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lunes, 21 de octubre de 2019

Peces en la bañera

"El crecimiento es dolor. El cambio es dolor. Pero nada es tan doloroso como permanecer atascado donde no perteneces." N. R. Narayana Murthy
Gosia Kulik - mujer tumbada en la bañera soñando con peces

Hasta donde soy capaz de recordar, la estupidez masculina obliga (¿obligaba?) a, por lo menos, gustar de alguna de estas cosas:

  • Pescar, cazar y manejar los aparatos correspondientes. Ser aventurero.
  • Guerras, soldados y manejar sus armas. Ser valiente.
  • Deportes, fútbol y gimnasios. Ser fuerte e independiente.
  • Coches, motos, barcos o aviones y manejarlos. Ser un manitas.

De pequeño no había en mi vida otra cosa más importante que los coches. Coches en fila india, coches por tamaño, por belleza, por nuevos o viejos, por amortiguadores saltarines o duros, por su capacidad de recorrer más distancia o de volcar a los otros en un choque. Pero no se espera este tipo de gusto por los coches. Yo deseaba ser mecánico como quiere ser biólogo el amante de los animales, pero en cuanto acompañé a mi padre y conocí a mi primer mecánico, de manos ennegrecidas, en un garaje subterráneo, oscuro y con fuertes olores (no muy agradables), me cambié a los animales.

Me repito como el ajo, y no me gusta nada el ajo.

Pescar. Este es el motivo de la entrada.

Los fines de semana teníamos la suerte de salir al campo y, en algunas ocasiones, íbamos cerca del río. En la orilla había piedras grises y algunas, las más lisas y planas, lanzadas con pericia podían rebotar sobre el agua. Como había una caña de pescar en casa, me invitaron a probar con ella. De entrada no me apetecía. Empezar ensartando un gusano en el anzuelo es un comienzo realmente repugnante. Sale un líquido que... asquito.

Yo estas cosas entiendo que quieran probarlas en uno. Como el día que acudí, siendo nene, con mi padre a un campo de fútbol compuesto por unos señores muy mayores con su pelota y muchos otros sentados en unos escalones que yo llamaba «de piedra», helados como témpanos. Mi padre chupaba un puro y gritaba, vaya usted a saber por qué. Algo así como el aburrimiento empedernido.

No os hago esperar más: no se volvió a ver mi careto en aquel antro de cavernícolas recalcitrantes. Ambos grupos quedamos a gusto: el que formábamos yo y mis circunstancias y el que aglutina a los futboleros de la piedra, porque jugarlo es diferente.

Y uno es inocente, pero no tonto. Si no consiguen encaminar a su hijo hacia hombre o «machote» con el balompié ni los coches, prueban otra cosa. Lo entiendo porque, igual que a mí no me gustan los cambios, supongo que hay cosas que nunca cambian. Eso no quiere decir que no deban. Volvamos al tajo, que pierdo el hilo de pescar.

Cuando el pez de turno quiso, pobrecito, saciar su hambre, tragó cebo en gancho. Dicen de las salchichas que «carne en calceta, que la coma el que la meta», pero debían probar bocata de tortilla con anzuelo muchos pescadores. Debo decir que los anzuelos los carga el diablo, porque gracias a mi torpeza disfruté de uno clavado. Y lo que no quieras para tiiii...

El caso es que la caña se dobló. Qué agobio, Dios mío. Apretaba aquella barra con hilos lo mejor que podía. Nadie podía creerse que el niño hubiera pescado en su primera vez tan rápido. Qué algarabía. Qué cúmulo de emociones incomprensibles. La caña haciendo forma de U invertida. Mis manos fundidas a la barra.

¿¡Qué era lo que había pescado que no podía con ello la caña!?

Mi hermano se ofreció para sacar el pez del agua, en vista de que yo solo sujetaba aquel palo de plástico, desmontable, por cierto, en dos partes.

Sí que me gustaba lo del carrete. Podía pasar buen rato haciéndolo sonar mientras algún mecanismo hacía subir y bajar la parte central. En casa jugaba con el carrete y lo observaba subiendo y bajando.

