntos, para cuando a ellos les apeteciese estar solos, como Alonso. Trataba de convencerle de lo buena chica que era.
Otro día, nada más encontrarse con ellos tres —pues quedaban aparte— dijeron que iban a casa de Estela. Sus padres habían ido al pueblo aquel fin de semana. Por dentro sintió que eso tenía mala pinta, pero no quiso echar agua a la fiesta: tan ilusionados estaban. Por algún motivo preferían engañarle, como el resto de personas que lo conocían, para evitar ese “no” que llevaba siempre en la lengua, listo para escupir.
Era una casa de planta baja en un barrio alto de altura y al revés de lo demás. Un barrio súper obrero. Una casita de aspecto humilde. Entraron y, directamente, desaparecieron los novios por una puerta. Ya conocían el lugar. Así pues, se quedó con ella en una especie de pequeño patio interior, con algunas ventanas de las habitaciones. El atardecer y la agradable temperatura del verano invitaban a casi todo.
Estela se le acercó simpática, pero algo más que no supo intuir. Según la IA, la palabra sería “juguetona”.
Estaban en pie. Ella preguntó:
Odiaba repetirse. La miró una vez más: el pelo negro, liso, sobre los hombros; los pómulos marcados, los coloretes, dientes, ceja… el cuerpo lo tenía ya más que controlado. Los hombros parecían subir de más, pero en conjunto le gustaba.
Estaba seguro de que, distraído con las manzanas, hubo gestos que no percibió, sugerencias en la voz, en sus modos, en la inclinación de su cabeza. Recordó que él inclinaba así la cabeza cuando se le metía agua dentro del oído al bucear. Esa confusión le hacía sentirse dentro de un traje de buzo en ocasiones. De esos buzos antiguos con tuberías y pesado casco de 24 kilos, con gancho en lo más alto.
Estela se acercó más.
Y le tomó por la cintura con cuidado para pegarse a él. Entonces la rechazó, nervioso perdido, su cuerpo tenso y revuelto diciendo lo contrario, el corazón palpitando, recordando la conversación del pub, a la vez que cierta flojera recorría su cuerpo.
Él compuso la escena. Imaginó una habitación con una cama con polvo. Imaginó olores, intentando omitirlo todo para cruzar un umbral tan desconocido como estudiado en fantasías.
Su cuerpo quería y se oponía a esas palabras:
“Señoría, objeción de la parte interesada: la moción de abstinencia de la mente no cuenta con consentimiento de los órganos involucrados.”
Y se lo perdió. La sentencia fue:
“Se condena a la mente del acusado a sesiones de conciliación con el cuerpo, incluyendo abrazos, sonrisas y, en caso de necesidad, besos guiados por el comité de deseos.”
No es preciso explicar que el acusado se dio a la fuga y, por ende, quedó más solo que un eco atrapado en paredes vacías; repasando los diálogos una y otra vez, encerrado en sus propios mecanismos, aferrado a ideas que lo consumían mientras el mundo seguía sin él, con el vacío que siempre lo perseguía apretándole por dentro, cada vez más cerca, pesado e inevitable.
A pesar de sus veinte años, presentía que jamás lo iba a conseguir. Sin embargo, aquel día, aprendió que no podía seguir siendo así. Con la siguiente chica lo intentaría de verdad y debería dejar que ella decidiera sobre aquello tan importante, en modo y orden de su elección, con aceptación, con humildad, reconociéndose perdedor de la ronda y procurando esperar al destino sin anticiparlo.
