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| Judi Krew - Comando Cleaning |
váter, wáter
m. Retrete. Wáter es un préstamo del inglés para designar el retrete, un
espacio en cierto modo tabú, en torno al cual se crean expresiones
eufemísticas, al igual que en relación con el acto de defecar y orinar. ©
Espasa Calpe, S.A.
No hay trabajo indigno.
Hoy a Pilar le toca limpiar los baños. En esas habitaciones de residencia
hay retretes. Donde la gente cagamos. Hala. Qué poco fino. Podría haber
dicho que es donde se hace de vientre y, del mismo modo que en la Espasa
Calpe dicen, dar rodeos al pequeño tabú.
A Pilar se le acaba el tabú en cuanto se pone los guantes, agarra el
estropajo y los productos desinfectantes y desodorantes y se
arrodilla junto al “inodoro”. Lo mismo que en la bandeja y los platos se
pegan restos de comida, en este aparato dotado de cañería se pega la
descomida, o sea, la mierda.
Los cagones y las escobillas de su propiedad: eternos desconocidos.
Las públicas… ¡vete a saber quién y cómo las ha tocado!
Pero si tienes tu habitación en una residencia y gozas de tu propio baño
con váter, lo normal será no dejar pegadas en él las cascarrias para que
las retire la de la limpieza, que no sabemos ni cómo se llama.
“Esto es humillarle a uno”, dice Ana, la cocinera de la residencia, que a
ratos también limpia pero sin meter la mano dentro, ni con guantes ni de
cerca, al tiempo que —mano sobre mano— observa a Pilar y da una
conferencia sobre la correcta limpieza, la rápida, la que se hace “por
encima” y sin necesidad de tocar esas guarrerías.
No es por eso que está llorando ahora. Para ella ha sido la misma canción
en casi todos sus trabajos. Está triste y llora porque tenía ilusiones
renovadas con su trabajo nuevo.
¿Se puede tener ilusión por un trabajo así?
Pasados los 50 —aunque su físico no es atlético— lo da todo
correspondiendo a la confianza de haber sido contratada legalmente por
primera vez en su vida. Ha dejado de ir de casa en casa.
Cree dejar atrás el salario que nunca sube y tonterías como:
“Si yo la casa la tengo muy limpia…” así que poca tarea tienes
conmigo.
“Esta es la chica que me viene a limpiar.” Aunque esté en el funeral de
mi padre, es la chacha.
“Si necesitas ayuda con el doctorado de tu hija, dímelo.” Que quedo bien
aunque no sea cierto.
Y un largo etcétera de historias similares del día a día, sumando años de
infravaloración y humillación.
Pronto llegó la noticia de que el contrato no correspondía con una
residencia, sino con empleadas de hogar que no tienen derecho a paro y… no
quedó otra que seguir bregando.
Cinco meses más tarde las 5 horas diarias pasaron a 3 porque no había
dinero:
“El contrato indefinido pasa a temporal hasta junio y luego ya veremos.
Tienes que renunciar al finiquito, claro, y las vacaciones cógelas antes
de junio.”
Eso, tras dejarse la espalda pintando una habitación, haciendo tiempo
extra gratis a diario…
No, no es lágrima fácil. Cuando era pequeña ya limpiaba los PAÑOS de los
sobrinos pequeños que dejaban en casa de la abuela, sin lavadora.
Encargada también de las tareas de casa porque su madre se encamaba rápido
para paliar sus continuas dolencias.
No recuerda de ella sentir afecto alguno, excepto aquel día que,
extenuada y deprimida tras rozar la muerte en su primer parto a los 30,
dijo: “Ya no puedo más”.
Es una vida acumulando falta de mínimas atenciones, carencias de amor y
pleno abandono cuando, sola, con 6 años, en la casa de la ciudad sus
hermanas mayores iban a trabajar; sin alimentarse hasta padecer anemia,
romperse un hueso que no soldaría y recibir dolorosas inyecciones.
Era una chica transparente —casi de plexiglás— y el amigo de la pandilla
la llamó Britina.
Pilar se pregunta por qué Britina tuvo tan mala suerte incluso con los
padres de su marido, que la prometieron un trabajo de dependienta “más
digno, con vacaciones, paga extra y dada de alta”.
En esa tienda llamaron subnormalito a su sobrino predilecto (intenso
dolor e ira) mientras destilaban una tras otra en mentiras sus promesas.
Y, sin valor para decírselo a la cara —lo que es peor—, la obligaron a que
se fuera.
Britina marchó de aquella tienda y volvió a la fregona, la plancha, la
cocina y los baños de ancianas que se cagaban por toda la casa y la
recomendaban poner sangre de menstruación en las empanadas para mantener
el amor del marido.
Una tras otra, personas que a lo largo de su vida pretendieron hacerla
creer ignorante, valorando en nada su labor y en cero su respeto.
Casada con un hombre inseguro, sin dinero ni aspiraciones, difícil y
ausente en su propio mundo, se plantea hoy, herida, si mereció la pena
amarlo a cambio de casi nada.
Él quiere recoger la cocina empezando por el final. Ella le corrige y
dice:
—Te quiero.
Y lo abraza.
Él, asustado primero y dos segundos después, tranquilo, responde:
—Gracias.
Tras un corto silencio, Pilar lo aclara más:
—Te quiero mucho cariño.
Y, demasiado tiempo después, él responde:
—Yo también te quiero. Mucho.
Qué historia la de Britina Parasintética, que ni siquiera tuvo suerte en
el amor cuando era lo único que necesitaba para sentirse más fuerte. Tuvo
que esperar a que la vida enseñara, bofetada a bofetada, que esto no es el
paraíso sino un sucio jardín lleno de mierda donde hay que mirar bien
dónde pisas para que esta no te llegue a las orejas.
Que dura la vida para esta mujer y con qué valentía ha seguido adelante incluso cuando las lágrimas fluyen cuando no puede mas y aún así sigue y sigue.....
ResponderEliminar... con menos fuerzas y ánimo.
ResponderEliminarPero tienes razón. Sigue y sigue.
ResponderEliminar... pero no sé por cuánto tiempo.
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