Amanecía en lo más alto de aquel sencillo edificio de viviendas
móviles, donde el temporal ático de Sentry giraba en esta ocasión en
dirección a un sol que pintaba entre el techo y la pared el
rectángulo distorsionado de una ventana que despertara a la vida; a
un nuevo día “maravilloso”, pensaba ella —aún confundida por el
sueño—, mientras hacía ondear aquella boca luminosa tras sus
pitiñosos ojos entreabiertos. Después de estirarse y emitir su
habitual berrido matutino, esta vez con algo de escándalo y
exageración premeditada, sonrió para sí misma mientras observaba,
aún con la mente en blanco, el lento caminar de la luz por la
habitación.
Pronto sintió la punzada nerviosa en el estómago que anunciaba con
claridad la llegada del primer experimento importante de la máquina
más avanzada de la historia de la humanidad. La máquina que sería
capaz de generar materia oscura en una cantidad ínfima e
indeterminada.
Recordó de pronto, de nuevo bajo esa leve sonrisa que a veces se
dedicaba, el día que su profesora de física despertó su sed de
conocimientos al explicar con un símil la distancia entre el núcleo
de un átomo y la nube de electrones que lo rodean. Dijo: «Imaginaros
una canica en el centro de un estadio, la canica sería el núcleo del
átomo y los electrones serían como partículas de polvo que llevara
el viento por entre los asientos». Quedó completamente
fascinada.
¿Cómo podía haber tanta distancia y fuerza entre ambas partes de un
átomo, algo tan diminuto? Cuando llegó aquel día a su casa sacó
lustre a su imaginación (gozaba todavía de ese don para confundir
realidad y ficción que solo disfrutamos en la niñez), subiendo a
aquella nave infantil que escapaba a la lógica y la física con su
capacidad de cambiar de tamaño sin límites, encogiéndose hasta un
tamaño protónico para viajar a través del metal, del cristal y de
todo lo imaginable, esquivando electrones traviesos.
¡Qué lejanos, risueños y bonitos resultaban ahora aquellos años! ¡Y
ni siquiera habían hablado de las partículas!
Se levantó y se duchó. Cambió su habitual desayuno de café con
leche y galletas incorporando una tostada untada con mantequilla y
cubierta con mermelada de melocotón; iba a ser un día ajetreado de
veras. Encendió su panvisor3d y seleccionó el canal con las noticias
matutinas.
Las locutoras llevaban un buen rato explicando al público en qué
consistiría la prueba que se iba a llevar a cabo a las 12:00 de la
mañana. La organización y planificación entre científicas y
gobernantes había resultado complicada. Se concedía al experimento
un breve tiempo durante el cual podrían utilizar con garantías una
importante cantidad de la energía que abastecía a la gran urbe. Y la
opinión del público no solo era mayoritariamente favorable, sino que
añadía su disposición a cooperar.
Sentry no escuchó su nombre en ningún momento. Aunque todo partiera
de su original idea, el resultado sería la suma del trabajo y la
colaboración de muchas personas, siempre bajo la imprescindible
aportación multimillonaria del Estado para llevar a cabo el
ambicioso proyecto.
La máquina que habían construido ocupaba relativamente poco
espacio: el equivalente de un estadio como el de sus recuerdos
juveniles. Se excavó a 50 metros bajo tierra y uno de los detalles
que mayor controversia suscitó fue el profundo y amplio tragaluz: un
pozo cilíndrico de 7 metros de diámetro que alcanzaba la sala de
escape; el lugar que podría ver surgir la materia oscura en el
centro de un electroimán 180 millones de veces más potente que el de
la Tierra. El pozo esquivaba la atracción direccional del
electroimán hacia el cosmos. Los vuelos fueron cancelados y el
espacio aéreo vigilado.
Terminado su desayuno, se puso su traje más elegante y comprobó
satisfecha lo guapa que estaba frente al espejo virtual de su
panvisor3d, que devolvía su imagen girando alrededor.
Durante el poco tiempo que tardaría en llegar a las instalaciones
pensó en Martha. Para este día tan especial se había puesto no solo
el traje que consiguió arrancar un elogio de la boca de Martha, sino
que también había decorado su cuello con algunas gotas del perfume
por el que ella se había interesado en otra ocasión, con aquella
sonrisa que aceleraba el pulso de Sentry.
