"Hasta que el inconsciente no se haga consciente, el subconsciente
seguirá dirigiendo tu vida y tú le llamarás destino." Carl Gustav Jung.
Beth, novia de adam, está sentada en penumbra hablando con su madre de
marcharse a California con Adam. Su madre pregunta:
—¿Sabes lo que quieres?
—Mamá, sé que nunca va a ocurrir. Que nos miremos a los ojos y
sepamos... exactamente, lo que el otro está pensando. Esa idea ni
siquiera tendría sentido para él. Jamás me ha dicho que me quiere. Es
más. No sé qué significado tendría si lo hiciera.—la madre responde:
—Ya ... sentirse amado es muy importante pero ... amar, mi querida
niña, es una necesidad.—ella escucha un ruido y se vuelve. Adam lo ha oído.
—Mamá, tengo que colgar. Te llamo mañana.—Adam se acerca y dice:
—Te quiero, Beth.
Pueden ustedes dudar de su amor, pero no de su buena intención. Ella
esboza una sonrisa y baja la mirada. Y le pregunta:
—Adam. ¿Porqué quieres que vaya a California contigo?
—¿Qué? No te comprendo.
—Por-Qué-Quieres-Que-Vaya.
Adam no puede dar una respuesta inmediata. Tan solo escuchar la forma en
que ha vuelto a preguntar le descoloca el pensamiento. Necesita,
necesitamos, tiempo, comprender, adivinar sentimientos e ideas. Lo sabéis,
pero tan solo con esa simple demora le ha dado a ella una respuesta.
Vuelve a bajar la mirada con una actitud que creo no significa nada bueno.
Pero Adam dice entonces:
—Tú eres ... tú eres ... como una parte de mi.
El hombre se esfuerza por acertar. Se debate entre encontrar las palabras
adecuadas y el sentimiento necesario. Qué fácil puede resultar escribir
aquí y qué complicado expresarlo ante otra persona.
Ella se da cuenta de cuánto le cuesta. Se levanta y se acerca a él, que
añade:
—Y ... y ... te necesito ... y quiero ... que me ayudes ... a encontrar
un lugar donde vivir—toma confianza en explicar sus necesidades, en eso no tiene dudas—y a aprenderme el camino al trabajo y a entender las cosas raras
que dice la gente y ... no podría ir sin ti.
Se trata de una película, puedo verla varias veces, puedo entender que
ella ha empezado a mirarle de una forma que no es positiva.
Repasarla, saber que él hace rato que ha dicho cosas que a ella no le han
gustado. Eso que os parece tan sencillo, natural.
Y a ella empiezan a caerle unas lágrimas de tamaño sandías. Esto también
nos pasa a nosotros, a mi esposa y a mi.
Y solo quiero morir porque no sé qué acabo de hacer, de omitir o decir
para causar tanto daño.
Beth dice:
—Lo siento. No puedo ir. Si quieres que vaya porque no puedes ir sin
mi, no puedo ir.—le hace una carantoña y se marcha.
Adam se llena de pena y sus ojos de lágrimas.
Alguien.
¡¿Alguien entre ustedes sabe porqué llora Adam!?
¿Por que acaba de perder a su persona de apoyo?
¿Por que acaba de perder a la persona que ama y necesita por igual?
Desde luego. Ella también necesita su amor y un apoyo que quizá no
encontrará en él como era de esperar.
Yo no sé qué más podemos, puedo, hacer ... muchas veces.
Eso es todo.
Me dicen que provocamos el síndrome de Cassandra
en nuestras parejas.
No tengo duda de que hago sufrir a mi esposa. Hasta he querido formar
parte de un ensayo con pastillas nuevas, cosa que odio con toda mi alma,
con la idea de quizás cambiar, de dejar de ser como soy.
Como siempre dijo mi padre, soy un cobarde.
Como tal, lo único que deseo en momentos así es la muerte.
Ella dice que el suicidio es para los cobardes. Cuánto te admiro cariño. Tu
forma de luchar y salir adelante aunque sea arrastrando el cuerpo para
enfrentarte otra vez a la fregona con las muñecas rotas de dolor.
Levantando cada mañana en soledad el ánimo teniendo este ser
inanimado a tu lado.
Quisiera borrar las huellas que te llevaron aquel día junto a mi ya que no
tengo redaños para transformar mi ser en el hombre que necesitas.
