"Infeliz es quien piensa en su infancia y solo evoca recuerdos de miedo y
tristeza." (H. P. Lovecraft)
Ayer salí a pasear al perro.
Para según quién, las 9:00 será pronto un sábado por la mañana. Llevé los
auriculares de tapón para sobrellevar el paso lento de mi amigo. Le gusta
caminar sus 1.800 metros: casi dos kilómetros oliendo y haciendo como que
mea por todas partes. Sí, es mucho territorio. Así de fuertes tiene los
musletes.
El caso es que decidí recordar la música de Triana. «Hijos del agobio y del dolor». Pensé lo triste que sonaba esa voz y gran parte de su música. Repasaba
por entonces, con 12 o 14 años, cada uno de los seres que poblaban aquella
portada tan oscura y deprimente. Quizá solo era mi estado mental, la forma
de interpretar aquello.
Hay personas que parecen arrastrar toda su vida un halo de tristeza hasta
consumir su último aliento.
Recordé a Los Secretos y ese «Ojos de gata». Artistas que imagino dando escape, desde la profundidad de su dolor, a
canciones como estas.
Puede que sentir una profunda tristeza nos permita conocer mejor la
alegría. Quizá haya otras personas capaces de pasar la mayor parte del
tiempo disfrutando de una energía más vital y escapen de inmediato ante la
más mínima vibración triste.
En cuanto oigo, veo, presiento esa llama azul, me transformo en polilla
hasta arder desde el tuétano.
«The Eagle Will Rise Again», de The Alan Parsons Project, me acompañó en muchos momentos solo y
retirado de todos: familia o amigos. Nadie podía servir de ayuda para lo
incomprensible. Nada dentro de mí me animaba a solicitarla, a hablar.
Sumergía todo el cuerpo en cada nota, su triste desarrollo… «Let me see the
light», déjame ver la luz.
Estúpido pretender que la música hablara por mí.
Uno sigue adelante porque el instinto está en los genes, pero no es lo
mismo vivir la vida que sobrellevarla.
Continuar en base a los instintos me ha convertido en menos animal, a pesar
de todo. Porque muchos no han sido instintos animales. Si hay diferencias
entre las demás especies y esta nuestra, autoproclamada inteligente, son los
instintos aprendidos…
Ya que está mal vista la locura de la tristeza, ¿podríamos mezclar los
términos?
En una pareja convencional, con relaciones sexuales sin anticonceptivos,
las criaturas vienen una tras otra en cantidades no siempre deseadas,
desafiando los límites establecidos por la naturaleza y el tiempo.
Esto les pasó a mis padres.
Si mi madre hubiera podido decidirlo, no estaría escribiendo esto. Nada se
perdería en este sentido por otra parte a la vista de la porquería literaria
que ofrezco, por suerte, en escasa cantidad a una mucho más escasa cantidad
de personas lectoras.
Pero vivo para contarlo y "I do it my way". Suerte de Sinatra que no le
pusieron peros.
Sin embargo quiero comentar algo de reciente descubrimiento personal.
Leo "Lo que más me gusta son los monstruos" de Emil Ferris. Mi memoria
funciona peor cada día. A pesar de los días transcurridos desde retirar de
la biblioteca esta novela gráfica, aún debo mirar para recordar su
nombre.
Elegí esta entre las cuatro máx. permitidas por ser tochuda y de bonitos
dibujos. El socorrido método para equivocarse pero valiente desde lo
gratuito.
Nota a Luciérnaga: tengo empezado tu "historias del arte" de aldo
urbano y va muy bien, gracias
Y dice algo así en castellano:
"Las personas que han sido amadas por sus madres no entenderán lo que
voy a decir.
Hay palabras secretas y no pronunciadas que
fluyen de una madre a su hijo. Comienzan cuando el niño está dentro de
ella. Gracias a esas palabras secretas, el niño sentirá que la puerta
del mundo está cerrada para él o que es bienvenido.
