De entre todas las especialidades disponibles en aquellos momentos,
Sentry escogió la más difícil: la asociación de micropartículas de
materia oscura a través del bosón de Higgs. Siempre le había llamado la
atención la evolución de las aceleradoras de partículas que, a lo largo
de los últimos 30.000 años, fueron casi prehistóricas y de proporciones
colosales en un principio, y permitían tratar la materia para descubrir
los orígenes del universo. Había dedicado todo su esfuerzo y capacidad a
llevar a cabo un proyecto experimental que hasta entonces era una pura
hipótesis. Los centros de estudios especializados, al amparo de un
gobierno totalmente intelectual que invertía importantes cantidades en
investigación, recibirían una aportación extraordinaria si planteaban
una teoría suficientemente sólida como para permitir obtener cierta
cantidad de materia oscura. Las máquinas desarrolladas hasta el momento
eran capaces de detectar partículas supersimétricas con aproximación, y
el siguiente paso estaba claro.
Sentry era tan inteligente y ambiciosa como segura de sí misma, y su
propuesta fue seleccionada. Sus profundos conocimientos de la mecánica y
física cuánticas por un lado, que le valió el reconocimiento de la
comunidad científica internacional, así como su histórica nueva
formulación sobre la teoría de la relatividad, contribuyeron como
pilares sólidos para apoyarla en su nuevo estudio.
Recibió la buena noticia con alegría, restando importancia al
escepticismo y malas caras de algunas de sus colegas competidoras, a la
postre colaboradoras de su proyecto. Sentry no conocía el rencor y
contrató simplemente a las mejores mentes para su ayuda.
Entre todas ellas, Martha se distinguía por una agudeza y capacidad de
síntesis extraordinaria, una dedicación inusual al trabajo, y un mal
gusto impresionante en el trato. Pero de las malas vibraciones que
Martha pretendía hacerla llegar, Sentry hizo caso omiso, pensando que
conseguiría muy pronto convencerla de que su ambicioso proyecto era más
que simple teoría. En resumidas cuentas, si lograba llevar a buen fin su
propósito, podría fabricar materia oscura en cantidad limitada tan sólo
en relación a la cantidad de energía, espacio y tiempo empleados.
Durante los años siguientes, el equipo formado por Sentry, Martha y
demás colaboradoras fue perfilando la máquina más sofisticada que
pudiera imaginarse. Para Martha, todo aquello era una locura y un
miserable insulto derrochador. Ni las discusiones que tenían lugar cada
semana, durante las habituales reuniones de organización del trabajo, ni
los múltiples problemas realmente alarmantes que fue capaz de plantear
durante las reuniones que cada seis meses se celebraban con la delegada
del gobierno, fueron suficiente lastre para Sentry, que seguía viendo en
Martha la misma mujer sin dobleces que conocía.
Sentry vivía sola y últimamente se reconoció enamorada. Deseaba, como
nada más natural, compartir su vida con aquella persona hacia la que
su corazón la había inclinado. Todo su conocimiento científico era
inútil para desviar la mirada que interiormente, y sin saber cómo,
había fijado en Martha. Pero no se culpaba por ello, sino que
atesoraba las escasas sonrisas que compartía con ella mientras
aguardaba con infinita paciencia y dulzura un día que, sin lugar a
dudas, tendría que llegar.
Algunas tardes, cuando tenía posibilidad de situar su vivienda en lo
más alto del edificio para convertirla en su ático giratorio
exclusivo, saboreaba la soledad reflexionando sobre temas
trascendentales. En esta ocasión recordó algo que estuvo pensando
mientras ascendía a su casa. El hombre que trabajaba como vigilante en
la entrada principal del edificio la había saludado como otros días, y
no sería su cortesía, sino el hecho de ser uno de los pocos hombres
que iban quedando, lo que hizo que Sentry meditara sobre el ser humano
como especie.
Como consecuencia de la evolución genética natural, las mujeres
comenzaron a desarrollar la capacidad de concebir nueva vida a partir de
relaciones con su mismo género.
Durante unos 10.000 años conservaban el sistema reproductivo primitivo
un elevado porcentaje de ellas, pero en claro declive debido tanto a
factores sociales como políticos y, por supuesto, de selección
natural.
Por otra parte, la esterilidad masculina iba en aumento, mientras la
genética femenina conseguía sin lugar a dudas y de forma natural que
inteligencia y salud fueran valores al alza en una sociedad
absolutamente decadente. De esta manera, con el beneplácito general de
gobernantes y ciudadanos/as, la revolución genética siguió su curso,
hasta que 30.000 años después, un escaso 0.6 % de nacimientos resultaban
varones, recibidos además con tristeza por sus madres. Eran el vestigio
vivo de un pasado en extinción, abocados a una vida de inferioridad,
pero con todo el respeto, cariño y comprensión de los demás seres
humanos.
Para Sentry, quedarse embarazada de forma totalmente independiente era
la última opción. Prefería compartir, no sólo el amor con su pareja,
sino también los rasgos genéticos de esta.
Aquella noche de verano no era demasiado calurosa, pero Sentry no
conseguía conciliar el sueño con sus pensamientos en imágenes
confundidas sobre Martha y sus sentimientos por intuición sobre el amor.
Aunque sabía perfectamente dónde quería llegar y que debería nadar
decididamente contra corriente para obtener lo que deseaba, no sabía
cómo.
Cómo entrar en un camino hacia un mundo desconocido en el que su mente
científica no servía para solucionar uno de los problemas más básicos,
sencillos e importantes de la vida, al menos para ella. Cómo dejar de
sentirse como la única gota de agua dulce perdida en la vasta
profundidad del océano y conservar su identidad al mismo tiempo. Cómo
vencer la barrera del miedo ante la realidad de no ser correspondida y
conservar la concentración necesaria para seguir adelante con el más
importante proyecto de su vida. Cómo desenvolverse a cada momento entre
los límites de su trabajo profesional y sus deseos personales. Sabía que
no todo era cuantificable, previsible, programable y menos aún,
manipulable. No llevar las riendas de sus emociones nuevas, algo que no
había experimentado en sus otras relaciones, la sorprendía y llenaba a
partes iguales de ilusión y preocupación.
El cielo se fue tiñendo de crepúsculo y Sentry aprovechó el espectáculo
para desenredar de su mirada la enmarañada red de sentimientos que la
ataban a Martha. Mientras observaba cómo el sol se apagaba sobre un
impresionante horizonte de agua y la ciudad se sonrojaba con sus últimos
rayos tibios, un presentimiento de esperanza llenó el bolsillo de los
deseos más valiosos que escondía su gran corazón enamorado.

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