Ojalá todo fuera como en las películas que tienen final feliz.
"El amor está en el aire, dondequiera que mire El amor está en el aire, en lo que veo y escucho Y no sé si estoy siendo tonto No sé si estoy siendo listo Pero es algo en lo que debo creer Y está ahí cuando te miro a los ojos."
La canción de John Paul Young es clara. ¿Y sin esa mirada deja de existir el amor? ¿Las personas ciegas no aman también?
Se puede amar también sin recibir amor a cambio. Se puede encontrar el cariño fuera de los globos oculares. Se encuentra cuando aprendes a ser encontrado.
Si tu cabeza dice que no quiere, ¿por qué tienes que obligarla a
hacerlo?
Deja. Que sea como ella desea. No le robes la ilusión, que no es tal sino
una chispa de intención porque, ¿te va la vida en ello?
Oh, quizá. Quizá te quedes al final en la calle. Sin trabajo es sin dinero.
Sin ello te dejará la pareja. Fuera vagos. Fuera la ruina de la casa.
Ahora sí. Ya eres cien por cien libre. O casi. Puedes deambular por la
calle, dormir en una esquina menos fría, comer lo que caiga. Quieres agua
caliente y no oler a cerdo. Te equivocaste. Busca el campo, el río, un
pueblo con casas abandonadas. Okupa una. Arréglala, que sea mejor cuidada
cuanto más. Si molestas, te vas a otra y vuelves a empezar. Acceso al calor
y al agua. Puedes cagar por allá sin problema. Y mear también. Posibilidad
de comer... no sé. La fruta crece sola, pero tiene dueño. Tus gallinas
tendrán hambre. Los huevos crudos no bastan. El huerto no es magia, es
trabajo, orden y conocimiento.
Vuelta a la base. No se vive del aire. Tira los dados y vuelve a jugar,
esta vez sumiso. Oveja. Sigue tu rebaño, haz lo que debes y dispondrás de un
rato cada día. Colabora con nosotros y serás menos dueño de tus días, pero
te permitiremos las facilidades que se acomoden a tu bolsillo. Vive y muere
dentro de la sociedad que te cuida y exprime en un solo gesto.
Ah, qué bonito es esto.
¡TiRuRiRuRi! ¡TiRuRiRuRi! ¡TiRuRiRuRi!
Suena el teléfono. Blah, blah, blah. El volumen de voz aplicado a este lado
de la conversación hace que resuene en cada esquina mientras se desplaza de
un extremo a otro de la casa. Necesariamente te tienes que enterar de cómo y
qué se habla.
—Bueno, maja, no veas cómo le tiene la casa Juan. Toda limpia y
reluciente.
—BsBsBsBs (por suerte no se escuchan las respuestas del otro lado).
—Pues, maja, limpia no, lo siguiente.
—BsBsBsBs.
—Y no veas cómo anda detrás de los chicos para que no manchen. Los tiene
locos: “no dejéis todo tirado”, “¿no ves que estás manchando?”, “recoge las
migas”, y así todo el tiempo.
—BsBsBsBs.
—No, no. No es porque esté en E.R.T.E., porque...
—BsBsBsBs.
—Que no, que no, que cuando trabaja también la ayuda un montón. —(Me lo
imagino poniendo el piloto automático en el camión mientras se
teletransporta a casa para que esté todo limpio cuando Pepi, su esposa,
regrese de su jornada matutina en un solo turno total de 5 horas).
—BsBsBsBs.
—Maja, qué suerte tienen algunas, la verdad. —BsBsBsBs—. Pero es que tenías
que verlo. Como los chorros del oro.
—BsBsBsBs.
—Te digo queeee... no sé qué habrá hecho una en esta vida para tener tan
mala suerte con todo.
No hace falta preguntárselo uno. Es fácil. Te casaste con un cabrón
machista que es un vago de siete suelas, que no vale ni pa tomar por culo y
todavía menos pa dar. Con un mierda que solo hace que lamentarse y mirarse
el puto ombligo. Calla, ya sé que es sin h. Es para distraer la vista de
toda la porquería que acompaña ese jodido ombligo egocéntrico de los
cojones.
Qué preciosidad de lenguaje. Vayamos con el evento de la noche para
acostarnos todos felices.
Salgo a las 22 h de la locura de un teletrabajo y me siento en el sillón
para ver con ella el capítulo 7 de “30 monedas”.
