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sábado, 1 de febrero de 2020

Cameron Post y los géneros de Dios

" Teme el momento en que las personas dejen de sufrir y morir por un ideal, porque esta cualidad es la base de la esencia humana y lo que la diferencia en el conjunto del universo." John Steinbeck, editado

Cuando nos inquietan grandes dudas existenciales siempre podremos acudir a las sagradas escrituras para hallar un significado. Con la ayuda de un Dios todopoderoso somos eternos, sobrellevamos las situaciones más difíciles y podemos incluso afrontar enfermedades incurables con un rostro de paz envidiable. Ríete tú de la Gioconda.

Me recomendaron hablar con un sacerdote en lugar de con una psicóloga. Eso lo dejo para más adelante pero si preferís ir al grano, empieza aquí: Ir a la experiencia con el sacerdote

Dicen que la biblia habla de la genética y los géneros. Cada especie según su género. El gorrión solo produce gorriones y los humanos idem. Mentira. Ni el passer domesticus ni el homo sapiens² existen y se reproducen así desde el día cero. Mucho antes fueron otros seres, mutaron. La Biblia no habla de genética, sino de especies, e ignora la inmensa variante del tiempo. Es más, todos los seres vivos compartimos el sistema codificado del ADN porque nuestro origen es el mismo. Y, una vez más, el texto al que hago referencia al comienzo del párrafo ya está obsoleto: el hombre también es capaz —todavía con coste elevado— de escribir información en ADN y leerla, siendo dicho soporte más pequeño y duradero que las cintas, los CD-DVD, las memorias flash o los cristales de cuarzo. ¿Solo pudo ser el ADN obra de una gran diseñadora o es que solo empezamos a conocerlo?

Podemos contarle a Dios todas nuestras miserias, por más miserables que sean. Sea esta una de las pocas ocasiones donde la redundancia cíclica se puede admitir. Siempre estará escuchando y listo para perdonar. «Lo único que no se puede perdonar es la blasfemia, porque significa que no deseas el perdón», pero… ¿hay que pedir perdón por sentir amor?

Sobre esta película, «La (des)educación de Cameron Post», publican una crítica en el periódico ABC y la titulan «Manoseo adulto en la arcilla adolescente». En 218 palabras pasa de puntillas por el tema usando como palabra más gruesa «homosexualidad» y, por si acaso, «supuesta». Pero si hay muchas palabras. Mira: gay, lesbiana, trans, pan, bi o asexual, bi o cisgénero… y entre las escasas 218 palabras falta esta: religión. Justo la fuerza que hace girar la torneta del alfarero en la peli.


A Cameron Post la lleva su tía a un centro donde tratan de educar a jóvenes que sienten atracción por sus iguales del mismo sexo. Con la mejor de las peores intenciones, pues… «¿No deseas tener el día de mañana una familia?» Pues mire usted, no todo el mundo. Me decía hace poco una profesora universitaria de psicología, Carmen, de apodo "corazones": «Hay mucha ignorancia. No comprendo esa obsesión con implantar el pin parental. Se me acercan mis estudiantes con frecuencia para cuestiones sobre su identidad sexual. Son gente que sufre. Está claro que hace falta mucha, mucha, mucha educación en esta materia».


En una de las terapias a cielo abierto, dos compañeras presionan a Cameron para que hable de la chica con la que tuvo relación porque ven que solo es capaz de callar y alucinar con lo que ve y escucha. Así que dice:

—De acuerdo. Se llamaba Coley. —baja la cabeza— Estábamos en el mismo estudio bíblico. […]

—¿Cómo era ella?

—[…] ella era perfecta […] pero no egocéntrica […] ya saben, de ese tipo de persona que, sin importar quién seas, querrías ser su amigo.

Y todos callan, intuyendo, dando por buenas sus palabras, por lo que la monitora interviene:

—Se dice que los caníbales solo devoran a los enemigos que admiran como una forma de hacer propias sus mejores cualidades.

Que es una forma asquerosa de darle la vuelta al sentimiento de atracción entre dos, expresado con sinceridad.
El peor momento de la peli —sentí un crujido interno— sería la escena traumática donde Mark trata de amputar lo que le define como hombre. Algo que tantas veces recorre mi cabeza.

