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viernes, 5 de junio de 2020

Seguir al sol

"Las personas son como ventanas de vidrieras. Relucen y brillan cuando sale el sol pero cuando vuelve la oscuridad,  su auténtica belleza solo se muestra si llevan la luz en su interior." Elisabeth Kübler-Ross

Nadie espera que mañana nos falte la luz y el calor del sol.

Mi querida Olivia Newton-John cantaba en Xanadu: «Tienes que creer que somos magia; nada puede interponerse en nuestro camino». Me da igual si por esto, por tener casi todos los vinilos de Barbra Streisand o por tantas otras cosas me llaman mariposa o gay. Es música, y me gusta. Aun así, preferiría ser Lily Collins en Mirror Mirror antes que dudar:

—Espejo, espejito, dime si parezco normal o dibuja, quizá con espuma de mar, un hermano de Afrodita en tu reflejo.

Hace tiempo —no recuerdo cuánto ni cómo— sucedió que mi compañera Locura enfermó y abandonó su habitación en nuestro precioso ático compartido. A veces vuelve de visita. Juega durante un rato a quedarse. Me enseña sus cartas de póquer con una escalera real de tréboles negros y yo le muestro mi mano perdedora: un color de corazones. Miro el reloj para que pare de parir segundos, pares e impares, a la par que sé, con tristeza, que tampoco esta vez se quedará. La veo alejarse: tan guapa ella, tan joven y fresca; tan contagiosa su risa sin fundamento y tan auténtica su cara de sorpresa cuando miro el reloj y digo que ya se marcha. Pero soy yo, el timorato Conejo Blanco, quien corre y se aleja, llegando siempre tarde a la cita con mi reina.

Hace tiempo que no encuentro el camino hacia aquel mundo donde todas las cosas estaban vivas, donde todas eran seres inteligentes; donde todo permanecía encerrado en mi mundo feliz. Cuando volaba contra la voluntad carcelaria de seis paredes ineptas, porque las mariposas desertaban entre sus costillas hacia el esqueleto sensible que vertebraba mi sustancia.

Conociendo el pecado y su carne inflamada, alimenté el hueso con Eva. Pero las manzanas que venden hoy obligan, por su enormidad adulterada, a dejar media para otro rato, envuelta en film plástico de diez micras a base de spinifex. Comer siguiendo el sexto mandamiento del decálogo promueve un amor siempre fecundo; yuxtapuesto al de Moisés en número y contrapuesto en significado por la lujuria.

No comprendo las muescas en la culata con las que, desde el regodeo, algunos cuentan experiencias sexuales con parejas a las que solo conocieron íntimamente. Y «solo íntimamente» suena al triste frío de la mano de la uróloga palpando, aburrida, mis testículos. Suena al plas, plas de un cuerpo contra otro o al automatismo compulsivo e instintivo de animales en celo, envueltos a veces, eso sí, en glamour pijo o encanto choni.

Hace ya tiempo que todo sucede a ritmo de cohete. Antes fuimos escribientes de punzón sobre hojas de caña en las pagodas. Después derramamos nuestras criaturas sobre papel desde gráciles plumas embriagadas en estanques oscuros. Éramos cien mil los contables de manguito y visera. Más tarde fueron solo centenares las secretarias frente a una máquina de escribir Remington n.º 1. Después empezaron los electrones a esculpir letras mecánicas perfectas. Vimos con emoción el brazo del robot ensamblando incansable la secuencia de los adelantos modernos sin detenernos un instante a pensar en tantísimos trabajos perdidos. Solo importaban las cifras: las que suman beneficio. Qué enorme paradoja. Empresas que prefieren a las máquinas, cuando sin personas no serían absolutamente nada.

He visto a dos hombres distintos gastar más de un sueldo en un teléfono móvil y luego acunarlo entre capas de terciopelo para protegerlo, mientras soñaban con el modelo del año siguiente. También he visto a un hombre mimar su coche con cariño y a una mujer ponerle incluso nombre. Hablarle ambos como se habla a un hijo. He visto bailar de felicidad al migrante Hope por pagarle su ayuda con la compra al salir del supermercado. También he recibido un «cabronazo» de un hombre desahuciado, sucio y sin dientes, que, sentado en el suelo, me veía pasar de largo para dejar la compra. Y he visto su sorpresa, seguida de un cálido «gracias», cuando después regresé para entregarle unas monedas. He visto sangrar, en una avenida de abundante tráfico, a una mujer inconsciente tras golpearse brutalmente la cara contra el suelo. Y acudir únicamente un joven con rastas: tirar su patinete, quitarse el fular para limpiar la sangre, apoyar su cabeza sobre él y recibir a cambio insultos por detener la circulación.

