Todas las secuencias de control siguieron su curso. Todas las tediosas
comprobaciones sobre circuitos que, a su vez, comprobaban miles de
subcircuitos, sensores y subsensores dentro de máquinas pequeñas
imbuidas en otras más grandes, a su vez dentro de otras mayores,
repetidas casi fractalmente hasta el aburrimiento, se llevaron a cabo
—de nuevo— en el tiempo programado y con los resultados esperados: «No
Errors, Ready To Start».
La prueba empezó y ahora las miradas cruzadas entre Sentry y Martha
eran como un invisible nexo nervioso que anticipaba las respuestas a las
preguntas, validando el trabajo conjunto, preparando el instante en que
todo quedaría controlado por el programa ejecutado con inteligencia
artificial.
El experimento consumió, como cabía esperar, en un tiempo brevísimo,
una cantidad de energía magnífica. Ya estaba hecho.
Y el gran momento llegó junto con un inesperado final. Coincidiendo con
la conclusión del experimento, comenzó un tremendo temblor que disparó
la respuesta automática programada contra un evento sísmico.
El suministro general de energía en las instalaciones se cortó por
sectores rápidamente y quedó reemplazado por la fuente de energía
autónoma secundaria para el sistema básico de iluminación, computación y
seguridad. El electroimán quedó operando a la décima parte de su energía
normal.
En la sala de control algunas mujeres habían caído al suelo y trataban
de incorporarse. Otras se aferraban a sus sillas, a columnas o mesas
—cuando no se cobijaban bajo ellas— y así esperaron a que pasara el
extraño temblor, reduciéndose como si se tratara de un inmenso motor que
se detiene a golpes, asíncrono, brusco y atragantado, con estertores
violentos.
También múltiples objetos terminaron en el suelo y muchas láminas
ligeras del falso techo cayeron. Los panvisores generales allí situados
se descolgaron y, sujetos por cables de seguridad acerados, oscilaban y
entrechocaban, vertiendo, al romperse, una insidiosa lluvia de
microcristales de imagen.
Cuando finalmente terminó el temblor y la sala comenzaba a recuperar
alguna presencia de normalidad, todas sintieron un molesto y persistente
zumbido de muy baja frecuencia.
De inmediato Sentry se puso a sujetar, comparar y confrontar los
distintos paneles de estado en sus pantallas, incapaz de parpadear. Su
hiperactividad se contagió y entre las demás compañeras se cruzaban
comentarios gritados por encima del incesante ruido de aquella vibración
que cosía un ahogado nerviosismo a sus palabras, buscando respuestas
contra la confusión de sentirse atrapadas dentro de un motor rugiente,
pidiendo pruebas de control y estado a los dispositivos críticos.
Martha verificó que aquel zumbido provenía de la sala de escape, y
ninguno de los sistemas de vigilancia mostraba en su monitor lo que
sucedía en el interior de la máquina; se habían averiado todos menos el
más antiguo: un sistema de espejos con cámaras analógicas.
Sin mediar palabra, Martha salió hacia allí. Solo cuando Sentry pudo
confirmar que unas pocas mujeres de las instalaciones exteriores a la
sala de control habían sufrido heridas de diversa consideración se dio
cuenta de que Martha se había marchado y nadie sabía dónde.
Entre tanto, en la ciudad habían sentido también los temblores
producidos por aquella maquinaria anclada a la roca madre y que, tan
solo en la sala de escape, concentraba un peso de 36.663
toneladas.
«¿Qué…? ¿Qué ha podido suceder?» se preguntaba Sentry. Y era una
pregunta que arrasaba, que quemaba, bloqueaba y asustaba.
Entonces vio escapar indirectamente durante un momento la imagen
analógica inclinada que giraba y oscilaba en un monitor mostrando la
sala de escape. Su cerebro le dijo que allí había alguien, pero cuando
fijó la mirada solo se veía la parte posterior del monitor.