El mejor está disponible en un clip en youtube: Cameron pone alegría entre sus compis acompañando una fantástica canción de la radio y, en respuesta, la encargada —esta que se cree por encima de los caníbales— le entrega una carta envenenada para que sufra y no se venga tan arriba alborotando el gallinero.

Los corazones más bondadosos palpitan contra todo pronóstico en los cuerpos y mentes menos imaginables. No son exclusivos de una raza, sexo o religión.



No es la religión lo que lleva a una persona a besar la cruz y pasar las cuentas del rosario dejando la mente en trance para luego hacer daño al prójimo. Recuerdo una misa de domingo en que una mujer con dificultades pedía permiso a otra para sentarse en su mismo banco. La envió a buscar sitio en otra parte con cajas destempladas. Después, como pésima cristiana, con el alma bien sucia tomó el cuerpo de Cristo. Para ella, igual que zamparse una oblea dulce o la bolsa entera.


Por otra parte tenemos una historia similar con Garrad Conley. Su libro «Boy Erased» da lugar a la película «Identidad robada», donde cuenta cómo, siendo hijo de un pastor baptista, es enviado al centro «Love in Action» para ser rehabilitado entre hostias y oraciones de su «enfermedad». Esos sitios, gobernados por gays arrepentidos y promocionados a caciques de Dios, se creen tan autorizados como para buscar tu conversión a su limitado, y en teoría sano, mundo binario sin pensar que para ello primero tienen que destruirte. ¿Solo dos cuando la medicina también reconoce que hay más de dos sexos? Y aunque así fuera, hay diversos factores añadidos que conforman múltiples variaciones. 

Pero volviendo a la peli, Helen, compañera de Cameron, dice:

—No rezaré para que Dios me cambie porque Dios no comete errores.

Que significa: Dios decide todo en cuanto se conocen óvulo/s y espermatozoide/s y la genética no tiene nada que decir. Decide también qué enfermedad arrebatará en pocos años a bebés inocentes de cualquier pareja, hayan sido bautizados o no. Pero no dirá por qué ni para qué. De hecho no ha vuelto a decir nada en 2000 años. O quizá no ha parado de hablar y estamos distraídos o no queremos escucharle. Usted elije.

Creo que va siendo hora de afrontarlo. Al principio, en la época menos transparente de la humanidad, los sagrados conocimientos fueron transcritos a mano durante 1400 años. En ese tiempo surgió el cielo y el infierno, el purgatorio, el crimen y el castigo, la culpa y el pecado, el diluvio, Adán y Eva, la muerte de la higuera que no daba fruto fuera de temporada, etc… Y sigo sin tener claro si todo lo escrito fue dictado a la oreja, interpretado o deducido por los discípulos, ni por qué hay versiones. En cualquier caso, no estaba por entonces prevista otra tierra que no fuera plana, otra explicación para la vida que no fuera divina, otras sexualidades, la evolución de las especies… ni se conocían importantes aspectos sobre el tiempo, el espacio y el universo. Toda la ciencia conocida es como un magnífico puzzle lineal que vamos completando y resulta muy complejo encajar cuanto se dice en una biblia inmutable. Solo una fe ciega a la par que visionaria será capaz de conformarse creando las piezas exactas..



Mi experiencia con el sacerdote

A mí también me recomendaron hablar con un sacerdote porque sería bueno para mí. Y no me hace mal. No sé si mejor, pero temo que le hago perder el tiempo. Reconozco que algún tiempo me he sentido mejor persona, diferente, principiante de buen cristiano y hasta he borrado entradas poco católicas de este blog. ¿Por qué sigo entonces? ¿Será porque no tengo amigos para sentarme a su lado y hablar? ¿Hablaría igual con un amigo? No sé nada de nada. Critico y luego me valgo de medios similares, sí, pero siendo adulto, yendo por propia voluntad, con una finalidad desconocida pero diferente y siempre libre para abandonar. Lo primero que me recomendó, en vista de lo verde que estaba, fue un catecismo que parecía el María Moliner aunado en un solo tomo. No lo llevé a casa. A pesar de todo, hablamos de Dios:

—Tienes que ver a Dios como a un padre. Un padre siempre perdona a sus hijos.

—Pues no sé qué decirte. Yo tenía demasiado miedo a mi padre. Su cara enfurecida era más la de un padre que va a partirte la crisma que a perdonarte por romperle el casete o el vídeo, y no te digo cuando casi prendo fuego a la casa.