Por un momento se sintió como una ridícula niñata descentrada
dejándose llevar por pensamientos rosados en semejante día, pero
siempre quiso creer que ciencia y sentimientos no tenían por qué
viajar por caminos separados, sino que podían fluir cercanos,
compartiendo fuerzas, comprensión, detalles insignificantes… ideas
que se volatilizaron nada más llegar a la frialdad de las
instalaciones y su maquinaria.
Eran las 8:30 cuando entró en el centro de mando. Una gran sala
circular con las mesas de trabajo diseñadas en círculos concéntricos
con pasillos. En el centro de ellos esperaba Martha, supervisando
detalles. Había llegado a las 7:00 —cómo no— y lucía su habitual
aspecto de serenidad y profesionalidad.
Cuando se acercó a ella, y antes de intercambiar un saludo, Sentry
sintió primero la fugaz mirada, a modo de vertiginoso escáner, que
Martha pasó sobre ella. Después supo que había hecho diana cuando
habló:
—Vaya, Sentry, qué tranquilidad la tuya.
Confirmado. Su diana era en el centro: pudo contar otra de las
escasas ocasiones en que Martha distraía su mirada directa entre los
paneles de mando, al tiempo que un suavísimo color rosa prendía en
sus mejillas y vigilaba furtivamente a las compañeras que también
habían madrugado. Luego relajó su gesto y dijo, aún como
distraída:
—Tienes la cara radiante de ilusión, ¿eh?, como una cría.
—Igualita. Y no creas, que también estoy algo nerviosa —tomó
asiento junto a ella, observando divertida la irritación que sentía
Martha, consciente de que su turbación no pasaba inadvertida.
—¡Pues… quién lo diría, desde luego por la hora que es, no! —El
silencio como respuesta y saber que con Sentry de nada serviría
seguir por ese camino llevó a Martha a moderarse. Mientras repartía
algún documento y gesticulaba para que se movieran determinadas
compañeras, siguió hablando:
—Llevamos mucho tiempo preparando este momento y, a fin de cuentas,
has sabido demostrar a todos que tu proyecto era posible. Incluso a
mí. En esa confianza nace tu tranquilidad, ¿no? —Martha percibió de
reojo que Sentry bajaba la cabeza y, al mirarla, notó cómo su gesto
ensombrecía.
—Hay... Hay algo, de entre todos los problemas que formulaste…
—Martha no la dejó seguir hablando:
—¡Vamos, ahora no me vengas con esas!, ¿justo hoy? ¡Hala!, déjame
en paz de historias, bonita, que llevo aquí esperándote hora y media
para que pongas en marcha el programa—. Sentry la miró con una
sonrisilla apretada y contenida, reconociendo el habitual carácter
de su querida compañera, que sin más cogió su mano y la puso junto
al botón de arranque y, arqueando las cejas con cara de guasa,
añadió:
—Así, esos deditos a trabajar, ¿mmm?
Y dicho y hecho, terminó el momento para la distensión. El resto
del personal había ido tomando su sitio en la sala de mandos, los
nervios contagiados de excitación. Comenzaron con el protocolo de
seguridad, vigilancia, puesta a punto y comprobaciones básicas —casi
banales— sobre mediciones de temperatura, tensión, intensidad, etc.,
etc.
Todos los aparatos —tantos— marcaban su particular pulso,
sincronizados a la perfección, con su reluciente brillo, con esa
tentación impresa en la superficie de las cosas nuevas, la de creer
en lo que vemos para acercar nuestro ser a lo que nos agrada, la
tentación de tocar para aprender y conocer.
Túneles conteniendo engendros electromagnéticos de fuerza
sobrecogedora y que se cruzarían sin duda en algún punto. Una gran
maquinaria compuesta de millares de pequeños dispositivos y decenas
de inmensos elementos entrelazados donde la vida corría
exclusivamente en forma de mujer y, de entre tantas mujeres —todas—,
bajo un caos asíncrono de latidos silenciosos e inimitables, dos
corazones como poco pulsaban la sangre con el mejor de los
ritmos.
Con el brillo de un lenguaje corporal limpio, con la tentadora
fuerza de una joven atracción, la de acariciar o ser acariciada, la
de aprenderse y conocerse tras los ojos de quienes nos miran. Sangre
discurriendo en frágiles circuitos separados por completo que los
seres humanos eran capaces de cruzar sobre el éxtasis de sus
sentidos.
Pequeñas y complejas formas de vida, compuestas por billones y
billones de diminutos dispositivos, dentro de decenas de elementos
entrelazados donde el destino sería, inevitablemente, la muerte.
Donde el mejor de los viajes para semejante destino sería,
indudablemente, el amor.
