Mi madre me llamó Manuela, pero me llamaba Manolita. Y cuando fui creciendo
me llamaba Lita.
—Litaaaaa, Litaaaaa —gritaba por el piso, que
sólo tenía setenta metros cuadrados, así que no debía afanarse mucho para
encontrarme.
Yo solía esconderme con el gato, dentro del
armario, y la oía gritar:
—Litaaaa, ¿no te estarás masturbando?
Entonces yo no sabía qué era eso, y les contaba
a mis amigas que había algo muy malo que se llamaba masturbarse, que no debía
hacerse jamás bajo ningún concepto.
Como ninguna de nosotras sabía qué era, un día nos armamos de valor y le
fuimos a preguntar al profesor de matemáticas, ya que las dos cosas empezaban
por la letra eme y le vimos una cierta relación.
Figúrate: tres niñas de unos ocho años, con la
primera comunión recién hecha, con trenzas y ortodoncias, preguntándole a aquel
buen señor, que era del Opus Dei, qué era la masturbación.
Primero se quedó callado, después se puso todo
rojo y, más tarde, nos dijo, recuperado el aliento:
—¿Dónde habéis aprendido esa palabra?
—Ha sido Manuela —respondió Merce. Y yo le
dije:
—Es mi mamá, siempre me pregunta si estoy haciendo eso.
El profesor de matemáticas, que era del Opus Dei, como ya he dicho, nos
dijo:
—Nunca debéis tocaros, esto es todo lo que
tenéis que saber.
Y nos despachó, con toda la dignidad posible,
dejándonos más confundidas que antes.
¿No nos podíamos tocar? ¿En ninguna parte?
Así, el domingo siguiente, me fui a confesar y
le dije al cura —que era joven, pero que a mí entonces me parecía mayor— que me
tocaba continuamente.
El cura me preguntó:
—¿Y dónde te tocas?
Y yo le dije:
—Me toco las manos, el pelo, la barriga, los
muslos.
Y él me dijo:
—¿Y te tocas el pipí?
A mí me entró un asco terrible y le dije:
—No, señor, siempre tiro de la cadena.
Él añadió:
—Chiquilla, quiero decir si te tocas ahí, por
donde haces pipí.
Yo me quedé muda y le dije que no.
Entonces él me dijo que, salvo ahí, me podía tocar donde quisiera.
Unas noches más tarde empecé a tocarme, movida
por aquello de la fruta prohibida, que es más apetitosa.
Y si aquello era malo, que bajara la mismísima Virgen y me lo dijera.
Era muy pequeña, pero no tonta, así que fingí
que seguía ignorando qué era la masturbación.
Pero yo hablaba de mi madre.
Y de mi gato.
Mi gato no
se masturbaba como comúnmente se masturba la gente; para ello utilizaba un
peluche que mi mamá me había comprado cuando yo era todavía más pequeña.
Y no sé si
mi madre se masturbaba.
Ella nunca me lo contó y yo nunca le pregunté.
No es algo que se pregunte.
¿Te imaginas
en una entrevista de trabajo?
El o la de relaciones humanas preguntándote por tus hábitos sexuales
solitarios...
—Y usted,
¿se masturba o prefiere el sexo en pareja? Es para saber si es individualista o
encaja en el trabajo en equipo.
Por
disparatado que parezca, todo llegará y, si no, al tiempo.
La masturbación tiene grandes ventajas: no depende de nadie más que de una
misma, conoces muy bien tu cuerpo y sabes por dónde acariciarte, no contraes
ninguna enfermedad venérea y no te puedes quedar embarazada...
La verdad es
que no sé por qué no montan en los colegios talleres sobre la masturbación.
Ni
preservativos, ni anticonceptivas, ni píldoras del día después: el dedo
corazón, una ligera presión rítmica, una buena fantasía sexual y ¡ala!, al
espacio sideral.
El problema
es enamorarse, ah, sí.
Cuando te enamoras ya no es suficiente.
Quieres
estar con él o con ella —en mi caso, es él—.
Lo quieres tener cerca, sentir su corazoncito, sentir su otra cosa, ya me
entiendes.
Y entonces el dedito ya no sirve.
¡Qué putada!
Conocí al
Frijolito I siendo empresaria.
No te pienses que era la presidenta de la CEOE —que nunca ha tenido presidenta,
que yo sepa, sino señores gordos, calvos y bajitos que no tenían ni medio
polvo—.
No, señor. Yo tenía una cafetería.
Pero no era sólo mía: la tenía con una socia esmirriada, palo por delante,
palo por detrás, muy lésbica ella —pusimos la bandera del arco iris en el local
y luego se quejó de que nos llamaran bolleras—.
A Frijolito I le vi yo antes, mientras
descargaba cocacolas light del camión.