Se remueve en su sofá. Parece que no sabe cómo sentarse para estar cómodo. No sé si le pongo incómodo. No es mi intención. Miro sus zapatos negros, calcetines negros, sotana negra. Cuánta oscuridad viste a quien habla de una luz tan pura.

—Bueno, los padres también tienen sus días difíciles y la actitud del hijo al pedir perdón también influye, pero un padre...

—Pues justo el momento de la casa llena de humo no era el mejor momento, así que salí corriendo de casa advirtiéndoles que se me había caído una cerilla sobre el tapete de la mesa y como soy miope y por entonces no me ponía las gafas...

—A ver, nos estamos desviando del asunto. —levanta la mano en señal de STOP— Tú piensa que Dios siempre lo ve todo, que nos ama y nos escucha cuando hablamos con él y además nos contesta.

Hace pausas y termina con una más larga para que asimile los contenidos pero, a decir verdad, me quedo en blanco esperando que tome la iniciativa. Y la toma:

—¿Ya has hablado con ÉL como te dije?

—Ssssii —es un sí flojito, inseguro. Decir mentiras es algo realmente repugnante. Apesta y confunde. Y para alguien tan torpe como yo en las conversaciones es además nada recomendable. Que vamos, yo no había tratado de hablar con… Dios.

—¿Y te ha contestado?

—(Ostras, esta pregunta no me la esperaba) Bueno...

Y creo que debería poner muchos más puntos suspensivos para describir lo poco claro que lo tenía. Pero respondo:

—Sí, sí que me ha respondido, ¡pero no con palabras! ¿Te imaginas? SOY DIOS, HIJO MÍO. Vamos, escucho eso en mi cabeza y me cago encima. ¿Tú le oyes hablar con palabras?

—Jaaaa, jajajajaa —el hombre se ríe y me explica que no, que sucede de otra manera: se sabe, se siente, tarda en llegar, hay que trabajarlo. Está sudando y no puedo por menos que preguntarle:

—¿Cómo puedes aguantar el calor con toda esa ropa negra...? Además atrae la radiación solar y...

—No te creas... —estira y toca sus telas— Luego es muy... finita, mira. Toca.

Y yo toco. Con miedo, pero toco y miro de cerca la tela de la sotana. Sí, parece fina. Y baratera. Aunque no lo será, porque añade:

—Además tiene la ventaja de que no necesita planchado. Si un día estás de viaje la puedes lavar, la cuelgas y se seca y queda estirada muy bien.

No soy capaz de creerlo.

Otro día, cuando la conversación se detuvo, me preguntó:

—¿Y la pureza?

De verdad, con tan poca información no llego. Cuando la gente me da poca información acostumbro imaginar cosas por completo diferentes a las supuestas. Como cuando un día me detiene el jefe, bajo la ventanilla y pregunta si sé algo de los automáticos. Y yo callado pienso en autómatas sin llegar a entender nada. Añade, por toda aclaración, que no arranca. Miro cómo se masajea el michelín y trato de recordar algún mecanismo automático. Se da la vuelta y se aleja. Sigo adelante por el garaje hasta aparcar en mi plaza. Al salir y volver a pie ya comprendí la pregunta. Había un coche automático de un vecino que no arrancaba.

Pero estaba con la pregunta sobre la pureza. Y tela lo que pone el diccionario:

f. Ausencia de mezcla con otra cosa: la pureza del aire de la sierra te sentará muy bien. || Ausencia de imperfecciones: este diamante es de gran pureza. || Virginidad: la pureza de la Virgen es algo sagrado entre los católicos. || Inocencia en todo lo relativo al sexo: la pureza de los niños.
© Espasa Calpe, S.A.

Pregunto:

—¿Pureza? ¿Qué pureza?

—Pues hombre, ya sabes, las mujeres...

—¿La pureza de las mujeres?

—Noooo, a ver. Cómo decirte. —miró hacia arriba como pidiendo socorro y explicó— Que si miras a otras mujeres, piensas en mujeres...

—No. Yo no voy como un salido que babea al cruzarse con una mujer, pero sí que miro.

—Pues eso es lo que NO tienes que hacer. Tienes que guardar la vista.

—Uy. Eso suena muy... me recuerda lo de si tu ojo...

