Un diario de Ana. El hombre que vivía con Ana. Recuerdos de mis años con
Ana. Ana y macho man.
Todos son el mismo título.
En muchos sitios web hay un espacio para mujeres que han vivido un
trastorno alimenticio y quieren contar su historia.
Mi historia nunca ha sido bien recibida. Recidiva. De eso se trata: de
que no repitas. Y solo estarán a favor de publicar tu historia si es
idéntica a las otras ya publicadas. Solo se admiten historias de corte
“happy ending”, tono rosado y superación sin referencias a la cabrona
realidad. No vaya a ser que quien las lea recidive, caiga como nueva o más
hondo, porque todo el mundo sabe que hay gente recuperada, pero también
muerta y muriendo de esta enfermedad mental.
Yo publico mis propias neurosis. Quizá sea baneado. De la anglo-palabra
BAN, suena moderno:
ban [bæn] 1 n prohibición | 2 vtr (no permitir) prohibir (persona)
excluir [from, de]; (de una profesión) inhabilitar.
© Espasa Calpe, S.A.
Decimos banear teniendo prohibir, excluir. Lo que suena es idiota. Estoy
hasta los pinche huevos de idioteces, de medias tintas, de según qué cosas
valen y cuáles superan la dosis máxima de objetividad para convertirse en
desorden a rehuir.
Soy un macho cabrío, pelo de oso, quijada cuadrada a lo Buzz Lightyear
(¡¡Año-luz!!), músculos hasta en los párpados, cadera estrecha, hombros
anchos, voz profunda y ronca, ojos azules y 1,95 de altura, peso… no. Nada
de eso.
Veamos. Unos días cualesquiera, un pasado no tan lejano.
Me despierto cansado, 6 de la mañana. Pienso en la muerte.
Eso se convierte en rutina. En ardiente y doloroso fuego rutinario
abrasando lo que queda de cerebro. Las rutinas ayudan a soportar la vida;
sin ellas, el caos.
Me levanto cuando corresponde. Meo ese oscuro y fétido pis matutino. El
agua no hace ganar peso. Expulsar agua mezclada con otro material significa
adelgazar. Algo positivo entre todo esto. Meo cansado, sentado, y
esperando la última gota veo mis piernas enormes, anchas, gruesas como
nunca las había visto. El corazón me palpita a 160. No puede ser. ¿Veo
visiones? ¿Estoy perdiendo la chaveta? Rodeo el muslo con las manos,
lleno de grasa fofa. Argg.
Pesar. Cuanto mayor es el rango del objeto a pesar, menor es la exactitud de
la máquina. De 100 g en 100 g la mía.
Hoy peso 57 kg con 300 g.
Dicen que mi cara da asco verla. Una cara seria de "normal" la ven
ahora más alargada, ausente, comprimida, mohína.
Los 100 g arriba son un suspenso en el colegio. Una bronca, una mierda,
un error. Algo mal hecho mientras te preguntas... ¿qué ?
Sentir los huesos, placer: la piel sobre ellos, ausencia de grasa... eso
si que es... el dominio de mi cuerpo. No controlo una puta mierda en mi
vida pero, para bien o mal, eso si. Para mal.
Tengo dolor en los testes y lo alivio desganado, en sexo conmigo mismo
¿Adelgazará eso también? No conozco el peso de los residuos en la orina ni
el de los espermatozoides en salsa tártara, pero entre poco e ínfimo a
buen seguro. Repugnante, ya lo advertí.
Ejercicio. Flexiones, tablas de ejercicio originales, diseño Fermín. Ni
puñetera idea de cuál será óptimo para quemar grasa, no voy a correr.
Cardio no. Buscar escondite para hacer ejercicio debe bastar para intuir
que necesitas ayuda, pero no.
Trabajo. Hago mi trabajo. Entrego los productos siempre subiendo y
bajando las escaleras de todos los edificios. Me mareo. Sudor frío.
Temblores. Visión doble. O triple, porque ya veo hasta por el ojo del
culo. Alimentarme quita el mareo. Qué desgracia la mía.
Farmacia 1. Siempre la misma con la misma báscula. Peso un poco menos. La
farmacéutica me mira como a tostón rehogado en locuras. 25 céntimos cada
pesadilla.
Farmacia 2. ¿Puede usted medirme la glucosa? Por más de 1 € tengo
40 mg/dL. Acabo de tomar unas gominolas. ¿Influye eso? Qué caro sale
aprender.
El cinturón quiere darme la vuelta, lo taladro. El pantalón hace arrugas
en la cintura si lo aprieto y cae a mis pies de lo contrario. Me compran
tallas de menos. La 40, ¿luego la 36…? Debo disimular brazos y piernas con
ropa suelta. No sé comprarla, no quiero comprar ropa, un suplicio más que
aplico a mi esposa.
Subo y bajo las escaleras. Sí, otra vez, pero más. En todas partes las
hay y siempre contemplo la opción de suicidio si hay hueco o barandilla
que saltar. No se trata de eso. Adelgazar es la misión. Lo otro llegará
por sí mismo. Debería notar que algo no anda bien en la cocorota, pero
no.