Se le tensaban los músculos, se le empequeñecían los ojos, y yo me imaginaba su
polla reventando aquellos pantalones algo holgados, dejando todo el lugar del
mundo a la imaginación.
Y ni corta ni perezosa, le tiré los tejos.
Yo siempre he sido así. Parezco la Novia de
Lorca, no una novia murciana, no: el personaje de Bodas de sangre que dice de sí misma: “Mujer perdida y
doncella”.
A mí me pasa lo mismo.
En la Universidad me llamaban puta, pero nunca
me comí un rosco.
¿Y sabes por qué?
¿Porque soy fea? No, las feas también follan.
—¿Por qué
estoy gorda? —me preguntaba—.
Las gordas también echan polvos.
No. Es
porque tomo la iniciativa.
Cuando me gusta
un hombre entro a la directa: le invito al cine, al teatro, a tomar café, y
escarmentada de algunas experiencias —como la del senegalés que me dejó la boca
llena de hongos después de la mamada— me lo pienso un poco antes de darle al
kiki.
Mi socia se llamaba
María de los Pinares, aunque debería haberse llamado María de los Incendios.
Tenía múltiples ligues con múltiples individuos, mientras me pasaban a mí los
meses con Frijolito I: hoy viene, mañana no viene, ahora no trabaja con la
Coca-Cola, hay que dejar que pase el verano...
Y yo
mientras, con mis ensoñaciones, recordando los días que habíamos tomado café,
paseado, ido al cine...
—Litaaaaa
—hubiera dicho mi madre—, ¿no habrás follado con él?
La verdad es
que no.
Y durante el
verano en que él dejó de trabajar repartiendo Coca-Cola yo pensaba:
—¿Me acostaré con él?
Y mientras yo pensaba si me acostaba o no con él, María de los Incendios se
abrió de piernas antes que yo, y debía tener el coño muy suculento, pues
Frijolito I ya no se movió de allí.
Ni que decir tiene que la cafetería cerró, pues
las cocacolas podían volar como cócteles molotov y la espuma de la cerveza
convertirse en semen caducado.
La historia de Frijolito II empieza en un
concurso literario.
Yo, aparte de hablar sola en voz alta como los esquizoides, soy escritora.
Soy poeta, para más señas.
Y un día me dio un giro muy gordo al leer a
Santa Teresa, y temí por mi alma inmortal.
Pensé que de tanta masturbación me condenaría irremisiblemente si no encontraba
pronto un hombre para la jodienda.
Pero no me gustaba ninguno, y a mí, si un hombre no me tira del útero, pues
no hay nada que hacer.
Me quise reconciliar con los ángeles, así que
escribí poesía mística, inspirada por los santos y los libros de Fray Luis y de
San Juan de la Cruz.
Le canté al cielo, a las estrellas mensajeras, a los pesebres con bueyes y
asnos, y todas esas cosas, y en un rapto lo envié a un concurso religioso.
Me olvidé.
Ya no tenía
una cafetería; ahora trabajaba de fregona en una heladería.
Mientras los
clientes lo manchaban todo —porque la gente fuera de su casa es muy guarra— yo
soñaba con encontrar una buena picha que formara parte de un todo enjundioso,
porque a la mañana siguiente del coito se habla...
Y eso puede
ser muy peligroso, porque ¿y si resulta que ese joven encantador o ese hombre
maduro tan atractivo es del Real Madrid?
¡Qué tragedia!
Pero yo
estaba con la mística, que no es otra cosa que echar polvos pero de otra
manera.
Aquí los orgasmos se tienen también, pero son mentales.
Llegas a
escuchar voces, pero no es Dios ni nada, es la propia imaginación que dice:
—Busca un
buen maromo y deja de escribir estupideces.
Y es que el
sexo puede llegar a ser obsesivo, sobre todo cuando a los cuarenta una sigue
con el dedo corazón como cuando tenía ocho y mamá gritaba:
—Litaaaa,
Litaaaa, ¡a ver qué haces con las manos!
Un día,
mientras fregaba el váter de la heladería, me sonó el móvil.
Hay mucha
gente que siente repugnancia limpiando váteres. Yo, no.
Prefiero limpiar mil veces los váteres que la cocina; es curioso, pero la
mierda me da menos asco que la grasa, quizá porque es más natural y cuesta
menos de limpiar.
Estábamos en
eso cuando me sonó el móvil.
Y cuando me hablaron, quedé estupefacta.
—¿Manuela
Sanromán? —me preguntó una voz de hombre.
—Sí, soy yo
—le respondí con el spontex en la mano.
—Ha ganado
usted el concurso del Convento de Santa Clarisa con su poemario El ángel que
ríe. Sus poemas son elevados, de un arrobamiento que a los miembros del
jurado nos ha parecido sublime.
Yo le di las
gracias, balbuceando, y el hombre me indicó que ya me informarían de la fecha
de recogida del premio.