—Es que no es por causa del ojo, sino por los pensamientos impuros... —bla, blah, bla, breve aclaración del tema. Luego se explica de p.madre, la verdad. O soy facilón. O tardo en descreer.

Madre mía. Como para decirle que a veces me parece como si fuera una mujer en el cuerpo de un hombre poco masculino que pone especial interés en perfiles andróginos del tipo Laura Pergolizzi. Me parece que le dije una mentira de las grandes y sin ser consciente. Quizá eso sea un atenuante y me rebajen la condena. De todas formas… ¿quién no piensa en otras personas para bien o para mal?


En otra ocasión le hablé de mi anorexia nerviosa y llegó la siguiente pregunta:

—¿Y cómo te va con la comida?

—Pues estaba yo pensando que va a ser Viernes Santo y tendré que hacer abstinencia. No voy a tener ningún probl...

—Quita, quiiiiita, quitaaaaaa —y hace un gesto con la mano tipo «ven pacá, moreno, que te vas a enterar», así, como el juego del traga bolas, moviendo la muñeca de arriba a abajo—. En tu caso la penitencia va a ser comer, así que nada de abstinencia. Tú tienes que comer. Siiii, sí, sí, sí.

Cuando le conté esto a mi mujer rio de lo lindo, cerrando los ojos y echando la cabeza atrás y luego adelante. Como partiéndose al medio. Qué cosas. El hombre también reía mientras le contaba cómo hacía para poner poca leche y mucha agua con el café en polvo. Se puso serio al llegar a la parte del grave disgusto que supuso por entonces para mi esposa. Es lo que tiene hablar de temas que se desconocen. No sé las demás personas que superaron su anorexia, pero en mi cabeza no hay día que no piense en ello, en la grasa bajo mi piel y en lo horrible que es esta enfermedad. Es muy serio.

En fin.

Va haciendo demasiado frío. Voy a salir del Iceberg, pero no para subir a bordo del abarrotado transatlántico de la familia, la sociedad y los amigos.

Tomaré un tranquilo velero que me lleve a un puerto cálido. Y en tierra firme, por esos caminos de Dios, tropezaré, como siempre torpe, con una piedra que asome siendo parte de roca o montaña. Así, por fin, seré otro canto rodado, grava o arena, barro o como mínimo polvo y, si he de ser polvo, que al menos sea polvo enamorado.





lunes, 6 de enero de 2020

Repita, por favor

"Algunos aman las flores y los animales porque son incapaces de entenderse con sus semejantes." Sigrid Undset
No quejarse ni lamentarse puede manifestar la ausencia de dolor y sufrimiento, o la contención de palabras más que el mutismo absoluto. Un rostro que no cambia ni se baña en lágrimas hace suponer un bienestar llano, una forma de ser o una simple etapa favorable.

A veces, la realidad más descarnada y lacerante se oculta bajo el silencio, favoreciendo esa completa ceguera que le facilita la vida a su entorno.

¿Es la violación motivo suficiente para el dolor? ¿Lo es el abuso sexual en la infancia, siendo lejano y hasta confuso? ¿O lo será, quizá, una infancia o juventud de aislamiento y persecución, golpes e insultos? ¿Son asuntos para enterrar hondo y olvidarse?

Algunos animales entierran el alimento para después, cuando la necesidad estruje el estómago agudizando los sentidos. Muchas personas tratan de sepultar sus heridas en la memoria, ignorando que es un todo, que nada se separa del resto de cuanto allí está fielmente grabado. Cada nueva imagen, olor, sonido, sabor, roce o palabra será capaz de desvanecer en segundos el refugio de cualquier recuerdo oculto. Cuando menos, nos obligará a volver allí, reconstruirlo, echar más tierra, más alcohol, más mierda.

La tía de mi esposa, pasados los 100 años y consciente de que su cuerpo era incapaz de continuar, dijo un día:
—La vida se me ha hecho corta.

¿Cómo puede ser que la vida resulte insoportable siendo aún joven —cuando faltan tantas experiencias—, o que las ya vividas basten para desbordar cada recoveco de la mente hasta asfixiarla?