Cargo, recluido en el cráneo, un dolor de cabeza que arresta las palabras y embute las frases en un bloque apelmazado de confusión, moho y carcoma.

¡Ven, ibuprofeno, ven! ¡Deserta de las filas del botiquín y fundámonos, venlafaxina, mirtazapina y todos sus secuaces, en una sola fuerza contra la serotonina y la norepinefrina! ¡Repleta, ibupro, mis entretelas y dame alas antipiréticas, nada inflamatorias! ¡Cúbreme de una analgesia plácida para los ventriculazos aórticos que lanza este corazón inmisericorde!

Con todo lo que llevo visto, sigo siendo como esa fina hoja de lata prendida con fuerza al corazón de una Dorothy que disimula su dolor sobre unos zapatos gastados por el cemento y la grava; perdida y sola en un camino de Oz sin magos, pero colmado de brujas que desprecian su esfuerzo y lo pagan con dinero en brea.

¿Falta valor para abandonar esta senda o hace falta, precisamente, para seguir caminándola?

Y otra vez me pregunto:

¿Soy este que veo?
¿Es este mi cuerpo?

Incontestables, eternas preguntas.

Nuestra estrella volverá a salir mañana para todos y habrá una nueva oportunidad de arrancar las páginas más pesadas del tomo que cargamos al lomo. De mirar, por fin, aquello que jamás podremos comprender desde el otro lado de una vidriera iluminada por la antigua luz de siempre.

Aprendamos de aquella otra Lily Collins siguiendo al sol en “To the bone”:



                  Follow the sun - Caroline Pennell - To the bone              

Sigue, sigue al sol y la dirección en que sople el viento, 
cuando este día termine.

Respira, respira el aire. Márcate un propósito.
Sueña con cuidado.

Mañana es un nuevo día para todos.
Una luna nueva y un nuevo sol.

Así que sigue, sigue al sol, la dirección de los pájaros,
la dirección del amor.

Respira, respira el aire. Aprecia este momento.
Aprecia este aliento.

Mañana es un nuevo día para todos.
Una luna nueva, un nuevo sol.

Cuando sientas que la vida se te viene encima
como una pesada carga.

Cuando sientas que esta sociedad loca
solo añade más tensión, date un paseo hasta la orilla
más cercana del agua, recuerda cuál es tu sitio.

Demasiadas lunas han salido
y se han puesto mucho antes de que vinieras.

Entonces, ¿hacia dónde sopla el viento?
¿Qué dice tu corazón? 

Así que sigue, sigue al sol y
la dirección en que sople el viento,
cuando este día termine ...

sábado, 16 de mayo de 2020

Dr. Jekyll e Mr. Hide


Relato de un suceso en septiembre, 11 añitos atrás:

3 de septiembre de 2.009

Se me queda mirando.

Yo no estoy en la consulta, suelo marcharme adentro, donde no tengo cuarenta y tantos años.

Mi cuerpo está nervioso y suda, pero espero que no se note.

El señor endocrino me pide que me quite el jersey, de cuello alto. Le he dicho a mi cuerpo que tenía que quitarse toda la ropa pero, aturdido, no acierta a sacarse la camiseta que lleva debajo.

La mujer que me acompaña (confío en ella ciegamente) me ha dicho algo.

Entiendo, desde aquí dentro (donde me siento seguro, aunque apartado y algo asustado) por sus gestos que algo estoy haciendo mal.

Como en ecos rebobino y escucho de nuevo la voz del médico cuando pidió que me quitara el jersey así que me quedo allí de pie a la espera.

Se acerca a mi cuerpo.

Es un hombre alto y serio (dejo que haga lo que sea, no hay otra opción).

N. del A: Mientras he estado escribiendo esto, han comenzado algunos temblores. Es Mr.Hide, que quiere decir algo, pero no es su turno. Prosigo.

Me ha puesto las manos en el cuello:

-¿Ese hombre va a estrangular mi cuerpo de hombre?

-(¿has dicho hombre? Eso no es un cuello masculino

-Que no, que va a palpar el tiroides. 