Clic, clic, clic...

Me dijeron que, en lugar de ir hacia el agua, fuera en dirección contraria porque ya mis zapatillas empezaban a mojarse. No sé, una locura.

Cuando por fin apareció el pez saltando sobre las piedras, dijeron que no valía para comerlo (un alivio) y no recuerdo más porque inmediatamente pasé de la pesca y fui en busca de otro entretenimiento más acorde con mis gustos. Digamos que construir una presa. Pequeña. Muy pequeña.

Lo que sucedió después en torno a la pesca no lo entiendo demasiado bien. El caso es que llegamos a casa con los peces. Eran del tamaño de sardinas grandes y algo oscuros. ¿Sería la boga del Duero?

Como cualquier ser vivo, eran preciosos. Yo no podía dejarlos solos en sus últimos momentos, agonizando, y cuando nadie se enteraba me los llevé y eché agua en la bañera. Los metí allí y poco a poco se recuperaron.

Aquello me hizo mucha ilusión. Devolver la vida a otro ser, salvarlo de una muerte segura, nos hace más humanos, ¿a que sí? ¡Qué bonitos mis peces!

Ya. Claro. Aquello pronto se convertiría en un problema. Todos sabían de mi amor por los animales y no querían hacerme cabrear. La bañera hacía falta para lavarse, pero sobre mi tumba habría de ser.

¡Qué poderoso fui yo! Leches, ya no me acordaba cuánto luché ese día por aquellos peces. Nadie pudo bañarse aquel domingo. Así me llamaban «cabezón». No había forma de hacerme cambiar de opinión.

Cuando el lunes siguiente volvía del colegio a mediodía, fui a ver a mis queridos pececillos.

No estaban.

Corrí, asustado, a preguntarle a mi madre qué había pasado.

Me contó que, tratando de cambiarles el agua por otra más limpia, se escaparon por el desagüe y fueron de nuevo al río.

¿He dicho que no soy tonto? Pues eso. Además, desconfiado. Conocía a la perfección el tamaño, la redondez, la hondura y la hediondez del sumidero y su rejilla estrellada. Imposible que hubieran escapado por ahí.

¡MENTIRA! ¡NO CABEN!

Pasados los nervios del momento llegó la siguiente explicación, más creíble. Había cambiado los peces al fregadero de la cocina mientras limpiaba la bañera. Y el fregadero no lo controlaba.

Me fui solo a mi habitación tratando de comprender, entre consulta y consulta al gran fichero del mundo animal, el insólito viaje de regreso al río. No me terminaba de convencer el asunto y me sentía mal, entre estafado e idiota, diría ahora.

Todas las fichas me sabían a poco. A fotos de animales preciosos que no podían consolarme. Los clasificamos según su hábitat, su modo de reproducirse, su alimentación, su sangre, su esqueleto..., pero no sabemos clasificar las emociones, los afectos y sus efectos, las mentiras y sus engaños, los dolores más discretos ni los que provocan más daños.

Basta de rimas gilipollas.

Llegó el momento de comer aquel lunes de estiércol.

Acudí a la llamada de la madre que alimenta a sus polluelos.

Me senté en mi sitio de la mesa, rodeado de seres que parecían como yo, de genética y edad equivalentes, a los que la vida de mis peces les importaba un bledo.

Mi madre puso lentejas sobre la mesa. De segundo, puso una bandeja de peces fritos.

—¡SON MIS PECES!
—¡Que nooooo!
—¡ASESINAAAAA!

Más explicación no quise escuchar. Que no eran aquellos sino otros, que la mentirijilla no tiene importancia y, para finalizar, que los pescamos para comer.

Que la vida es una farsa total, vamos.

Me volví a la habitación y lloré con lágrimas infantiles la muerte, el alimento cruel, mi tontería supina que me hacía fracasar en clase, mi locura única, mis fichas estáticas de animales, mis remotos coches abandonados, los años perdidos entre objetos, entre vidas sin objeto, entre sujetos y mentiras, entre las risas y los cariños de mi hermana por el duelo.