Y así fue.
A los tres
meses viajé a una ciudad de la que no diré el nombre a recoger mi premio.
Entre curas
y monjas, leí algunos poemillas, disfruté de mi triunfo, y nadie, por supuesto,
inquirió sobre mis hábitos sexuales.
No,
Frijolito II no era ningún cura.
No me van los curas; son demasiado andróginos, casi asexuados.
A mí los
hombres con faldas no me ponen, a no ser que sea una minifalda y puedas meter
la mano por debajo.
Pero los faldones largos del ritual me dejan frígida, y el incienso me mueve a
la mística, pero no al folleteo.
No di la
nota en la entrega del premio, me comporté debidamente, y al día siguiente
estaba de vuelta en Tarragona.
Encontré
trabajo en una frutería.
Por lo menos
las frutas y las verduras me alegraban la vista con su colorido, y los nabos y
las zanahorias me recordaban a una amiga que se metía chorizos y morcillas
porque le daba vergüenza comprarse un vibrador.
La frutería
estaba al lado de mi casa, en los bajos del mismo edificio donde vivo, y como
la cartera ya me conocía, me dejaba el correo en mano, ya que estaba esperando
una carta muy importante del Instituto de Belleza informándome del precio de la
depilación con láser.
Como ella
también es mujer, entendía que esta cuestión era tan importante como el tema de
la crisis.
Y es que
tener las piernas peludas y apuntarte a natación es incompatible, y hacer
deporte es bueno para la salud, igual que lo es el asunto, ya sabes, el hacer
marranerías.
Así que,
mientras pesaba unas patatas, vino la cartera y me dejó una carta, que no era
del banco, ni era publicidad, ni del CETELEM que estoy pagando desde hace dos
años...
No, la carta
era de la FALANGE. Sí, de las JONS.
Totalmente
alucinada, la abrí, dejando a la clienta con las patatas en la balanza.
Me invitaban a dar un recital en Madrid de El ángel que ríe, mis poemas
místicos.
La mujer me
inquirió sobre sus patatas.
Yo maldije su patata y la mía propia, porque al ver las siglas se me había puesto
el conejito en salsa.
Le di las
patatas, y la mujer se fue refunfuñando sobre las verduleras que recibían
cartas durante sus horas de trabajo.
La carta me
daba un teléfono de contacto y un nombre: Ramiro.
Las erres sonaban bien y, aunque sabía que no debía, mi vanidad de artista que
vendía fresas y tomates —todo muy rojo, válgame el Señor— pudo con los sabios
consejos que me ofrecía la razón, a la que, como siempre, no le hice ni el más
puñetero caso.
El día del
recital llegó, y yo, vestida con un traje chaqueta que robé de Cortefiel, leí
mis poemas ante un público entregado, tanto que me creí poeta.
Y Ramiro
resultó ser un cincuentón guapísimo, moreno, alto, con los ojos oscuros y, por
encima de todo, muy masculino.
Respiraba
virilidad por todos los poros, y yo me encendí.
Ahora, me dije: “María de los Incendios, eres tú misma, cojones, las cosas que
tiene la vida”.
Si yo
hubiera sido inteligente, Ramiro —también conocido como Frijolito II— hubiera
quedado en el pozo de los recuerdos, pero mi ninfomanía de mujer reprimida fue
más fuerte que yo.
Esa noche,
en lugar de hablar de los valores de la familia, de la funesta ley del aborto,
de la barbaridad de los matrimonios homosexuales, le hablé de la masturbación.
Todo empezó
con los éxtasis de Santa Teresa, que yo llevé al terreno de la corporeidad, y
allí fallé.
Y todavía
fallé más cuando le pedí que me enseñara sus láminas de dibujos de los santos.
Frijolito II era un facha, pero no era tonto.
Supo inmediatamente que no me interesaban sus pinceles, sino su pincel, y toda
mi imagen de mujer arrobada por el gozo espiritual cayó por los suelos, y con
ella yo también caí en picado.
Se comportó correctamente hasta el último café, y después, sin darme opción a decir
nada más, se fue a su casa y yo me quedé para vestir a los santos de los
dibujos que no me quiso enseñar.
De vuelta en Tarragona, Frijolito II no se
apartaba de mi mente ni de mi cuerpo. No había minuto del día en que no pensara
en él, movida por los ardores y un deseo frenético.
No debí llamarle, ya lo sé, pero lo hice, y le
conté que me masturbaba pensando en él. Por supuesto, no volvió a cogerme el
teléfono.
Así que, en lugar de Manuela, Manolita o Lita,
he decidido llamarme María de las Desgracias, ir a la sex shop, comprar los
artilugios adecuados y poner un anuncio en La
Vanguardia:
Ama busca esclavo, éxtasis místico, lectura
continuada de poemas, me masturbo delante de usted y le dejo con las ganas.