-“Trague usted saliva” .- Aprieta el muy cerdo

- (duele poco, es así, no quejarse

-“Vuelva a tragar” 

-(duele, no quejarse, los hombres no se quejan)

-“Otra vez … quizá le duela un poco

- (no digas nada, mira que te pones tonto)

- “Bien, ya se puede vestir” 

Eso está mejor, ahí estoy rápido, a la primera he entendido y mi cuerpo obedece.

Ha vuelto a su silla. En su consulta sólo hay una mesa, tres sillas, un armario, una estrecha cama de esas negras cubierta con papel higiénico, una báscula antediluviana y papel y bolígrafo Pilot negro de tinta líquida. 

Escribe (se escribe suave). Tiene una letra pulcra y perfectamente legible. Es un hombre tranquilo.

-“Usted tiene hipotiroidismo. Deberá tomar una pastilla para compensar su déficit  tiroideo el resto de su vida.” .- Se me queda mirando.

Yo no estoy en la consulta, otra vez me he marchado adentro.

La mujer también me mira por un momento. El doctor decide pasar de mí y habla con ella, que ha preguntado algo. Hay que regular la dosis. No tiene mucha importancia, mucha gente tiene esto del Hashimoto. (tantos japoneses, tantas personas, no pasa nada

Se me queda mirando otra vez. Creo que dijo algo que debía causar una reacción en mí. Ahora el que se aturde es él, que habla con la bella e inteligente mujer que me acompaña. 

Ya me puedo ir. Sonrío y digo adiós educadamente 

-(hay que ser educado, pregúntale si cierras la puerta al salir)  ¿Cierro?

-“No, déjela usted abierta, gracias” 

-(eso es, he quedado bien). 

Mi esposa espera para estar en el pasillo antes de decir:

-“¿Qué te pasa hijo? Me pone negra que te quedes ahí callado cuando te preguntan… ¿No ves que pareces tonto?” 

No entiendo a qué viene esto… si me he comportado correctísimamente 

-(mentira, sí que lo sabes). 

Mi esposa se disgusta. 

Tiene razón, no me he enterado de nada. Yo no quiero que me acompañe, pero se empeña porque sabe que no me entero de nada. Que me pongo “catatónico” como ella dice.

Notas 28 sept. 2020:

Ya está no da para más el relato. Solo añadir que en el transcurso de nuestras revisiones endocrinas descubrieron el origen de esos temblores. Algo sobre un simpático tumor que estuvo cerca de liquidarme con sus efectos secundarios pero que amables me quitaron rajándome de lado a lado el vientre y tirando alguna cosa pocha más que encontraron por el camino como hicieran con Braveheart. Solo que William Wallace fue antes ahorcado a medias, torturado y luego emasculado, eviscerado y por fin decapitado tras gritar ¡ LIBERTAD! al público asistente. No entiendo cómo puede alguien presenciar ejecuciones y torturas en persona para luego continuar con su vida. 

Qué torpe soy hasta para eso. Desangrar un cerdo, matar una vaca, despellejar un conejo, desplumar una gallina deben ser la versión ligera del mismo crimen ... sería vegetariano si tuvieran que ser mis manos. Bueno, algo de asesino si llevo. Aunque con mucho asco, extermino moscas. Debo corregir todo esto.

jueves, 30 de abril de 2020

Paco&Emi. El muradal.


Para Paco, su compañera es un enigma. La mira cuando comen, una frente al otro y no puede dejar de mirarla. Ella lo sabe pero espera. Hasta que se cansa.

—¿Qué me miras tanto?

—Es que ... estaba pensando lo poco aprovechada que estás
—dice desviando la mirada a los fideos mientras retira charcos de grasa por el contorno del plato.

¿Queeeé?

—Que tuviste mala suerte, si hubieras podido tener un trabajo donde tus capacidades se hubieran podido hacer valer ...

—A qué te refieres.

—A tu memoria.

—Bah, eso no vale para nada.

—No es verdad. Que tú sepas mejor que yo los nombres y las caras de los vecinos del edificio donde mis padres o por ej

—Eso es porque en vuestra casa nunca ponéis atención cuando hablan los demás. Solo estáis a vuestro tema y nunca escuchando
—antes de responder, retira la banderilla que acaban de clavarle.

—No, no. Es ... algo más. Es que te acuerdas desde pequeña de todas las personas de tu pueblo ... de todo lo que hacía cada uno, de cómo se comportaban, sus nombres, las relaciones entre unos y otros ...

—Hijo, cómo no me voy a acordar, si no éramos más que unos cuantinines. Tú es que eres un desmemoriado
Paco se queda pensando. "Sí, tengo memoria para algunas cosas. Para otras no."

