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martes, 24 de noviembre de 2009

Regaliz del duro


Emocionado, miré debajo de la almohada y descubrí la moneda que el ratoncito me había dejado por perder uno de mis dientes a consecuencia de un balonazo jugando en el patio de detrás de casa.

No veía la hora de que alguien se despertara para poder bajar a la calle y comprar todas las cosas que había en la lista que escribí la noche anterior.

Papel de seda de colores, varitas de madera, pegamento, pinturas “La Pajarita”, unas tijeras para cortar papel, cuerda… y, por supuesto, una peseta de barras de regaliz duro; el regaliz era algo que no podía faltar.

El tiempo se me estaba haciendo eterno. Llevaba más de media hora vestido y dando vueltas alrededor de la cama; cada minuto era una eternidad… pero no tenía permiso para bajar a la calle si un mayor no me lo daba, así que no tenía más remedio que esperar y esperar…

De pronto oí pasos y, sin dejar respirar ni esperar una contestación, grité desde el pasillo que me iba a la papelería y que volvería pronto… di un portazo y bajé las escaleras tan rápido que me costaba respirar al llegar al portal, donde la señora Isabel, la mujer de Dionisio el portero, me ofreció una galleta y me dijo que me tomara las cosas con más calma.

—No corra tanto, señorito, que nada se va a mover de su sitio.

Todavía llevaba pantalones cortos, pero lo de “señorito” me hacía sentirme mayor… tenía prisa por crecer… siempre tenía prisa.

Llegué a la papelería y aún estaba cerrada, así que me dediqué a subir calle arriba para volverla a bajar, hasta que vi la bata del encargado y le vi subir la puerta de hierro.

Después de comprar todo, fui al quiosco a por los regalices; sin regalices no podía concentrarme…

Cuando llegué a casa me llevé una bronca por no haber desayunado. Me dio igual y me metí en el cuarto.

Abrí el paquete en el suelo y empecé a distribuir las cosas como si fuera a construir… como si fuera a construir un sueño.

La cometa, la cometa única, imparable y mágica; la cometa que ganaría en la competición que iba a tener lugar el próximo domingo, día 15, y estábamos a 9, así que todavía tenía tiempo.

Aunque mis aspiraciones eran altas… había visto en un libro una cometa con forma de dragón; los colores eran espléndidos y parecía tener vida, y por supuesto yo quería una de esas, quería esa… quería que mi cometa tuviera vida y que, si yo no sabía manejarla, volara sola.

Empecé mi trabajo. La emoción no disminuía ni siquiera cuando los lados no quedaban a nivel… pero pensé que así tendría más amplitud de miras. Estaba claro que nada iba a desanimarme… corté, pegué, pinté, y fui componiendo una especie de dragón extraño donde poco quedaba a nivel, pero estaba convencido de que ganaría el premio a la cometa que más alto volaría… mi cometa iba a tocar las nubes…

La noche del día 14 para el 15 no pegué ojo…

A las 7:30 de la mañana estaba como un reloj en la plaza… como un reloj súper adelantado, porque la competición era a las 9.

Luego empezaron a llegar más chicos, padres, niñas (eso era lo mejor…). La plaza se iba llenando y ya estábamos casi todos inscritos…

No había mucho viento y el calor empezaba a ser insoportable…

Preparados, listos… ¡yaaaaaaa!…

Las cometas empezaron a levantarse. La mía era preciosa, tenía vida… pero supongo que tenía sueño… la hice madrugar demasiado… porque allí se quedó, durmiendo, sin moverse…

Más chulo que un ocho le dije con ternura: ya volarás… y, mientras veía de reojo volar las cometas de los demás, me volví a casa…

Nunca tiré la cometa. Es de lo poco que he conservado desde la infancia; ya no es lo que era, el papel perdió mucho color y se arrugó… pero esa cometa tenía vida y la sigue teniendo…

No he vuelto a conseguir aquellas barras de regaliz; decían que eran las mismas, pero qué va, el sabor ya no era igual…

Pero cuando quiero concentrarme, me viene ese sabor inconfundible a la boca. Siempre llevo un trocito de la cuerda de esa cometa que nunca voló en el bolsillo del pantalón…

Aquel día no logré que volara, pero nunca perdí la magia que desprendía… porque esa cometa tenía vida.

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