Puede ser. Porque el engaño es capaz de fracturar la inocencia, tanto como el desengaño de triturar una nueva esperanza mientras tratas de recuperarte. Puede ser porque lo único que no te decepciona es la soledad cuando necesitas tanta ayuda. Porque todos los golpes que continuarás recibiendo con puntualidad caerán sobre el hematoma invisible del alma. Para dirigirte hacia tu esquina del ring y que no te levantes otra vez con ganas de pelear. Para amordazar tu voz cuando por fin la encuentras, y no haya nadie que quiera escuchar. Porque nadie quiere escuchar.

No quejarse; callar. A veces, la falta de actitud, su cambio, la permanencia en zona negativa, los mil errores y silencios sin fin, los llantos inexplicables, las pésimas notas en los exámenes, la apatía por todo —incluidas las ilusiones de antes—, los despidos en el trabajo, las largas estancias en Babia… no son señales suficientes. Tener ojos no acompaña de manera intrínseca la facultad de apreciar el paisaje. Distinguir el sufrimiento de alguien puede ser motivo de huida, de ceguera. Incluso de mofa. Saberlo es como poner otra grapa más en los labios. Suponerlo es sellarlos para siempre.

Te preguntas: ¿quién va a creerme? ¡A mí! ¡A ese ser que vaga por la casa como un espíritu perdido y que de pronto encuentras observándote, inexpresivo, desde la puerta! ¡A alguien que no se preocupa por sus escasas amistades! ¿Quién puede creer a alguien que no se comporta como las personas normales, como los chicos y chicas de su edad, sino desde esa detestable adultez viciada de amargura?

Ahí están los ancianos, en la residencia. Mientras espero para entregar su pedido, los veo dispersos por toda la planta baja —enorme—, rodeada por televisores silenciados de 52″, entre maceteros de 1 × 1 metro y algún sofá o asiento múltiple. Una mujer trata de abrirse paso con el andador, empujando a los que están en silla de ruedas. La mayoría, solos; algunos, rodeados de familiares aburridos, mientras una enfermera lee su glucómetro como una abeja sobrevuela entre malvas y amapolas.

Ahí están todos, sumando milenios de experiencias exhaustas, en fila india hacia el secreto y hermoso almacén de los libros olvidados.

Me digo, convencido:
«Cuantos más dientes nos faltan, más años de vida nos sobran».
Y, a continuación, me pregunto:
«¿Dónde quedaron todas esas criaturas que un día fuimos? Tan hermosas e inocentes… tan humanas, sanas, frescas…?»

La rutina sirve para anticiparlo todo. Una de aquellas noches infantiles de verano, en casa de mi tía, compartía habitación con un primo cercano a los 18. En medio de la oscuridad, mientras escuchaba la remota señal de radio estadounidense de turno, me explicó, al tiempo que trataba de secar su abundante acné con alcohol, cuán duro resultaba su trabajo en una fábrica de zapatillas: coger las alpargatas y sujetarlas con una goma elástica, meterlas en una caja. Esa era toda su tarea. Para él, un trabajo duro repetir la misma secuencia hasta el infinito. Para mí, por entonces, una delicia imaginarme máquina. Siempre me fascinó ser una. Hacer perfectamente la misma tarea. Ahora sé que está bien, pero no todos los días de tu vida.

Necesito mi rutina, aunque sea la peor del mundo, porque no sé cómo hacer funcionar otra. Todas las noches vuelvo a ella antes de dormir. Imagino sucesos tremendos con otras personas, ficciones imposibles en el marco de lo cotidiano. El día entero escapando de todas las personas me lleva a relacionarme con ellas, por la noche, sobre una inconcebible balsa de acechantes amenazas. Y me duermo pronto. Quizá por lo soporífero que resulta ser el perpetuo protagonista de tus propias películas. Acaso por la tranquilidad que me suscita fantasear pesadillas de la misma forma desde hace tantos años, sin que sucedan peores cosas. Porque nada en la vida real podrá superar esa maldad que supongo de las personas. Y porque nada ha cambiado desde que, siendo niño, dejé de ser héroe, tripulante de naves espaciales y de hermosas historias, para transformarme en un ser abyecto, una tumoración maligna que devora su propio ser.

Así, cuando llega la mañana, algunos días, la dedicatoria de mi primer pensamiento sigue siendo, sin dramatismo, para la muerte. Pero tampoco es tan extraño.

Aun así, amo a casi todos los animales, a las plantas, a las rocas, a los cielos despejados de la noche y al calor del sol por la mañana; al agua más que a mi sangre. Y aprecio una pizca de cariño en las poquitas personas que, de alguna manera, me importan.