Las cucharadas de la sopa de cocido le saben a gloria pero una falta de habilidad o un exceso de ganas le hacen sentir maleducado, torpe y más basto que un cordón de esparto. Se limpia la escurrindanga de la barbilla y en la siguiente cucharada tira alguna gota en el mantel. No tiene remedio, piensa también.

Le gusta escuchar a "su chica" rememorando cosas del pasado. Vuelve a preguntarle por la época de niña, cuando jugaba en el vertedero.

—Muradal, no vertedero. Nos llamaban guarras, ¡ja, ja, ja! ... En el pueblo había varios sitios de estos donde la gente tiraba las cosas, basuras. Había incluso una, la Eloína, que cogía el cubo y lo volcaba al otro lado de una valla de su parcela, tal cual.

—Pues vaya cerda. Se le acumularía ahí una peste ...

—Hombre, antes no se generaba tanta basura como ahora. Era diferente. Nosotros por ejemplo la llevábamos a la alameda.

—Menudo sitio también, al lado del arroyo.

—No era en la parte que tú conoces. A ver, y no íbamos allí a jugar. Ya te lo he explicado otras veces. Solo íbamos a coger cosas para nuestra casita. Imagínate unas niñas todo el verano. Con algo nos teníamos que entretener. Hacíamos una casita y cada una nos poníamos en un lado. Una en el salón otra en la cocina ... y ahí lo poníamos todo. Hablábamos, hacíamos como que fumábamos, todas tontitas ... ya ves tú.

—Mis hermanas también lo hacían.

—Luego, cuando venía el hijo de Eutimio, Fernandito, nos tiraba todo al suelo. Era chiquitajo y rechoncho y se reía como un loco. Pero sus padres le reían las gracias. Y sus tíos, Miguel y Manuel. Cuando alguna gritaba "¡Que viene Fernanditooooo!" ya sabíamos que la casita iba toda al suelo. Vaya muchacho más idiota. Sólo hacía que gamberradas por todas partes. Fíjate que ningún chico del pueblo nos hizo nunca algo así.

—Pero eso de coger cosas de la basuraaaa ...

—Bah, pues igual que lo de cagar en las tenás. Como no has vivido en un pueblo no tienes ni idea.


Tenada en Villa Veses, Segovia. 

A Paco le resulta difícil acertar imaginando la supuesta "tená". Dibuja en su mente  tres paredes de piedra en torno a un cuadrado de un metro por un metro, le coloca un techo de uralita y una puerta hecha de tablas. Lo más parecido a un retrete antiguo de tasca inmunda. Y le surgen dudas con la puerta.

—¿Cómo era la puerta? ¿Tendría cerrojo, no?

—Ni puerta ni nada, si te he dicho que era una tená.

—¿Y qué es una tená?

—Pues un cacho caseta con una miaja de techo.

—¡¡ Entonces cualquiera te podría ver cagando !!.

—Si, claro, esas ganas teníamos de ver cargar a nadie. Menudo plato de gusto. Cuando el que fuera sentía acercarse a alguien decía "QUE ESTOY YOOO" y listo
—hace una pausa y ríeJe, je. Ya te conté cómo iba mi hermano a tirarle piedras al tejadillo cuando iba a cagar Remigia, la profesora. Y luego le castigaba. Sabía que era él.

—Así no le saldría el chorizo a la pobre. Pero habría un agujero donde echarlo ¿no?

—Buéh, qué dices. Ni agujero ni na. Y de pobre nada, que menuda cabrona era. Tenía muy mala idea y bastaba que yo no quisiera leer en voz alta para que me obligara. Pronunciaba T en vez de Q
—pone cara de asco y tono irónico y malicioso de burla mientras repite: "A ver como lee Emi con su lengua de trapo."

—Pero si no había agujero entonces ... ¿lo hacíais uno encima de otro?

—No hombre, no. Cada vez te buscabas un lado. La tenás no son tan pequeñas. - Paco ahora ya imagina una portería de fútbol hecha con tres paredes y un techo. Luego se enterará que la palabra correcta es tenada. "Reminiscencia de las antiguas cabañas prehistóricas donde se cobijaban los carros y algunas bestias y que solían emplazarse a la salida del pueblo". Emi aprovecha el espacio en blanco de Paco para salir del asunto de la mierda que parece interesarle tanto y volver sobre los juegos con sus amigas.