Saltó a la mesa situada inmediatamente debajo, lo paró y volvió hacia
ella. Retiró su cabeza y allí estaba: Martha había accedido a la parte
superior de la máquina y accionaba los engranajes mecánicos de apertura
mientras el sol, a través del tragaluz y el polvo en suspensión producto
del temblor, incidía espléndido directamente sobre aquel lugar, haciendo
parecer que Martha iba a ser abducida.
Sentry fundió en un flash el antiquísimo experimento del «gato de
Schrödinger» y los planteamientos negativos de Martha sobre su
experimento. De pronto sintió erizarse el vello de su piel y, abriendo
los ojos, llena de horror, gritó un «NO ABRAAAS» que heló la sangre de
las demás mujeres.
Acababa de comprender lo que había sucedido. Algo maravilloso y
terrible sobre el origen y el fin del universo. Salió corriendo para
impedir que Martha abriera el estrecho conducto de acceso.
Corriendo presa del miedo, de la ilusión por el descubrimiento, de amor
y conocimiento, de un llanto que corría también en tristes gotas por sus
mejillas, llegó hasta la puerta.
Se abrieron ambas, la de acceso a la sala y al aparato, a un mismo
tiempo. Martha impedía con su cuerpo el paso del sol al interior, pero
se volvió al sentir la puerta.
Y el sol cayó dentro.
La última mirada entre Sentry y Martha hablaba de despedidas y de cosas
que algunas personas temen decir por miedo al rechazo. El mundo dejó de
existir con tal rapidez que probablemente nadie sufrió dolor.
Más tarde, el sistema solar seguiría sus pasos y, sucesivamente, poco a
poco, a lo largo de un tiempo inconcebible, casi eterno, el resto de
elementos cósmicos dejaron de expandirse y el universo comenzó su camino
hacia el Big Crunch.
Otras vidas inteligentes de planetas infinitamente lejanos se unirían a
este descubrimiento con el tiempo, destruyendo o no sus planetas. Lo
mismo daba.
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Dibujo de Elena María Ospina |
Angustia en el vientre fue lo primero que sintió Sentry al salir del
sueño confuso sobre un profundo mar de lágrimas. Sus ojos encontraron en
la penumbra del dormitorio el amodorrado e inconfundible rostro del
vigilante de seguridad por quien interrumpió sus estudios
universitarios.
El olor de axilas sucias que él llamaba «olor a hombre» y ella «olor a
cerdo» fue su segundo regalo de vuelta a la realidad aquel mayo de 2009.
Aún quedaban otros muchos regalos por abrir.
Muchos días encontraba incluso sorpresas nuevas: ropa interior usada y
tirada en cualquier parte, pelos que parecían crecer con más ganas de
las que ponía ella en quitarlos, indirectas directas y sin sentido que
dejaban en números rojos el saldo de aquella cuenta que abrió su
corazón.
Se levantó y subió la persiana. Los cristales perfectamente limpios. La
luz gris del edificio de enfrente se hizo paso en el salón, reflejándose
sobre la madera brillante de la mesa.
Retiró el cepillo de dientes que él había dejado en el lavabo y se
despejó con agua fresca y su jabón de Clinique. Preparó el desayuno y,
al olor de café con croissant tostado, salió el tigre de la cama:
—Joder tía, no has parao de dar guerra toda la puta noche. Que ahora me
río, que luego bs-bs-bs hablando…
—Buenos días. Ayer te compré mermelada de ciruela. ¿Te pongo una poca
con el croissant?
Desorientado ante el feroz ataque femenino adherido a semejantes
palabras mágicas, perdió rápido el hilo de la conversación:
—Sí, pero ya sabes que me gusta poner bastante. Pon más, maaaas. Trae,
hija, trae (qué desesperación, esta mujer es cortita-cortita).