Nunca llenéis de peces vuestra bañera si vais a comer pescado. Al menos hacedme ese favor.

jueves, 3 de octubre de 2019

Paco&Emi. Hamburguesas

Imagen del capítulo Nasty Patty (Hamburguesa asquerosa) de los dibujos de Bob Esponja.
Imagen del capítulo Nasty Patty (Hamburguesa asquerosa) de los dibujos de Bob Esponja.


     Paco y Emi han quedado en Puerta de Zamora para dar una vuelta por el centro. Ella llega un poco más tarde porque él se ha anticipado diez minutos.

—Holaaa.—Emi saluda en tono amable mientras se acerca. El se coloca a su lado para continuar caminando y dice:

—Hoy he estado con una hamburguesa gigante.—ella advierte esa cara de travesura que conoce de largo en Paco aunque hoy no quiere jugar a las adivinanzas, pero pregunta:

—¿Ah si? ¿Y de qué se trataba ... alguien con disfraz haciendo una promoción?

—Bueno, quería decir al lado. He estado al lado de una hamburguesa gigante que había en una foto de la parada del bus.

     El siempre se fija en la calidad de la imagen de los carteles. Espera encontrar algún día un cartel publicitario con un nivel de detalle que permita, fijándose de cerca, encontrar "pequeños regalos", como él los llama. Cosas que los otros no ven. Le viene de siempre. Por ejemplo, mientras hojeaba la revista MAD (traducido=Loco) de sus primos. Ahí venían las historias en un inglés que deseaba comprender y en los márgenes había regalitos de humor.

—Y qué—Emi le da libertad para expresar.

—Pues estuve a punto de hacerme un selfi ahí, con la hamburguesa gigante.

—Cual es la gracia.

—Hombre, ya sabes. Yo al lado de eso ... con el ascazo que me da solo verla a primera hora y el desayuno dando vueltas.

—Pues...—se encoge de hombros.

—Es una paradoja, un contraste ... no sé, un imposible. ¿No? Mi cuerpo contra el cuerpo que se te pone comiendo muchas.

—Ya. ¿Y porqué no hiciste la foto?

—Porque venía Aurora a lo lejos.

—Como si a una persona que ves en la parada le importase lo que estés haciendo.

—Si, nada, pero me daba cosa.

—¿Cosa? ¿Estuviste mirando el cartel de cerca?

—Claro.

—Mira que te lo he dicho veces. ¿No te das cuenta que no es normal ver a alguien con la nariz metida en un cartel tan grande?

—Necesito buscar ... ver los detalles.

—Y te da cosa que te vea haciendo la foto pero no te da cosa que te vea como un zombie contra una pared.

—No es una pared de ladrillo, es una imagen.

—YA SÉ QUE ERA UNA FOTO. ¡Bah!,  déjalo.

—¿Estás enfadada?

—Noooooooooooo.—pero él sabe que ha hecho otra de las suyas. Otra que a ella le disgusta.

      Un poco de silencio mientras caminan. El va agobiándose y preguntándose cuándo sabrá callarse este tipo de asuntos para sí mismo. No sabe si estará o no tan agobiada como él hasta que ella dice:

—Bueno. Entonces ... ¡Menuda experiencia para la primera hora de la mañana!

—La foto en realidad es como grasienta. Toda esa mayonesa mala asomando por entre las ondulaciones de la lechuga sobre una suela de queso impasible ante el calor de la carne.

     Ella deja tiempo para que vomite todo lo que lleva en relación con la hamburguesa y quede a gusto. Sigue:

—Mejor que otras veces, cuando ponen Tranchetes amarillos—hace una pausa, nadie replica—Luego dejan algunas migas del rebozado frito caídas a su lado, como para ser más naturales pero que se nota que las han puesto ahí a propósito. Y esos panes tan malos, tan inconsistentes, con semillas mártires de supuesto sésamo ...