—¿Pongo el capítulo?
—Haz lo que quieras. Yo me voy a ir a la cama.
—Ah, que estás... —Me paro a pensar. La miro. Sé que está muy
cansada.
Está sustituyendo a Pepi, así que sus 3 horas al día son ahora 5. Fue a
visitarla a media tarde, pero volvió revuelta del dolor de pies. Pasado
mañana tiene cita con el podólogo. Ahora está ahí, a mi lado, tapada con una
manta. Quisiera darle un beso, pero lo verá como el de Judas. Pienso
mientras me enrosco a presión en la mía. No estoy seguro, pero parece que
hay algo más.
—Bueno, pues lo dejamos para mañana. No pasa nada. —Al poco, dice:
—No me has preguntado qué dijo Pepi de las cejas.
—¡Ah, no! ¡Es verdad! ¿Qué te dijo?
—¿Te das cuenta de que casi no me preguntas nada?
—(Silencio). —Qué contestar. Reconozco mi culpa.
—Parece que no te interesase nada de mí. Y siempre es igual.
Me duele, pero no tengo palabras. No hay excusa. Como a ella le duele y lo
expresa en medio de una sinceridad fatigada de no hallar solución. Trato de
insistir mientras degusto el sabor amargo de mi falta. Mi falta de empatía.
Mi falta de interés, ¿de amor, pensará ella? La muerte no resuelve; no
pienses tanto en ella, que ya llegará cuando menos te lo esperes.
—¿Entonces qué te dijo? ¿Se dio cuenta?
—(Pausa, silencio). Sí. Enseguida lo notó.
—¿Y... le ha gustado?
—Dice que me favorece mucho. Que me da más expresión al gesto. Ya te dije
que ella lo iba a notar en seguida.
Yo no me di cuenta hasta que me lo dijo en casa. La recogí a la salida de
la esteticista, pero no me fijé. Ni en casa tampoco.
Cuando su pareja tenga conductas como estas, cambie usted de pareja. No
espere mucho más. Las personas adultas no cambian de forma radical estos
comportamientos de mierda. No permita que esta le salpique durante el resto
de sus vidas.
No. Espera.
Mejor no me hagan caso en nada. No valgo como ejemplo. Probable que ustedes
serán lo suficientemente inteligentes y puede que hasta libres para saber si
les conviene o no.
Al final vimos el capítulo. Las 30 monedas de Judas no sirvieron para lo
que él creía. El dinero no siempre es bastante para remediar o mejorar la
existencia, unas veces por la cantidad y otras por el precio implícito de la
calidad que le acompaña.
“Blessed are the poor, for theirs is the kingdom of heaven.” Así que el
reino de los cielos se paga con una vida de miseria en la tierra, como
mierda al sol.
De los creadores de "La sequía de un aficionado a escrituras de perra gorda" les traemos hoy otra super traducción infalible.
Yo diciendo a un compañero:
—Mira qué canción más chula—él contestanto —Pero tío, si eso es el tema de la serie Peaky Blinders,
¡vaya descubrimiento! y ... ¿quién dices que es ese Nick Cave?"
La inseguridad, según a qué tipo de persona afecte, tiene dos variantes claras, aunque ninguna de las dos es sencilla.
Una: las personas que se creen insignificantes. El miedo les hace creer que no se merecen nada bueno, les agarrota por dentro, les llena la cabeza de pensamientos que pesan más de lo que deberían. Pero no voy a desarrollar este tema ahora, aunque me parece de los más fascinantes que existen, porque siempre me he llevado sorpresas enormes y gratas con esas personas extraordinarias que se creen pequeñas. Las que menos esperan de la vida y más tienen para dar.
Dos: las personas posesivas. Las que construyen su mundo sobre la dominación como si fuera un andamio firme, sin darse cuenta de que lo que sostiene ese andamio no es fortaleza sino miedo antiguo, inseguridad disfrazada de control.
Estoy empezando a sentirme bien con determinadas situaciones. Participo en un baile de máscaras que organizo yo misma, con mis propias reglas, para no salir como gato escaldado que luego huye hasta del agua fría. Lo llevo cada vez mejor. Emocionalmente ya no me cuesta tantos disgustos como antes, cuando me implicaba de corazón sin calcular el peso de lo que asumía. He aprendido a bailar con las máscaras puestas y a saber cuándo quitármelas, y con quién.