Sentry se sienta con él a la mesa. Se pregunta dónde está el hombre que
creyó haber visto un año atrás. Se responde: ¿dónde estaba mi
inteligencia? ¿Alguna vez he sido inteligente?
Él mueve su mano.
—¡¡EHHH!! ¡QUE ESTÁS PASMÁ! ¡Pásame el zumo, hossstias!
—¿Y no puedes pedirlo de otra manera? Si nada más levantarte…
—Joder, ¡encima te pones flamenca! ¿Ya te viene la regla? Anda,
andaaaaa, déjame desayunar en paz, que hoy me toca a la puerta del
hospital en jornada continua. Me espera una buena. Y mientras tú, por
ahí...
Y puso en su cara de cebollino sin afeitar un gesto atolondrado antes
de añadir con voz de gilipollas:
—…de Miranda del Castañar.
Sentry bajó la vista a su café y se mordió el labio inferior. Se acordó
de Lisbeth Salander: «Otro hombre que odia a las mujeres».
El traje limpio y planchado, colgado en la silla del dormitorio.
Debajo, bien colocados, sus zapatos brillantes y sus calcetines limpios.
Su cartera, sus llaves, en la silla.
Después de ducharse no hubo beso, pero sí saludo de despedida:
—¡No te olvides grabarme la segunda parte del documental de la dos! ¿Me
has oído?
—Sí.
Un mes antes, camino al supermercado del polígono, vio que una empresa
distribuidora de aceitunas había pegado una hoja de A4 apaisada en el
cristal de sus oficinas: «Se busca personal administrativo. Interesados,
entregar currículo aquí».
Sentry fue entrevistada por la propietaria de la empresa y tuvo buenas
vibraciones desde el primer momento.
Hoy era el día. Cogió su dinero, su ropa, sus libros y sus discos. El
portátil, sus fotos y su «Nothing book» aún por escribir. Su neceser y
sus demás cosas.
Todo lo que dejó era pasado: días amargos y recuerdos pesados que soltó
para aligerar su equipaje. Como Santa Teresa en su tierra, «se sacudió
la zapatilla para no llevarse ni el polvo».
Alquiló un estudio y prometió volver a matricularse.
Cuando él volvió a casa, lo primero que hizo fue tirar el uniforme en
el sofá. El baño, oliendo al gel limpiador de Bosque Verde, tardaría en
volver a ver el agua.
Se cambió y calentó la cena que ella había dejado preparada: «¿Dónde
estará esta? ¿A que se ha olvidado de grabar el documental la muy
payasa?».
Encendió el televisor panorámico y pulsó el «play» del grabador de DVD.
Leyó en la pantalla el siguiente texto deslizándose de abajo a arriba:
«Te dejo. No te soporto más. Que disfrutes del documental, aunque dudo
que puedas comprender nada sobre el acelerador de partículas del CERN,
cuando no sabes programar el DVD, ni borrar el historial de búsquedas
del explorador (¿Zoofilia?). Desde aquí oigo el eco del locutor
rebotando en tu cabeza por encima de esos ronquidos leoninos».
—Maldita guarra…
Ella dejó una lata de galletas danesas, sus favoritas, pero no se
preocupa por cerrarla: alguien lo hará. Él ha terminado la leche y
abandona el vaso en el fregadero junto al plato, pero hasta mañana no
sabrá que la loza no se mete solita en el lavaplatos.
Se huele el sobaco satisfecho: «huele a hombre». Se limpia los dientes
y deja el cepillo junto al grifo, pero hasta mañana tampoco se dará
cuenta de que no vuelve solo al vaso.
La cama abierta por su costado, el pijama dispuesto. Las sábanas
limpias y él se acuesta pensando: «Felices sueños, mañana será otro
día».
Para Sentry es su primer día de trabajo. Su jefa se acerca a ella con
una preciosa sonrisa que le acelera el corazón y saluda:
—Buenos días, Sentry.
—Buenos días, Martha.



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