—Es comida basura. A la gente le gusta a veces darse el vicio y comer así, no tener que cocinar ...

—No, no. Es que ¿para qué ponen una foto inmensa de una hamburguesa? Para que la veas y digas "¡Uh, qué rica, qué buena pinta!" Porque de lejos la foto parece perfecta pero en cuanto te acercas ...

—¡Toma! ¡Y qué esperas! ¿Que la pongan con moho, descolorida y lechuga fofa rodeada de ... ?—hace gestos y quiere decir algo que no le sale.

—Cucarachas, moscas, cenizas, suciedad, aceite marrón de fritanga, harina pegostreada, huellas secas de tomate, migas duras de vete a saber quién, servilletas hechas una pelotilla ... los lugares esos son terribles.

—Hijo de verdad, no sé dónde quieres ir a parar. Mira, déjalo ya. Me estás revolviendo la tripa.

—Pues a eso me refiero. Que esa foto lo que hace es revolver la tripa.

—Amén. Mira, vamos a tomarnos un helado ¿Te parece?

—De cuales. Digo ... de dónde.

—El Mac Furry no, uno natural de los del Novelty.

—Ah, bueno.—él ve la foto que adorna la marquesina del bus mientras se aleja y se hace pequeña.

Parece que termina el primer relato del día. Ella respira por fin tranquila y Paco corrige:

—No es Furry es Flurry.

—¿De qué sabor te lo vas a pedir?

—De ... —pero ella interrumpe su serio pensamiento y ataca divertida con un

—¡Déjame adivinar! ¿Tutti frutti o leche merengada?

—Tonta.

Es lo que tiene conocer los gustos ajenos. No merece la pena insistir en que pruebe otros sabores. Ya sabe que no lo hará, porque no quiere arriesgarse a tener en la mano un helado que podría saber peor y arruinar el "momento helado".

—Definitivamente, leche merengada.

—Jajajaja, me encanta cuando te pones tan digno.—los dos se ríen y aprovechando el momento feliz le engaña para entrar en Zara Home "a echar un vistazo".

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Nota del Fermín:
 Por increíble que parezca, hoy he cenado hamburguesa de pollo casera con lámina de Tranchetes, tomates de huerta natural, lechuga, ketchup y mostaza. Del pan no hablaré, que está  hecho sin gluten y son todos una mierda. Esto va a ser el karma. Si lo sé, escribo una historia sobre un cupón premiado de la Once.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Delirante Mini Yo

"Es muy fácil vivir aparentando ser tonto. De haberlo sabido antes me habría declarado idiota desde mi juventud, y puede que a estas fechas hasta fuera más inteligente. Pero quise tener ingenio demasiado pronto, y heme aquí ahora hecho un imbécil." Fíodor Dostoievsky.
Cortaditos de almendra antes llamados "Canciller"

Voy camino del supermercado a recoger un saco de pienso para el perro. Es comida con celulosa, baja en calorías. No sé por qué esta moda de alimentar con pienso. Creo que antes se les daban alimentos humanos o lo que no terminábamos en la mesa.

Hace calor y me cuesta mucho avanzar. Siento un cansancio doloroso de cintura hacia abajo. No está lejos, al menos.

Voy mirando al suelo. Las baldosas, con sus cortes estilo «tabletas de chocolate», van pasando por debajo de mi cuerpo. Es mi cuerpo el que avanza sobre ellas.

Siento como si viajara dentro de un robot y mi altura total fuera de unos 3 milímetros. Como si todo mi ser estuviera asomado en lo más alto, mirando a través de un gigantesco ventanal. Desde esta impresionante altura de 1.800 metros, el suelo pareciera moverse lentamente, como al mirar a tierra desde un avión. Es muy molesto sentir las tremendas vibraciones de este inmenso androide a cada paso que da. Pido que sea más cuidadoso al pisar, que se mueva con suavidad. Aunque me atiende y trata de hacerlo mejor, cada pisada sigue siendo atronadora. Siempre he procurado que sus pasos fueran suaves. Quizá por eso nos dijo un compañero de clase:

—¿Por qué caminas así? ¡Parece que estuvieras drogado!