Feliz día de Reyes Magos. Que ustedes lo hayan disfrutado.

Cuéntalo - Laurie Halse Anderson (guión) & Emily Carrol (dibujos)
 



"You'd be socket at how many adults are already dead inside, walking around with no clue, waiting for a heart attack or a cancer to finish the job. When people don't express themselves, they die one piece at a time. It's the saddest thing I know."

🪶 Nota de lectura (by chatgpt)

Este texto se adentra en los repliegues del silencio y del sufrimiento invisible: el que no grita, no pide, no se queja. Explora cómo el dolor puede camuflarse en la rutina, en la contención, en la aparente calma que rodea a quien ya ha aprendido a callar. La voz del narrador, lúcida y cansada, recorre la fragilidad humana con una ternura seca, sin victimismo, pero también sin concesiones.
En su observación de los otros —los ancianos, los niños que fuimos, los fantasmas cotidianos— late una conciencia feroz de lo que queda vivo pese a todo: la lucidez, la compasión, el amor mínimo por lo que aún respira.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

La sabiduría del percebe


El día 24, en la previa a la llegada del Hijo de Dios, me tocó —por suerte— trabajar. La ciudad estaba circulable y tranquila. Se percibía ese ambiente de fiesta y relajación por todas partes.

Cargué mis 50 cajas, 650 kilos en total de mercancía, y salí a entregarlas. No es que me guste precisamente cuando pesan tanto, y menos si debo subir algunas por escaleras, tres pisos. Sé que otros lo hacen a diario con incluso más tonelaje. Al menos recibí una propina de tres euros, cosa que ya nadie hace, pero que yo agradezco.

Me acerqué a una rotonda y, delante, llevaba desde hacía un rato a un conductor tranquilo. En la radio explicaban que, debido a los continuos temporales en la costa gallega —nuestra mejor fuente de excelente marisco—, el percebe se cotizaba en la lonja a 300 euros y a 400 en la plaza. Vale, hasta ahí.

Lo que me puso muy alterado fue escuchar la respuesta al periodista cuando preguntó si la gente lo pagaba a pesar de todo:

—Pues sí, porque dicen los clientes que no les importa pagar un poco más con tal de que sus familias sean felices.

Tardé unos segundos en procesar, en tomar por cierta la información, pero la tensión debió subirme por las nubes y el cabreo, por encima de la bóveda del cielo.

¿Que no pueden ser felices sin los percebes en el plato?

¿Qué clase de tontería es esa?

¿En qué mundo vivo?

¡¡Me cago en todo lo que se menea!!

¡¡Joder, que muchas personas se conformarán con comer cualquier cosa, con estar juntos y sanos!!

¿Ahora depende la felicidad de lo que haya en un puñetero plato para cenar?

Maldita sea.

Bueno, al tranquilo conductor que hizo STOP a la entrada de la gran rotonda, viniendo coches a diez por hora desde el lado opuesto, le hice escuchar el claxon y luego lo adelanté, un poco airado.

Tuve que hacer un esfuerzo para serenarme y dejar de gritar improperios dentro del vehículo contra aquella respuesta al periodista.

Si algún día los estudios científicos demuestran que de lo que se come se cría, no me extrañaría que afirmasen que comer percebe te vuelve un tonto del culo.

Ya. Mi reacción al volante también merece una crítica.

«Que a mi hija/o no le falte de nada», frase que dicen muchos pater a sus filiis, servirá para que, por obra del Spiritus Sancti, se conviertan en auténticos cafres del consumo y adquieran una filosofía vital de zulúes, con perdón de aquella raza.

Como vendrán San Nicolás, el Esteru con su burru, la Toza, el tió de Nadal o tronco de Navidad, Papucho Noel, el pandingueiro o el Olentzero, y todos los demás personajes del mundo, a casa de algunas criaturas y a las casas de sus tíos y abuelos con regalos, no les faltará de ná. Se harán expertos en desempaquetar y sacar cosas de sus embalajes, y puede que alguno elija las cajas para jugar. Los adultos, por su parte, quizá compitan por el premio a «mi regalo fue el que más le gustó».

Vendrán luego los Reyes Majos de Oriente con más regalos, y todos quedaremos locos por ver el fin de otras Navidades con la vuelta al cole y la monótona rutina del día a día.

