El día 24, en la previa a la llegada del Hijo de Dios, me tocó —por
suerte— trabajar. La ciudad estaba circulable y tranquila. Se percibía ese
ambiente de fiesta y relajación por todas partes.
Cargué mis 50 cajas, 650 kilos en total de mercancía, y salí a
entregarlas. No es que me guste precisamente cuando pesan tanto, y menos
si debo subir algunas por escaleras, tres pisos. Sé que otros lo hacen a
diario con incluso más tonelaje. Al menos recibí una propina de tres
euros, cosa que ya nadie hace, pero que yo agradezco.
Me acerqué a una rotonda y, delante, llevaba desde hacía un rato a un
conductor tranquilo. En la radio explicaban que, debido a los continuos
temporales en la costa gallega —nuestra mejor fuente de excelente
marisco—, el percebe se cotizaba en la lonja a 300 euros y a 400 en la
plaza. Vale, hasta ahí.
Lo que me puso muy alterado fue escuchar la respuesta al periodista cuando
preguntó si la gente lo pagaba a pesar de todo:
—Pues sí, porque dicen los clientes que no les importa pagar un poco más
con tal de que sus familias sean felices.
Tardé unos segundos en procesar, en tomar por cierta la información, pero
la tensión debió subirme por las nubes y el cabreo, por encima de la
bóveda del cielo.
¿Que no pueden ser felices sin los percebes en el plato?
¿Qué clase de tontería es esa?
¿En qué mundo vivo?
¡¡Me cago en todo lo que se menea!!
¡¡Joder, que muchas personas se conformarán con comer cualquier cosa, con
estar juntos y sanos!!
¿Ahora depende la felicidad de lo que haya en un puñetero plato para
cenar?
Maldita sea.
Bueno, al tranquilo conductor que hizo STOP a la entrada de la gran
rotonda, viniendo coches a diez por hora desde el lado opuesto, le hice
escuchar el claxon y luego lo adelanté, un poco airado.
Tuve que hacer un esfuerzo para serenarme y dejar de gritar improperios
dentro del vehículo contra aquella respuesta al periodista.
Si algún día los estudios científicos demuestran que de lo que se come se
cría, no me extrañaría que afirmasen que comer percebe te vuelve un tonto
del culo.
Ya. Mi reacción al volante también merece una crítica.
«Que a mi hija/o no le falte de nada», frase que dicen muchos
pater a sus filiis, servirá para que, por obra del
Spiritus Sancti, se conviertan en auténticos cafres del consumo y
adquieran una filosofía vital de zulúes, con perdón de aquella raza.
Como vendrán San Nicolás, el Esteru con su burru, la Toza, el tió de Nadal
o tronco de Navidad, Papucho Noel, el pandingueiro o el Olentzero, y todos
los demás personajes del mundo, a casa de algunas criaturas y a las casas
de sus tíos y abuelos con regalos, no les faltará de ná. Se harán expertos
en desempaquetar y sacar cosas de sus embalajes, y puede que alguno elija
las cajas para jugar. Los adultos, por su parte, quizá compitan por el
premio a «mi regalo fue el que más le gustó».
Vendrán luego los Reyes Majos de Oriente con más regalos, y todos
quedaremos locos por ver el fin de otras Navidades con la vuelta al cole y
la monótona rutina del día a día.
Mi compañero peludo nos acompañó ayer en la cena de Nochebuena. Ese cambio
en su rutina diaria —estar en otra casa, sin su cuna para descansar y
sentirse seguro—, ese baile de piernas que sin querer le patearon… El
pobre iba de acá para allá, tratando de anticipar cada paso nuestro.
Después, ya sentados y cenando, no paraba de circular entre el salón y la
cocina, nervioso, agitado, pidiendo algo que escapaba a nuestro egoísta
esquema mental, para el que «tan fácil» resulta adaptarse a las cosas
nuevas.
Al fin mi esposa dijo:
—Ay… ya sé lo que quiere. No le hemos puesto un cuenco con agua.
En efecto, bebió como si aquello fuese lo último en agua dentro del
desierto. Nosotros seguimos con lo nuestro y, al poco rato, se sentó en la
puerta del salón mirando a mi esposa, con las orejas agachadas y una
extraña expresión. La siguiente ocasión que fuimos a la cocina lo
comprendimos: había vomitado una plasta marrón de pienso.
Cuánto estrés para él por una celebración.
Pienso en cómo los animales sufren por los cambios en su rutina, en su
medio ambiente.
Al día siguiente tuve diarrea anticipada por terribles dolores de tripa.
Nosotros también somos animales. ¿Unos más que otros? Pues yo, bastante.
Nunca podré comprender a quienes disfrutan estrenando ropa o zapatos. Qué
difícil y desagradable me resulta probar nuevas comidas poniendo a prueba
mi refinada maquinaria digestiva.
Acabo de realizar la sexta visita al retrete. Entre los vapores
característicos del ácido intestinal me suben escalofríos, sofocados por
el dolor de la corrosión en la compuerta automática de evacuación.
¿Serán las doce almejas? ¿Será la escasa harina que espesa el caldo
marinero? ¿Habrán sido los trozos de queso que avisan de alguna nueva
intolerancia? ¿Los nervios?
Hoy me he quedado con mi amigo, el perrito. Todos los demás se han vuelto
a reunir para seguir disfrutando de la familia y de un postre compartido
que hicimos ayer: vasitos de mandarina gelatinada, cubierta con crema de
chocolate, coronados a su vez por un botón de nata.
Dos animales, dos amigos. Tapado y enrollado en mi manta, acude poco a
poco el calor y disfruto de algunas cabezadas en el sofá de casa. Ni
pienso por más momentos en la familia reunida en su dudosa zona de
confort.
Ay Pollicipes pollicipes, dos veces pollicipes.
No tengo tu sabor, pero admiro tu sabiduría.
Sabes cuánto necesitas.
Tú sí que sabes, percebe.