Gitanilla - Pelargonium Petatum

—Me acuerdo que en la casita pusimos un esqueje en un tiesto y nos creció una gitanilla muy mona.  Estábamos todas ilusionadas con ella pero un día desapareció. Al poco supimos quién fue porque Juanita, (una de sus amigas de la casita) que iba invitada a la piscina del señorito,  vio en la casa de la guardesa nuestra maceta con la gitanilla. Ya ves. Una tiparraca que tenía un montón de tiestos y se lo roba a unas niñas.

—Habérsela quitado. O le hubierais roto con piedras los cristales.

—Qué bobadas dices. No. No podíamos entrar allí. Menudos perros lobos negros con los ojos amarillos tenían. Además esa señora, la Filomena, era tan imbécil que le parecía mal que tuviéramos la casa  cerca del corral de sus gallinas. Ya me dirás unas simples piedras colocadas por el suelo. Mi madre fue la única en enfrentarse con ella. "¿Pero a tí qué te molestan ahí las cosas de las niñas?" le dijo.

—¿Y qué cosas cogíais de la basura?

—Pues ... los botes de laca de la madre de Carmen 
otra de las amigas o los frascos de perfume de la madre de Juanita—de pronto hace un gesto como de echar aguale tiraba el perfume poco a poco para coger el frasco cuando se terminara y llevarlo cuanto antes a la casita. Si se llega a enterar su madre ...

—Pero todo esto ... porque erais pobres, ¿no? Nosotros también éramos pobres al principio.

—Tú no sabes lo que es ser pobre.

—Bueno, mujer ... no te creas. Nosotros éramos pobres de ciudad que, si lo miras bien, teníamos menos que los de campo.

—Te recuerdo que tu madre siempre tuvo quien la ayudara en casa.

—Bueno, siempre no. Te hablo de al principio.

—Además, lo de pobre suena triste y yo lo recuerdo como una época muy feliz, hasta los 6 años. Lo que no sé es cómo no nos matamos alguna.

—¿Por?

—Pues porque hacíamos muchas burradas. Íbamos por la carretera haciendo la cabra. En invierno patinábamos en las charcas, vamos, para romperse el hielo y ... luego en verano íbamos con una cámara de neumático como flotador. Y aquello no era agua con cloro como la vuestra de la piscina, desde luego, parecía negra. Se removía el lodo y no se veía el fondo. Tenía que haber una de bichos ... en fin.



Emi fue una niña feliz. Al menos hasta los 6, cuando las cosas empezaron a torcerse y llegaron las primeras tareas impuestas. A sus hermanas las enviaron a servir con 12 años y aunque la necesidad no obligara a sus padres a hacer lo mismo con ella, no se libraría de realizar muchas otras tareas.

Cuando salía de casa iba con sus amigas y estaba mucho tiempo, no en la calle como hubiera podido hacer Paco si hubiera querido, sino en el campo. No rodeada de edificios y más edificios sino de enormes extensiones de campo y árboles que pretendían colonizar el cielo y pintarlo con los tonos verdes y amarillos secos, clásicos de los veranos en Castilla. Con enormes rocas redondeadas de incomprensible naturaleza formando atalaya en medio de ningún lugar para ser motivo de juegos infantiles inventados hasta el atardecer.

Crías rodeadas de insectos a los que conocer y respetar sin sentir un miedo innecesario. Chavalas que aprendieron  los nombres de todas las flores que vieron alguna vez por allí. Que recibían sorprendidas el regalo de una doronsilla dejándose ver para desaparecer un instante después. Así llama ella a las simpáticas y nerviosas comadrejas. Porque "su" Emi tiene un juego de nombres alternativos y una segunda mirada donde él se pierde y no la puede alcanzar.  Y una vara recta, flexible y dura para hacer espabilar tantas ocasiones a un Paco despistado que conoció una realidad tan diferente en el barro de las calles sin asfaltar de su ciudad. En los juegos sociales violentos y físicos de tal cantidad de niños que ninguno serviría como verdadera amistad.

domingo, 5 de abril de 2020

Una tumba demasiado profunda


Estaba sentado sobre el hoyo, esperando como siempre. Parecerá quizá que abundo en estos asuntos pero es lo que sucede cada día a cada persona, con suerte. Cerré los ojos y los mantuve cerrados con los dedos pulgar e índice a la vez que apoyaba en ellos la cabeza.