Mi compañero peludo nos acompañó ayer en la cena de Nochebuena. Ese cambio en su rutina diaria —estar en otra casa, sin su cuna para descansar y sentirse seguro—, ese baile de piernas que sin querer le patearon… El pobre iba de acá para allá, tratando de anticipar cada paso nuestro. Después, ya sentados y cenando, no paraba de circular entre el salón y la cocina, nervioso, agitado, pidiendo algo que escapaba a nuestro egoísta esquema mental, para el que «tan fácil» resulta adaptarse a las cosas nuevas.

Al fin mi esposa dijo:

—Ay… ya sé lo que quiere. No le hemos puesto un cuenco con agua.

En efecto, bebió como si aquello fuese lo último en agua dentro del desierto. Nosotros seguimos con lo nuestro y, al poco rato, se sentó en la puerta del salón mirando a mi esposa, con las orejas agachadas y una extraña expresión. La siguiente ocasión que fuimos a la cocina lo comprendimos: había vomitado una plasta marrón de pienso.

Cuánto estrés para él por una celebración.

Pienso en cómo los animales sufren por los cambios en su rutina, en su medio ambiente.

Al día siguiente tuve diarrea anticipada por terribles dolores de tripa.

Nosotros también somos animales. ¿Unos más que otros? Pues yo, bastante.

Nunca podré comprender a quienes disfrutan estrenando ropa o zapatos. Qué difícil y desagradable me resulta probar nuevas comidas poniendo a prueba mi refinada maquinaria digestiva.

Acabo de realizar la sexta visita al retrete. Entre los vapores característicos del ácido intestinal me suben escalofríos, sofocados por el dolor de la corrosión en la compuerta automática de evacuación.

¿Serán las doce almejas? ¿Será la escasa harina que espesa el caldo marinero? ¿Habrán sido los trozos de queso que avisan de alguna nueva intolerancia? ¿Los nervios?

Hoy me he quedado con mi amigo, el perrito. Todos los demás se han vuelto a reunir para seguir disfrutando de la familia y de un postre compartido que hicimos ayer: vasitos de mandarina gelatinada, cubierta con crema de chocolate, coronados a su vez por un botón de nata.

Dos animales, dos amigos. Tapado y enrollado en mi manta, acude poco a poco el calor y disfruto de algunas cabezadas en el sofá de casa. Ni pienso por más momentos en la familia reunida en su dudosa zona de confort.

Ay Pollicipes pollicipes, dos veces pollicipes.

No tengo tu sabor, pero admiro tu sabiduría.

Sabes cuánto necesitas.

Tú sí que sabes, percebe.

sábado, 7 de diciembre de 2019

El primer ser con inspiración.

Este precioso cuadro de mi compañera de blog me recuerda a Numen soñando.

Muchas veces voy por la vida buscando maravillas que aprender para alimentarme de ellas, llenar mis espacios vacíos y sentir fuerzas para escribir unas pocas palabras que al menos sean bellas. ¿Puedes tú ayudarme?

No puedo escribir cuando quiero. Si quiero hacerlo, debe ser cuando puedo. Puede parecer un asunto sencillo. Pues a mí me resulta muy difícil.

Ayer fue el Black Friday y ahora debo ir con José para pasar sus datos de proveedores y clientes a Excel. Dice que discutió con su esposa por obligarse a comprar al tal Fredy. Y yo, pensando quién sería ese tal. Se me venía la imagen del cantante de Queen.
¿Parezco estúpido? Pues lo mismo un poquitín sí, porque tuvo que aclarármelo. Pelillos a la mar.

José, hombre de éxito que conozco desde hace veinte años, me explicó cómo aplicaba el efecto Venturi en una máquina suya, creando una corriente de aire con la temperatura y la humedad apropiadas para incubar huevos. Mientras lo hacía, alguien le llamó al móvil para informarle de que quizá no acudiría a su invitación de cumpleaños porque se había hecho un implante dental dos días antes, sin creer que eso requiriese tanta recuperación.
Comparte así la llamada telefónica y añade, como ingrediente, que va a poner cordero.