Recoger a la niña. Salgo de la furgoneta. Me mareo. Sudor frío,
temblores, visión doble. Mucha gente. Mucho sol. Mucho ruido. Agobio.
Mucho agobio. Escapar. Cruzar la carretera y pasar a las sombras de
enfrente… ¡¡¡ZUUUUUM!!!… una furgoneta a 70 por hora pasa a 2
centímetros de mí. Zarandeado por el viento, sin tiempo para sentir el
susto de lo que pudo suceder. Aplastado. Imagino el barullo si hubiera
salido un segundo antes, sin mirar. Gente alrededor de mi cuerpo
reventado. Mi hija buscando a su padre. Encontrándolo
moribundo.
Imagina. Siempre imagina.
Imaginar podría salvarte esa vida que no sabes apreciar ni disfrutar.
Siendo adolescente me salvó imaginar la sangre salpicándolo todo,
antes de cortar por lo insano, escandalosa. Me vi caer mareado, frío
contra cálidos pulsos de sangre espesa por los baldosines. Una
película más. Los ojos reventados de llorar y odiar a mi padre porque
me llamó loco. Y me pegó, sí, pero se cansó demasiado pronto (!)
viendo que aceptaba sumiso los golpes con la cabeza agachada y
prefirió matarme borrando el rastro de autoestima restante al
rebautizarme gritando mi verdadero nombre: "loco de remate".
Nada nuevo salvo que ahora sabía que era verdad, repitiendo loco, loco,
loco hasta llenar el tanque. El dolor fue insoportable y,
desesperado, llegas a veces hasta el suicidio. Pero la intensidad vital de
la adolescencia no alcanzó para anular la imaginación y abrir
venas. Lástima.
Pensándolo mejor no sé si lo que hice fue imaginar o la costumbre de
intentar anticiparlo todo. De buscar todas las posibilidades y cada
posible problema, todo cuanto pueda salir mal. Una costumbre que no aplico
de forma lógica. Loco.
Vuelvo sediento a casa, ¿derecho a la jarra del agua...? no. Antes cierro
la puerta del baño en plan “báscula, tú y yo tenemos algo pendiente”.
Fuera toda la ropa: calzoncillos, reloj, calcetines, una gota de saliva,
todo lo susceptible de sumar un gramo. Esa milésima del kilo marca la
diferencia digital entre 100 de más o menos. Luego puedo saciar la sed.
Debería saber que estoy muy mal si controlo mi peso siete veces el mismo
día, pero no.
Pasan los meses. Algún día vomito lo devorado, repulsivo, fuego en la
garganta, pestilencia, restos de amalgama en los sanitarios.
El especialista jefe de endocrinología me amenaza con tres días de ayuno
vigilado si continúo diciendo que mis glucemias son hipoglucemias. Me río
por dentro. Todo el mundo ríe. El de cabecera también y se negó a recetar
un glucómetro: “usa el de tu madre o tu suegra”. Esto no tiene maldita la
gracia.
Hoy peso 52. Al entrar en el hospital pesaba más. Unos 54, creo. La
operación de páncreas fue un éxito: adiós insulinoma, chao glucemias de 22
mg/dL en rango mortal. Si todos los caminos conducen a Roma, los de la
vida conducen a la muerte todos.
Conseguí reemplazar la incontrolable espiral de emociones de mi
equivocado autodiagnóstico mental bajo un trastorno alimenticio que pudo
costarme la vida en combinación con un tumor endocrino. A ratos sofocaba
los sudores de la muerte con violentas agresiones físicas sobre los
despojos del ya maltrecho esqueleto.
De esta guisa conocí a quien sería mi psiquiatra. El tipo estaba
dispuesto a ingresarme incluso contra mi voluntad. Fue él quien me inició
en las drogas. Con ellas me calmé de a pocos. Me robaron la parte
obsesiva. Tanto tirarme en cara mi larga vida de éxitos para terminar
recetando venlafaxina de por vida y visitas continuadas a salud
mental.
TIP: no se retiren ustedes mismos esos medicamentos y acudan a su área de
salud mental cuando reciban el alta, si se lo recomiendan. Quiero dejar
esto claro.
Ya peso 64 y la grasa campa a sus anchas. Puedo echar al coleto lo que
me apetece. Siempre me gustaron mucho dulces y cosas ricas, igual que al
resto. Tengo tiempo para otras cosas y no vivo dentro de aquella insana
obsesión. No tengo ni pajolera idea de cómo pude caer a plomo en
ella.
La vida me castiga de nuevo por odiarme a nivel celular y me regala
varias enfermedades autoinmunes. La celiaquía reduce mi dieta. Y falta
descubrir qué son esos dolores en todo el cuerpo. Por qué se me duermen,
queman y duelen las extremidades, el cuello, la espalda… será otro
castigo por las autolesiones.
No publiquen esto en ninguna parte. No doy mi permiso, mira tú por
donde.