Era 1983. Hice una fiesta en mi casa.
Mientras el resto de mi supuesta familia elegía vacaciones, yo —no sé si elegía o obedecía mis instintos— me quedaba en casa. Digo supuesta rememorando el día que busqué por todos los rincones posibles escondites de los papeles de mi adopción. Tan extraño me sentía. Pero, de una pedrá’, la psicóloga, muy sabia, me dijo a toro pasado (y tan pasado que a saber ’ande andarán sus huesos): “… ¿y para qué iban a adoptar tus padres si tú eres el cuarto?”. Razón que convence, pero jamás calculé esa cuenta, y es que cuando me obsesiono no atiendo razones.
Diría que esta fue la mejor época de relaciones sociales de toda mi vida.
En otras entradas he hablado de tener dos amigos a la vez. No eran buenos conmigo ni yo con ellos (aunque equivocado, siempre me creí mejor persona que ellos). Ansiosos de tener novia y sin saber en realidad qué era una amiga porque los curas no lo permitían.
Sexto. Alcohol. Descontrol. Nunca entenderé que para ser felices sea preciso ponerse trompas.
Séptimo. Ser identificado como el clásico aguafiestas. Esta fue la excusa perfecta para marcharme de allí, volver a casita y tan a gusto. Ahí quedaron mis socios.
Hice tan solo una prohibición: no se podría beber alcohol. Quería que disfrutasen de manera normal.
Debí hacer más prohibiciones. Aparecieron personas que no estaban invitadas a la fiesta. Gente de clase que no me agradaba ni tenía remota idea de cómo habían sabido de la fiesta. Quise investigarlo, pero no se me permitió y lo dejé para más adelante. No quería aguar mi propia fiesta.
Al poco de haber empezado, de haber puesto una cinta que había preparado para el baile, sin haber podido casi hablar con Clara, empecé a escuchar tremendos ruidos, gritos ensordecedores, risotadas brutales, golpes y madre mía. Clara pedía que los dejara, pero no pude.
Estaban borrachas y beodos perdidos. Uno incluso había vomitado. Habían colado botellas de alcohol. Había de todo, desde ginebra a vodka, pasando por otras mierdas parecidas. Mis cositas para comer seguían esperando turno en sus platos. Un completo desastre.
Quité la música. Subí las persianas. En la habitación de música lenta estaban a oscuras. Encendí la lámpara del techo y ahí estaban mis socios, uno a cada lado de Maribel, borracha. Les eché en cara su actitud de abuso.
Ordené a todos que se largaran a sus casas. La fiesta había terminado sin haber casi empezado. Mi vaso de Fanta no llegó a beberse. No recuerdo qué pasó con Clara.
A pesar de todo, algunos se quedaron para ayudar a recoger y Maribel estaba fresca como una lechuga. El pobre Carm-ona perdió una de sus lentillas e iba más pedo que Alfredo, pero con ayuda de Maribel potó su contenido nocivo. Cuánto me extrañó lo de esa chica.
Mis “amigos” me echarían luego en cara impedirles gozar, para una vez en la vida que lo tenían fácil. Siempre insistieron en que ella quería, pero nunca admití sus explicaciones.

















