El tercer vuelo lo sentía contra el viento y mi espíritu sedentario se negaba, como siempre. Para algunas personas viajar es… pero no lo sé muy bien. Digo que no quiero nada nuevo, que nada cambie, pero cuando por fin lo intento y comparo la pesadilla que me rodea y me bloquea al salir de mi espacio y mis rutinas con mis pies descalzos sobre la arena, con los espacios abiertos, el mar o los montes arbolados y verdes, los campos de girasoles, los bebés, las risas y los juegos felices de los demás, mi balanza se equilibra entre el dolor y la belleza.
Había dicho que aquel viaje no era necesario. Que no iba a derramar una
lágrima y que mi aspecto impasible daría lugar a una escena odiosa.
Además, ya nada se podía hacer por salvar su vida. Mi esposa, por suerte,
se mantuvo firme y me dijo:
—Puedes hacer lo que quieras, pero yo pienso ir sola, aunque sea. Tú
verás.
En las Islas Canarias la luz del sol parece quemar los colores, como en fotos sobreexpuestas. Así, desde el trasiego, por los caminitos entre casas individuales de fulgurante blancor posadas sobre un negro volcánico, entré en la casa de mi hermana. En una confrontación de sensaciones agridulces donde la vida pronto iba a dejar paso a la muerte. Allí estaba reunido todo el resto de mi familia.
Después del insidioso protocolo de abrazos y besos, pasé a la habitación.
Mi madre le dijo:
—Mira quién está aquí, cariño.
Y después de mirarme, breve pero lento, detrás de sus ojos nublados, bajo
el peso de los sedantes para el dolor, hizo una mueca, giró un poco la
cabeza y se pusieron a correr lágrimas por su mejilla. Su hijo, “el
enano”, que nunca había querido ir a las Canarias, estaba ahí para
despedirse. Solía reírse de la visible humildad de mi vida y de mi
familia, entre muchas otras cosas. También de mis miedos-manías, mientras
preguntaba:
—¿Es que tienes miedo a que se hunda la isla?
Salí como pude para “que no te vea llorar”, y mi madre vino detrás.
—No te disgustes, hijo. No es que no quiera verte, es que le da pena.
Y, en realidad, no volvió a verme.
Su otra compañera de habitación, desvergonzada y ruidosa, era una máquina que inyectaba y vaciaba aire en el colchón por secciones. Su cáncer sorbía sus escasas energías para inyectar células sin cesar un segundo. Los goteros inyectaban en sus venas analgésicos potentes y sueros. Su pareja inyectaba amor, a duras penas, buscando un alma en aquel cuerpo ausente.
En ese entorno de pesar, alguien me previno, con frivolidad, de que en aquella casa no esperase encontrar nada para comer. Curioso cómo los hijos favoritos se mantienen fríos y distantes, mientras aquellos que no lo parecen son totalmente del revés.
Pasó el día siguiente y, ya de noche, mientras las flemas llenaban sus pulmones, dejó de respirar.
—Márchate tranquilo, cariño. Ya pasó —decía mi madre, con completa serenidad y calor en la voz.
Cuando entré de nuevo, mi padre, definitivamente, ya no estaba allí.
Salí a la terraza, buscando una esquina escondida donde poder llorar, y
encontré una tumbona junto a una barbacoa. Me senté en ella. Un mueble
diseñado para el descanso y el placer, transformado en un incómodo objeto
inútil. Mi actitud de duelo debió de salirse de lo común y mi esposa,
extrañada, vino a acompañarme y a preguntarme. Yo solo acertaba a decir
que:
—Soy un mal hijo. Siempre le he decepcionado.
Con la confusión típica de los tiempos verbales que te hacen sentir el peso real de la muerte y tomar contacto con el momento.
Mi padre siempre fue un devorador de todo. Bebía su vaso de horchata de
un solo trago y los demás lo prolongábamos tendiendo a infinito. Comía de
su plato como si llevara una semana sin probar bocado, en memoria del
hambre que pasó de posguerra. Reía y animaba a su alrededor, voceando
mientras servía de la botella:
—¡Alegría, alegría!
Otras veces, cabreado, se volvía un violento fuera de sí que gritaba, gesticulaba y asustaba a toda la familia. No dudó en tumbar de un puñetazo al borracho faltón con mi madre. Aunque era incapaz de comprenderlos, compraba todo tipo de aparatos con ilusión. Le gustaba lo bueno y lo gastaba por demás. Disfrutaba de un baño en la playa o la piscina tanto como de una buena siesta.
Así fue que, cuando le dijeron a palo seco su diagnóstico y los meses que
le quedaban, dijo teatralmente:
—Pues a mí que me fusilen.
Porque, como él decía viendo películas bélicas:
—¡Qué bonita es la guerra!
Dejándome anonadado.
Y cuando un día tuvo serenidad, dijo:
—Yo ya he disfrutado mucho de la vida. Me iré contento.
No recuerdo el día ni el año en que falleció mi padre. Iba a decir que fue en medio de un verano, pero acabo de mirar el acta de defunción y habla de finales de septiembre, a las seis de la tarde, del año dos mil once. A las puertas del otoño.
Como siempre, mi estúpida cabeza, hábil para manejar las cosas, unir patrones y recordar tonterías, es pésima gestionando amigos y conservando hermanos, mientras olvida sin más los datos importantes: los de las personas.

Un gran , gran ,gran abrazo
ResponderEliminarMuchas, muchísimas gracias.
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