Cuando lo relato en casa a mi compañera, por ver si me estoy perdiendo algo, pregunta si me invitó. Dice que no me invita porque yo no soy amigo suyo. Aunque no quiero para nada que me invite, a veces me gustaría ser arrastrado entre algunas personas de modo inapelable, como lo hace ese efecto Venturi. Que todo mi ser se viera empujado a acudir, a disfrutar y a ser feliz entre la gente.

Sigo buscando mi inspiración porque en fuentes laborales no encuentro los colores.

Pruebo lecturas y leo sobre TDC, trastorno dismórfico corporal, o sobre el síndrome de Tersites, un griego que se apartaba de todos los cánones de belleza. Leo también sobre el opuesto de “la madre de Blancanieves”, que trataba de perfeccionar su cuerpo con ansiedad.
He roto todo espejo y foto hace tanto tiempo…

Picoteo novelas gráficas en negro como "Yo, Loco" de Altarriba y Keko, la terrible "La muñequita de papá" de Debbie Dreschler, "La ascensión del gran mal" de David B. o Persépolis de Marjane… ninguna. Ni siquiera el colorido imaginativo de Shaun Tan en "Las reglas del verano" es capaz de disparar mi atención.

Es la tarde del sábado, solo en casa con un perrito, pero mi cabeza está más hueca que un tambor.

La inspiración de las imágenes vitales es mi siguiente meta.

Cojo la cámara de fotos, pero ninguna sale como quería: fotos cuadradas, bien o mal encuadradas; rectangulares, circulares, paranormales, panorámicas o paradójicas. No sirven, porque las imágenes emergen como yo: desiertas de sentimiento.

Busco entre acordes, negritas, silencios, blancas, corcheas y semitonos; claves de solfa en pos de una ejecución ad libitum.

Pongo el reproductor de música. Son 9.099 temas. Pereza. Cantos de amor de Gipsy Kings, La bien pagá, No paraba de llover Nena Daconte, Hakuna Matata, Hendrix, Dolly Dagger… Y Hide in Your Shell de Supertramp canta de pronto:

“Escóndete en tu caparazón porque el mundo está dispuesto a desangrarte por pura diversión. […] Estás esperando que alguien te entienda, pero tienes demonios en tu armario.”

¡Te habrás quedado a gusto con el sermón, Roger Hodgson!

Temas instrumentales, de antes, de hoy, románticos, rockeros; clásicos, Carmina Burana o Réquiem, pero ninguno es mi sintonía.
¿Ninguno?

Lo intento como saltimbanqui de películas. Me detengo junto a la magnífica Nell (1994) (Jodie Foster), mujer que se asombra como los niños en torno a la inocencia. Pienso en la filtración diaria en ellos de la mentira, el engaño, el precio de las cosas, el poder y el odio.

Encuentro un estudio sociológico sobre Nell ( aquí) y supongo que técnicamente es correcto, pero yo no tengo palabras para hablar de una chica que me deja con lágrimas en los ojos. Mudo, sin ganas de decir nada.

Salto hacia Mimzy, más allá de la imaginación. Yentl, mujer disfrazada de hombre para alcanzar los libros sagrados. Pink Floyd en el muro de mis lamentaciones. Ni Reb Tevye en "Violinista en el tejado", cantando su riqueza de iluso, sabe abstraerme de esta mente-caca.

No puedo cantar, dibujar, escribir. Quiero contar, expresar y decir. Estoy encerrado en una lámpara, a la espera de una mano cálida que haga brotar una chispita de genio. Pero nada sucede y el reloj hace tic, tac, tic, tac.
Y mi lógica digital dice que todos los tic son tac, o monótona viceversa.

Decido buscar al primer ser que sintió llegar la inspiración y nos dejó a todos con ganas de crear, escribir, cantar o dibujar. Así las cosas, salgo al balcón y caliento mi insomnio con sol. Luego salto y extiendo las alas. Vuelo hacia la ciudad y el rumor del viento, en la velocidad, ensordece mis ojeras.

Y encontré a ese ser. Esa persona culpable de ilusionarnos, que ilumina la calle a su paso. Ese ser que sonríe y regala pepitas de saber.

Al acercarme a su lado, adivinó mi pregunta y, llorando, contestó:

"Siempre voy por la vida buscando maravillas que conocer para alimentarme de ellas, llenar mis momentos vacíos y sentir fuerzas para escribir unas pocas palabras que al menos sean bellas.
¿Podrías tú ayudarme?"