Para el
niño que no es bienvenido siempre existe el impulso de complacer a la
madre... y marcharse. Esta tentación les susurra toda la vida.
Desequilibra su buen juicio. Les hace ignorar su intuición, bailar al
borde del abismo..."
Tampoco me veo capaz de explicarlo mejor.
En este libro que seleccioné de manera intuitiva aparecen de nuevo los
abusos sexuales en la infancia. Alguien opinará "tu vas buscándolos", pero
no. No lo creo o más bien ... no soy consciente.
El libro habla de una mujer asesinada y se pone más interesante cuando su
marido pone en marcha la cinta donde esta mujer cuenta su vida. De niña la
envía su madre a hacer un "recado" llevando unos productos a un local. La
niña nunca escuchó las secretas palabras de amor e, ignorando su buen juicio
"Deja el paquete en la puerta, llama y huye" llamó y esperó.
Esta sensación de ignorar mi intuición y "bailar al borde del abismo" me ha
acompañado siempre.
Jamás podré tener mejor juicio a pesar de mis intuiciones. Esperaré siempre
lo peor y decidiré en función de eso. O elegiré la peor opción, la más
dolorosa, la más extraña, perjudicial para mi salud o la de otras.
La ausencia de estas palabras secretas por parte de mi madre valdrá en
mierda mi vida entera.
Cuando lleve consigo para siempre ese mensaje de amor, cuando ya no
sea bueno para nadie y todo pierda importancia en su tumba, yo,
madre, te llevaré entre flores mi tristeza, mi rencor, para que
vayas tranquila donde quiera o donde te quieran.
Mientras el resto de mi supuesta familia elegía vacaciones, yo —no sé si
elegía o obedecía mis instintos— me quedaba en casa. Digo supuesta
rememorando el día que busqué por todos los rincones posibles escondites
de los papeles de mi adopción. Tan extraño me sentía. Pero, de una pedrá’,
la psicóloga, muy sabia, me dijo a toro pasado (y tan pasado que a saber
’ande andarán sus huesos): “… ¿y para qué iban a adoptar tus padres si tú
eres el cuarto?”. Razón que convence, pero jamás calculé esa cuenta, y es
que cuando me obsesiono no atiendo razones.
Diría que esta fue la mejor época de relaciones sociales de toda mi
vida.
En otras entradas he hablado de tener dos amigos a la vez. No eran buenos
conmigo ni yo con ellos (aunque equivocado, siempre me creí mejor persona
que ellos). Ansiosos de tener novia y sin saber en realidad qué era una
amiga porque los curas no lo permitían.
Pero sucedió que los tres tuvimos oportunidad de sumarnos a una bonita
pandilla numerosa y… era maravilloso ser percibido pasando desapercibido. En
aquella pandilla había chicas y chicos. ¡Qué fantasía! Ahí estaban el salao
y nerviosísimo José Antonio RB, el graciosísimo Card-y-Ona, Maite, Asunción,
Clara y algunos otros y otras que iban y venían. Todo un caos de lo más
—según recuerdo— estresante e interesante, teniendo en cuenta nuestro trío
de cortas y fracasadas miras.
Alguien disponía de una cochera sin vehículo, con un sótano debajo. Ahí
solían celebrar esa gente sus fiestuquis. Y una vez fuimos invitados.
Me pareció todo mal. El garaje era un cajón desastre. Para acceder al zulo,
pues otro nombre no merecía, había una trampilla en el suelo. Bajabas por
una escalera de hierro que sobresalía del agujero. Acojonao (en la medida de
los mis chiquitucos, entre uno y dos baremos menos que lo normal según el
lado) bajé. ¿No es asombroso la de cosas que pasan por la cabeza mientras
relatamos?
La segunda cosa inmediata desagradable era el sonido. La música provenía de
unas cajas de plástico duro. Sonaba distorsionada. Eso sucede en todos los
aparatos cuando subes el volumen por encima de sus capacidades. Y si es al
revés, que los altavoces no pueden soportar la potencia de la corriente que
reciben, por muy bien que esté, se revientan y/o se queman sus
bobinas.