Pero ha irrumpido un elemento nuevo: una ira sin controlar que no es la mía. Intento hablar y no logro conectar con él, o él no logra que yo me entere de verdad. Es como si habitáramos mundos paralelos que se rozan pero no se tocan, donde sin querer hacernos daño, nos lo hacemos igual.
Sé, porque lo he aprendido a golpes, que discutir es absurdo. Más aún cuando se ve con claridad meridiana que no se llega a ningún sitio, que solo se ahonda en el desconcierto y en el desasosiego, que las palabras se convierten en muros en lugar de puertas.
Yo construí un mundo y por momentos creía que se estaba desmoronando. Pero he adaptado los cimientos. He reforzado lo que necesitaba refuerzo y he dejado caer lo que ya no sostenía nada. No me voy a hundir. Pero no logro conectar con este nuevo elemento, no logro que comprenda que su propia mente no le deja ver ni entender con claridad, aunque todo, siempre, depende del cristal con que se mire.
No todos los momentos son malos. Tiene ratos de lucidez y de buenas intenciones, destellos en los que aparece alguien que merece la pena. Pero siempre está en ebullición, como una olla que nunca baja del todo la temperatura, y cualquier chispa le vale para incendiarse y quemarlo todo alrededor.
No todos vemos ni sentimos la vida de la misma manera. No pretendo que nadie comulgue conmigo. Pero me gustaría poder adentrarme en el corazón de alguien a quien no quiero dar por perdido.
He dejado atrás muchos inconvenientes. Personas tóxicas que ahora creen que como de sus manos, porque así lo he hecho creer, porque al final estaban consiguiendo contaminarme y a veces la mejor manera de alejarse es quedarse cerca, quieta, sin dar señales de lo que uno realmente piensa. Ha sido relativamente fácil, una vez tomada la decisión, y veo con algo de tristeza la estupidez de no haber reaccionado antes.
Pero este nuevo artista del circo no me permite ordenar el pensamiento. Me duele, me hace temblar en el trapecio, y no quiero que caigamos los dos a la arena sin red. No quiero que se formen vacíos imposibles de llenar. Ya tengo uno muy grande con otro ser, y ese ya no tiene remedio por circunstancias diversas.
Aunque no pierdo la esperanza de que todavía queda tiempo —más emocional que físico— empiezo a parecerme a la moral que gastan los del Alcoyano: seguir creyendo cuando los números no acompañan.
Han pasado unos días desde estas divagaciones y de pronto ha sido más fácil ver más allá del blanco y el negro. Cuando suponía que era algo personal, resulta que era algo mucho más hondo y más antiguo.
Empiezo a entender a este nuevo jugador.
Hace tiempo algo le cambió por dentro. Se encerró en su mala suerte, en su desgracia, y no solo en los pensamientos sino en todo su conjunto: en el cuerpo, en los gestos, en la manera de ocupar el espacio. Y aun siendo una gran persona en lo esencial, se ha ido embruteciendo, social y familiarmente, como la tierra que se endurece cuando pasa demasiado tiempo sin lluvia.
No era solo ira descontrolada por una supuesta falta de intimidad. Se había hundido en sí mismo, en sus propios olores, en sus distancias construidas ladrillo a ladrillo, en su no saber —o no poder— afrontar las situaciones que la vida le fue poniendo delante. Fue metiéndose en su cueva, en su caverna interna, donde todo lo de fuera le hacía sentir acechado. Un animal herido que gruñe porque no sabe hacer otra cosa con el dolor.
Sentía mucha incomodidad por no poder acceder a una comunicación plena. Ahora veo que tengo que poner mucho de mi parte. No tomarlo como algo personal con intención de ofender, sino como algo personal desde un cariño mal entendido, desde una herida que no sabe pedir lo que necesita.
El aislamiento mental te embrutece, aunque por fuera parezcas muy sociable. No puedes vivir siempre como un animal a la defensiva en su territorio, con las púas fuera, con la mandíbula apretada. Un animal herido que no ha dejado que le curen las heridas de verdad —no las que pregona, sino las otras, las que no tienen nombre— y que se revuelve contra quien se acerca demasiado a su interior.
No va a ser fácil. Pero me he quitado mucha presión de encima. He dejado de tomar en cuenta ciertas cosas que no merecen tanto peso. Porque esto no es una guerra. Es un comienzo de vida. La recuperación de una convivencia olvidada, más que perdida.