El sol atiza nuestra coronilla de cura famélico y oriento la máquina hacia el sombrío que tiende la fila de árboles. De pronto levanta su cabeza hacia arriba. Entre ramas como rascacielos se balancean hojas del tamaño de campos de béisbol, recortando contra el cielo sus figuras vegetales.

Otros androides se cruzan, miran hacia nos, y nos volvemos la vista al suelo de chocolatinas. Creo que saben lo que pienso, pero cada cual se centra en lo suyo. Yo veo a esos otros en sus puentes de mando y me pregunto si les molestará el impacto de cada paso como a mí.

Siento la quemazón de los músculos que impulsan esta nave humanoide. Quiere detenerse. Se diría que está exhausta y, aunque en proporción a mi tamaño ya ha recorrido 10 km a una velocidad de 300 por hora, debe de haber avanzado escasos 170 metros.

Así, como cuando tenía 7 años, siguen siendo muchos de mis momentos caminando en la calle, pasando entre la gente. Así siguen siendo y, como entonces, para superar el cansancio o el dolor obligo a acelerar, forzar la marcha de esta figura construida en hueso y fibra muscular, ya deteriorada por vieja o mal cuidada.

Este muñeco, que antes, acostumbrado al sol, lucía hermosa piel moruna de piscina o bronceado playero, transporta ahora dentro un pequeño Pepito Grillo que va coordinando como puede el movimiento y el comportamiento; la voz y el silencio.

Nunca me gustó Pinocho. Recuerdo la película con Gina Lollobrigida desde un agobio de pesadilla, mientras comía un riquísimo y pequeño mantecado cortadito de almendras Canciller que compraba en la pastelería:

—¿Puedo comprar solo uno?

Y la amable dependienta me lo vendía. Es que yo era muy guapo. La última vez que la vi aún era amable, aunque anciana. Llevaba muleta y olía a pis.

Incomprensible, pues, que comprase la novela gráfica de Winshluss (Vincent Paronnaud), Pinocchio. El cuento para adultos de este autor francés relata un robot conducido a ratos por un tal Pepito Cucaracha, personaje encantador, algo cochino, piripitusco y procrastinador profesional.

Quizá no tan incomprensible. Hay entre él y el niño que fui alguna relación que ahora puedo imaginar. Antonio Carranza lo explica en estos términos: «Pinocho sale por la puerta principal conducido por su padre, y lo hace cargado de propósitos, con el anhelo profundo de renacer, de convertirse en alguien con capacidades superiores a las que como muñeco tiene: en ser un niño de verdad. Pero cuando sale al mundo surgen los problemas, ya que su inexperiencia y falta de conocimiento lo llevan a fracasar».

Bueno (volviendo al hilo), pues pasa que cuando tenía fiebre y dormía, siempre sufría la misma pesadilla delirante. Un espacio lleno de columnas sin suelo ni techo, unas de diámetro enorme y otras finísimas como pelos. La relación relativa entre objetos de dimensiones con abrumadora diferencia: el átomo y el planeta.
Como ese Mini-Yo dentro de mi propio cuerpo.

¡Yo seré un niño auténtico! - Sheharzad Arshad

¿Es esto un relato surrealista?

¿Debe un muñeco de madera conseguir parecerse a sus iguales a cualquier precio?

Tuve aquel álbum rojo de cromos de Pinocho, asqueroso y repugnante. Me daba un repelús de mil demonios tener que luchar contra esos putos cromos de mierda. Creía que podría cambiarlos con los compañeros de clase, pero todos llevaban de fútbol. Y cuando años más tarde lo intenté con el fútbol, vaya aburrimiento de caras de señores con sus pelotas y sus ridículos motes. Lo único bonito eran las listas de números y tacharlos. Si me ponen este del fútbol delante ahora mismo, disfrutaría encendiendo a su lado una cerilla. «Lo quemé porque era mío». Madre. A ver si voy a ser un psicópata. Corto y empalmo.