Entonces la vi. Era una calavera formada por muchos puntos luminosos. Más nítida. Demasiado presente como para decir que yo había unido los puntos. Cuando quise formar un recuerdo con ella comenzó a alejarse dejándome solo una sonrisa socarrona. Luego sonó en mi cabeza la canción del sacerdote Kane en Polstergeist 2: "Dios estáen su sagraaaado tem-plooo, li-branoooos de la iniquidaaad.", o sea maldad, gran injusticia.

Habitamos miles de billones de seres vivos el planeta. A veces comparan los humanos a sus semejantes con vegetales porque no reaccionan como los demás. Cuanto más perdidos los primates en su ilusorio material de vanidades y prejuicios, mayor su iniquidad. Un mundo gobernado por seres comportándose como langostas cada día durante mil años: devorando la vida bajo el agua y aniquilándola sobre la tierra hasta dejar nada, consumiendo sus recursos abrasándolos, despedazando su superficie en lo que dura un fragmento mínimo del tiempo total del planeta. Matándonos unos a otros. Ahí se me cruzó la neurona con una antigua película que había visto en mi juventud.

En la película "Quatermass y la tumba", acometían las obras para el metro de Londres cuando encuentran una nave espacial. Datan su antiguedad en unos 5 millones de años, cuando los primeros homínidos. Su protagonista formula la teoría de que estos alienígenas vinieron para preservar su raza de la extinción pero encontraron una gravedad y atmosfera no compatibles. Aún así habrían sido capaces de modificar genéticamente a esos homínidos de entonces, dotándolos de inteligencia pero conservando en su mente los vestigios de esa conciencia extraterrestre. Al abrir la nave etc, despierta ese subconsciente larvario que los convierte en una horda similar a langostas y la maldad se desparrama al rededor entre visiones primitivas y poderes telequinéticos ocultos.

Estrenada en 1967 en cines, encontré la película y la puse por la noche. Excepto por los efectos especiales y algunas representaciones exageradas que producen mucha risa, mantiene un buen nivel de calidad. Podreís creerlo o no, pero casi se me hiela la sangre al pulsar "Play" y salir la foto que encabeza este post con una calavera estilo a la que vi en puntitos brillantes.

En el minuto 46:50, pregunta Quatermass al antropólogo: 
-Roney, si nuestro planeta estuviera condenado a destruirse debido a ciertos cambios climatológicos, ¿qué cree usted que haríamos?
-Nada. Seguiríamos discutiendo y peleándonos.

Los de 1967 ya eran datos climáticos preocupantes. Greta Thunberg no nos descubre nada que no sepamos pero insiste mucho, con razón, para que lo tengamos en cuenta. Los humanos nos erigimos como únicos gobernantes supremos de la tierra. Avalados por nuestras colmenas sociales, apretados los unos junto a los otros, amando y despreciando con pasmosa idéntica facilidad, ahorrando un preciado litro de agua a la par que consumiendo el planeta en su conjunto y explotando o arrasando las demás formas de vida.

Es entonces cuando un diminuto ser, muerto mientras descansa y vivo cuando trabaja, con su juego de herramientas para la supervivencia va tomando uno a uno, cientos a cientos, miles a miles, millones a millones de esos primates y los diezma. Consigue mantenerlos vagamente inmóviles hacinados en sus hormigueros y sin buscarlo paraliza también sus artificiales medios de supervivencia. Unos medios nunca cuestionados y basados en relaciones e intercambios de trabajo con consecuencias que nunca se molestaron en analizar para prever. Miles de especies extinguidas antes de descubrir sus secretos, atesorados durante una evolución de millones de años. Hasta que el acto de nuestra presencia queda resumida en esta frase de Atila:

"Soy el martillo del mundo: donde mi caballo pisa, no crece la hierba."

Así pues, ha llegado la hora de las aves. De los jardines salvajes en crecimiento sin control que amenazan vida propia. Los pájaros reclaman nuestras calles en propiedad. Jabalíes y cabras se animan en familia a recorrerlas por poblaciones casi fantasmagóricas. Bajo la claridad de un cielo de pureza ya olvidada es la vegetación la que aprovecha nuestros votos de clausura para incrustar sus raices en las aceras y desarrollarse con garbo, crecidas ante la evidencia de nuestros miedos. 

Hoy es el día de amar océanos, ríos y mares o morir. Un tsunami universal de amor basado en el respeto que alcance con suficiente fuerza a todos los demás seres que los habitan. Con un amor ciego que trascienda el ego sintético de la propia supervivencia. Porque si no logramos comprender que su vida peligra por nuestros actos, deberemos cavar una tumba bien honda por la inseparable ignorancia que lleva ligada nuestra supremacía especista.