"El hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a los otros"
Me he dado cuenta de que tanto interés por la verdad es lo más falso que hay.
Qué denostada está la hipocresía, y qué cómodamente instalada en el trono de los defectos ajenos. Nos rasgamos las vestiduras por la hipocresía de los demás mientras somos, nosotros mismos, de lo más hipócrita que existe. Y no me refiero a las verdades en general, ni a la política donde todo es mentira con traje y corbata, ni a las verdades relativas que cambian de forma según quien las sostenga. Me refiero a las nuestras propias, esas que ni nosotros queremos ver cuando nos miramos al espejo un lunes por la mañana.
Nos pasamos la vida diciendo esto y lo otro, poniendo la mano en el fuego por lo que sentimos, proclamando con seguridad lo que somos y lo que no somos, y a la vez abriendo grandes vacíos sobre personas, situaciones o sentimientos que preferimos no nombrar porque nombrarlos nos obligaría a hacer algo con ellos.
Siempre he creído, y así lo vivo, que a la gente hay que quererla en vida. No hay que dejarse nada en el tintero del corazón, porque los vacíos insalvables pasan facturas emocionales muy grandes. Pero si uno decide vivir con ellos, hay que apechugar después, sin sorprenderse cuando llegue la cuenta.
Dicen que de todo se aprende. Y es verdad. El que no quiere aprender tiene difícil solución, pero ese ya es su problema.
La cuestión es que se ha muerto mi suegro.
Hace ya mucho tiempo que solo mantenía con él una relación cordial, de pura educación, libre de todo afecto cariñoso. No hubo un momento de ruptura, no hubo drama ni declaración. Simplemente el afecto se fue retirando despacio, como se retira el agua de una playa, sin hacer ruido, y un día miras y ya no está.
Y eso va también por mi chico, que ahora se siente rabioso, porque no lo está sabiendo gestionar y le cuesta reconocer que su padre no fuera muy querido. Echa de menos la hipocresía de los meapilas, esa liturgia del dolor prestado que llena los tanatorios de gente que no sabe muy bien por qué está ahí pero sabe perfectamente qué cara poner. Y echa de menos la hipocresía que yo no soy capaz de tener en estos momentos. Lo peor, o lo mejor, es que quiere en mí una reacción ilógica de tristeza que él mismo no tiene ni por asomo.
Dice que no he sido respetuosa. Y nada más lejos de la realidad. Mientras no veo una sola mísera lágrima en sus ojos ni en su corazón, sigo sin entender qué pretende de mí. Puedo ser hipócrita con otros, pero no con él. Con él no puedo, y no quiero.
No me gusta verle sufrir. Pero es que no le veo sufrir, al menos no por la pérdida. Solo le veo rabioso. Rabioso, seguramente, por las causas pendientes, por esas conversaciones que no se atrevió a tener o que no quiso tener. Por esa falta de afecto que dejó que se acomodara entre los dos, que encontró sitio y echó raíces, y que ni antes ni ahora tiene solución.
Mi chico siempre ha tenido capacidad para sorprenderme. Esta vez lo ha hecho, pero no para bien. Le he visto demasiado necesitado de toda la parafernalia de la hipocresía de personas que ni le importan y a quienes él tampoco les importa, pero que aparecen en estas ocasiones como para rellenar huecos, como el corcho que tapa la botella sin saber qué hay dentro.
Y sigo sin entender cómo puede estar tan ciego con su cuñada, esa que ha pasado olímpicamente de su padre en vida y que ahora actúa el papel de hija dolida con una convicción que da vértigo. Egocéntrica, manipuladora, aprovechada, con la única pregunta que quiere escuchar siendo siempre la misma: ¿quién es la más guapa del reino? Y el espejito, naturalmente, tiene que contestar que ella.
Necesitamos la hipocresía y la dramatización para vivir. No sabemos, o no queremos, demostrar lo evidente porque está mal visto. Porque la verdad sin adorno incomoda, y la incomodidad es lo único que nadie quiere regalar ni recibir.
Pero me pilla muy cansada de dramas innecesarios. Prefiero dedicar mis energías a quien quiero y a lo que importa.
Sé que la rabia de mi chico es rabia contenida. Es la frustración de un desengaño emocional con su padre que viene de lejos, acumulada capa sobre capa durante años. Y sé que soy su pared para darse de cabezazos, que ese es mi lugar en este momento. Otra cosa es que siempre lo encaje bien, pero lo intento llevar.
Ahora está más tranquilo. No hemos hablado, hubiera estado bien, pero quizás es mejor así. Me he dado cuenta de que este tema no me duele como a él, y cuando alguien está herido las reacciones son imprevisibles y las palabras rebotan de formas que nadie controla.
Estoy segura de que no va a echar de menos a su padre. Que tiene pocos recuerdos entrañables con él, si tiene alguno. Y quizás esto duele más que perder a alguien querido, porque perder a alguien querido tiene una forma reconocible, tiene nombre y tiene consuelo. Pero perder a alguien con quien nunca se tuvo lo que se debería haber tenido, eso no tiene nombre. Eso es un vacío con forma de persona.
Los vacíos duelen. Los silencios duelen. El no sentir también duele, sobre todo porque nos han enseñado que hay personas a las que hay que querer porque sí, sin más, por el simple hecho de existir o de ser familia. Y no es cierto. El amor hay que ganárselo, hay que regarlo, hay que mimarlo. Hay quien confunde cosas materiales con amor, y no: el amor es darse uno, estar ahí sin condiciones, sin envidias, sin exigencias y sin las pequeñas mezquindades cotidianas que van vaciando lo que un día estuvo lleno.
Las personas que solo piensan en sí mismas son vampiros emocionales. Llegan a ser anodinas en cuanto a sentimientos y, sobre todo, agotadoras. Mi suegro intentó pasar desapercibido emocionalmente durante toda su vida, y lo consiguió. Solo se mostró humano cuando la madre de mi chico enfermó, y no precisamente para sacar sus mejores cualidades. Se mostró ruin, y yo pensaba que no se lo iba a perdonar nunca. Posiblemente así haya sido, porque me dolía hasta verle. Pero ya no está. Y no siento nada. Solo el hueco que deja cualquier presencia cuando desaparece, aunque fuera una presencia que no calentaba.
En cambio me duele cómo gestiona mi chico su no sentir. Y me harta cómo vive su drama mi cuñada cuando ha ignorado a su padre en vida con una dedicación casi profesional.
Qué complicados somos. Qué complicado hacemos lo sencillo. Menos mal que tenemos la hipocresía para echarnos una mano cuando la verdad pesa demasiado. Y menos mal que la verdad es del color del cristal con que se mira, porque de lo contrario tendríamos que admitir que ninguno de nosotros vive en el mismo espacio ni en el mismo tiempo que los que nos rodean, y que nuestras verdades e hipocresías son tan distintas precisamente porque cada uno carga con las suyas a solas.

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