Ya voy llegando al supermercado. Debo recuperar el volumen de mi consciencia, adaptarla y reconectar el cuerpo con la mente. Introduzco el número de 6 dígitos y se abre una compuerta. Ahí está mi paquete. Emprendo el regreso a casa y odio esa sonrisa en la caja, chivando a cualquiera que llevo un producto comprado en Amazon.

Al perro le gusta la caja. A mí me gustaría encajar. Ser otro o morir.
O ser yo y vivir.

miércoles, 21 de agosto de 2019

Reina de la sutileza

"Alguien me dijo una vez, que en el momento que te detienes a pensar si quieres a alguien, ya has dejado de quererle para siempre" Carlos Ruiz Zafón, La sombra del viento.
Muchas veces nos creemos diferentes a los demás. Especiales con el sentido de preferibles, que suena más humilde que diciendo mejores. Y nos podemos ver distintos siendo con toda probabilidad una copia de tantas. Si quieres, con marcas para ver con microscopio antes de confirmar que es una copia diferente. Los patrones generales son similares. Después de decir eso me voy a contradecir un poco.

Mi vida, tan singular en ocasiones -penosas-  y apartada -con gusto- de lo social casi siempre, guarda en ciertos aspectos un parecido con la de mi compañera de blog. Mi esposa recibió la recomendación de no ser pareja conmigo y algunas de sus amigas trataron de prevenirla sin conocerme.

Bueno. Pues lo mismo no eran malos consejos. Quién sabe si su vida hubiera sido más feliz. Reconozco que yo sin ella me habría estancado en los 21 y después me habría costado mucho salir adelante por mi cuenta. El texto que sigue es de esta amiga de blog, siempre escasa de tiempo que prefiere publique por ella este texto suyo aquí:

Demasiado amor para contenerlo - Lisa Dubois

Soy tan visceral que no puedo fingir sobre lo que no siento.  Hasta prefiero romper relaciones a vivir un “cuento”.  Pero fíjate por donde que por distintas circunstancias me estoy convirtiendo en la reina de la sutileza, que siempre será mejor que reina de la mentira.

Todo el mundo me decía "No te cases con un minusválido que ya verás" pero ahí se equivocaban. No es la minusvalía física la que mata o cansa, es la forma de ser. El egoísmo, ser posesivo ( entender mal el amor ), la dignidad a destiempo, la soberbia o pensar que sigo a su lado con el deber de "servir" sin derecho a opinar. Ni siquiera puede entender que ayudarle no me cuesta pero cualquier persona con esa actitud me cae mal. Y viniendo de él me duele porque le quiero.

A lo largo de la vida he creado un mundo feliz donde nos íbamos adaptando y disfrutando de la vida pero el tiempo, ese que dicen que todo lo cura o que todo te enseña o te pone en tu lugar, ese tiempo me ha demostrado que todo era ficticio. Lo único que se iba adaptando eran mis esfuerzos y mi amor. Al menos yo me siento así.

No digo que él no me haya querido, pero a su manera, igual que su hermana: primero están ellos y luego los demás. Juzgan de antemano, desprecian y si no se está de acuerdo en algo, aunque sea en tragar ruedas de molino, ya estás contra ellos.

Tengo que medir cada palabra que digo porque si no le hago enfadar.

Tengo que medir cada gesto. Tengo que medir todo y ni las medidas son ciencia exacta, ni yo quiero ser una máquina de calibrar.

Y después de enfadarse por lo que sea -aunque no lleve razón- cuando ya se le ha pasado la rabieta, sin olvidarse de incluir el jodido mensaje "Me quitas las ganas de vivir", pues eso, cuando se le pasa y ya se encuentra bien, abre su mano con magnificencia  y dice "Ven, anda. Dame un beso."  perdonándome la vida.

Estoy cansada y sin otra solución que volverme la reina de la sutileza para pisar fuerte en mi mundo mientras paso de puntillas por el de él con sus intrincados mundos anidados.