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martes, 1 de septiembre de 2026

Yo tenía... no sé qué

"Aunque el mundo esté lleno de sufrimiento, también está lleno de personas que lo superan."

— Helen Keller

Yo tenía el dedo en un dedal. Era escaso para culito de vino.
Ancho para un ser infantil y perfecto para firmar en puntos un quebranto.

El dedo pregunta por el tamaño de lo que atraviesa.
La travesura no sabe ser discreta, es así, lo son los años.


Hay quienes aterrizan en el mundo con la piel donde debería ir el uniforme, el disfraz inverso.
Cada vibración percibida, una confusión pequeña, una pregunta sin efectuar.
Cada mirada ajena, un peso incógnito con raíces de alien, el pasajero más cercano.

El mundo nació igual para muchos y de a pocos se fue diferenciando en capas. Ir adaptándose fue la misión de esos pocos.
Lo recorremos a lo Ricitos de Oro, abriendo las escotillas al revés y sacando los pies de las alforjas para dormir en camas que nos vienen chiquitas o sin saber cómo encaja un cuerpo pequeño en superficies inadecuadas.

Nos dan plano y manual en idioma georgiano, siendo naturales de Tudela.


Me he comprado una nave con hangar espacial industrial. Pagar a plazos es una ventaja contractual. Nuevos mundos considerales a mis extraordinarias capacidades, preparadas las estrellas, sobrevolaré vuestras órbitas a ratos y con ellas me miraréis.

Mas mirad a lo alto, a lo ancho o a lo ligero: lo mismo da que me tiene siempre que ampliéis la manera de mirar.

Exclusivo, niño con nave especial considerable, industrial y con saltos portal a portal.


Mi precioso transporte a los sueños se convirtió en el primer Transformer del mundo, difícil de manejar, inabarcable, bloqueado en una cabina de camarote oscuro y triste, donde las lágrimas caían, sssshh_!
sssshh_! y más sssshh_! hasta mis pabellones deportivos en lo auditivo y sensorial.


Alguien, en lugar de ser refugio inter-mundos se convirtió en primera lección terrenal. La que el cuerpo aprende antes que la mente: peligro marciano con cara reconocida, que el amor y el daño pueden llegar de la misma mano, que mano sin "m" no es mano y sobrevivir suena a moco de bebé caprichoso.

HEY BRO ! Despierta! SSSSHHHH__!
¡Cuidado, nos atacan!, algo o alguien se ha colado en la nave!

Jugarrrr, jaguarrr, grrrrr, mmmm, frisssss, frassss
Por aquí, por acullá, todo vale, nada vale lo demás.

De la mano de inocente grumete, un agujero negro quiere aplastarnos en su gravedad inmensa.
Motores a toda vela, abre, la ventanilla no se abre, cierro, no podrá pasar a mis dominios fractales, los desechos en la compuerta, el misil no la derriba.
"EMPUJAAAAA!" se dicen la cosas, que son varias, de hierro, con hidrosferas de emulsión a látex.
"No puedooo" respondo, no resistiréeeee, pero resisto.


Mis tías encogieron, no se cómo, sus hombros, cuando el infante tripulante se negó a estrenar la prenda de baños luz.

Las vi mirarse a los ojos, no a las órbitas lunares, a los puros luceros tragaluces, extrañadas. Robaron mis condecoraciones y, degradado, obedecí y les di mi piel, codiciada piel con cositas de nene.

Qué inocente.

Los profes también eligieron encoger las complicaciones, cuando este peque no quería jugar con los otros mequetrefes.
Fría columna de piedra, inamovible pierna, segura frontera, rugoso paraguas contra la tormenta.
-¡OIGA! ¡SU HIJO NO JUEGA!
-Habla cucurucho que no te escucho

Más fácil acudir a mi y preguntarme si sujetaba la columna, reírse del astro y del nauta que aún buscaba sus sueños en la tierra prometida.


Hubo años en que el cuerpo se convirtió en el único territorio donde ejercer soberanía.

Decidir cuánto. Decidir cuándo. Decidir si.

Porque cuando las aristas del dolor no cortan lo bastante, uno aprende a sacarles filo.
El tentáculo de roca guiada rompiendo mi lisura, el hambre de víbora su idioma y yo, incrementando en callados mi patrimonio.


Pa' patria papá. Loconel Coward y, a sus órdenes locas, Madson el hijo.
Quedó eso como ecolálico adjetivo, despectivo, dejando clara su espesa ligereza vocal.

Mamá, Killer Hider Mom, ¿no te acuerdas, hija, de aquel olor a humanidad? Lo dijiste.

Lo dijiste, cuando él quiso abrir. Cuando él, tu favorito, resolvió el cerrojazo sabedor de lo prohibido.
Tu machote ibérico cerró y abrió y, entonces fue cuando lo dijiste.

Nuestro cuarto cerrado,
la ventana abierta y, las verdades
salieron volando a ciencia cierta.
¿Verdad, mamá, que tu antifaz impedía saber nada de nada?


Este antiguo pensamiento de diluir mi estrella en el espacio exterior es antiguo, sinónimo de infantil, chocante figura menguante, estacional, difusa y otra vez creciente.

Ese pensamiento tan frecuente y buscado durante aquella adolescencia, Toc-Toc, llamó a la puerta de mi nave:
-Abra usted, salga de su cavernícola chatarra espacial, disfrute de un simpático pozo negro en el estómago.

Ya sin combustible, oxidada, el panel de mandos dibujado en un papel perdido entre papeles, no olvidado pero si apartado, se fue consumiendo entre el polvo de los cementerios altos de un armario.

Ese vacío extensible vuelve de entre los vellos de mi bigote, traicionero, sin saber qué curvatura espacial escogió para alcanzarme.

Los que han estado ahí saben de qué va la vaina. De querer marcharse si con eso, lo que sea, se calla el ruido hacia adentro, se apagan los quejidos y sus lamentos.


Mi cuerpo se queda como si nada.
Nada lo altera ni se muere.
No flota ni navega.
Pierde energía.
No pasa de sólido a gusanoso.
Mi cuerpo es la nada
en una espera interminable.

Al principio creí en una nova estelar, repentina como el lugar exacto donde uno acostumbraba mirar.

Brillaba y, en su fulgor, incluso en un solo reflejo, la noche era innecesaria.

Al final se trataba tan solo de un sencillo esquema con algo de ternura, pizcas de esperanza, y esa costumbre tan humana de confundir oscilación con permanencia.

Mi estrella era negra, con geometría y densidades cósmicas. De su oscuro nada podía escapar, solo permanecer apretado en una asfixia, inaccesible al juicio.


Los poetas, sabiéndolo, escriben sin márgenes, a lo largo de la secuoya, entre los húmedos pliegues de sus cortezas.

Porque han visto estrellas apagarse mucho antes de que el cielo lo admita.
Porque conocen el momento exacto en que una ilusión sigue brillando aunque ya no exista.

Y porque alguna vez, mientras todos miraban hacia arriba, ellos sintieron romperse el firmamento.


Mi tiempo, aunque infinitesimal a escala planetaria, vence.
No que se rinda, sino que va terminando, alejado de su comienzo.
Perdida la capacidad, la memoria, consumidas las ganas, pasada toda hambre, quería contar lo que  aún tenía. Yo tenía... pero no sé qué era.

No espero recuperar aquel vehículo interestelar.
No veo más estela que la del dolor ciático en la fisio,
de cerca por los ojos secos del Sjorgen y,
de lejos, por la visión de un viejo miope.
No tengo noticias de, ni nostalgias por
aquella, mi antes y solo por entonces querida,
bonita nave espacial.

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