La tercera chapuza era la iluminación. No se veía un carajo. Ahora que lo
pienso, más de cuarenta años después, lo mismo era a propósito pues… ¿qué
sentido tiene hacer una fiesta? Estar con las amigas y amigos, escuchar
tonterías de unos y otros, reírse juntas, aprender las unas de los otros y
conocernos, comentar lo que podríamos hacer en el futuro, cosas que nos han
sucedido, contarnos cuentos, enternecernos juntos, apreciarnos por lo que
éramos, plantear y planear nuevas ideas, hablar de animales y sus
costumbres, escuchar al pirao de turno cómo se hace un programa de ordenador
después de explicarles lo que es… pues no. Folletear y manosear solo para
probar y disfrutar. El amor no está invitado a según qué fiestas.
La cuarta pesadilla del tugurio era la falta de ventilación y la absurda
necesidad de fumar para ser mayores. Sumada a la escasa luz, pronto no hubo
quien pudiera ver ni respirar. Quiero decir: solo me pasaba a mí. El tufo
del lugar, sumado al olor del tabaco y la humanidad, pronto fue
insoportable. Para mí, claro. Pero ahí aguanté todavía cinco minutos
más.
El quinto horror era ver los cables de la bombilla, del tocadiscos, de no
sé qué más, todo en condiciones precarias y presto al incendio y la
electrocución. ¿Se habría salvado el que estuviera más cerca de la escalera?
El resto ni sabría dónde quedaba. Procuré no perderla de vista.
Sexto. Alcohol. Descontrol. Nunca entenderé que para ser felices sea
preciso ponerse trompas.
Séptimo. Ser identificado como el clásico aguafiestas. Esta fue la excusa
perfecta para marcharme de allí, volver a casita y tan a gusto. Ahí
quedaron mis socios.
Pero esto no iba de su fiesta sino de la mía. Yo preparé tres espacios: uno
con música para bailar, otro con música lenta que sería gobernado por uno de
mis íntimos y el último, una habitación para estar con mi novia. Yo, Fanta
de naranja; y para ella, Coca-Cola. Tres pares de altavoces, diferentes
niveles de volumen, sonido perfecto e iluminación con luces de colores para
el baile al ritmo de la música, y una luz más suave pero bastante en la zona
de lentos. Yo con la luz normal para estar con Clara.
Hice tan solo una prohibición: no se podría beber alcohol. Quería que
disfrutasen de manera normal.
Debí hacer más prohibiciones. Aparecieron personas que no estaban
invitadas a la fiesta. Gente de clase que no me agradaba ni tenía remota
idea de cómo habían sabido de la fiesta. Quise investigarlo, pero no se me
permitió y lo dejé para más adelante. No quería aguar mi propia
fiesta.
Al poco de haber empezado, de haber puesto una cinta que había preparado
para el baile, sin haber podido casi hablar con Clara, empecé a escuchar
tremendos ruidos, gritos ensordecedores, risotadas brutales, golpes y
madre mía. Clara pedía que los dejara, pero no pude.
Estaban borrachas y beodos perdidos. Uno incluso había vomitado. Habían
colado botellas de alcohol. Había de todo, desde ginebra a vodka, pasando
por otras mierdas parecidas. Mis cositas para comer seguían esperando
turno en sus platos. Un completo desastre.
Quité la música. Subí las persianas. En la habitación de música lenta
estaban a oscuras. Encendí la lámpara del techo y ahí estaban mis socios,
uno a cada lado de Maribel, borracha. Les eché en cara su actitud de
abuso.
Ordené a todos que se largaran a sus casas. La fiesta había terminado sin
haber casi empezado. Mi vaso de Fanta no llegó a beberse. No recuerdo qué
pasó con Clara.
A pesar de todo, algunos se quedaron para ayudar a recoger y Maribel
estaba fresca como una lechuga. El pobre Carm-ona perdió una de sus
lentillas e iba más pedo que Alfredo, pero con ayuda de Maribel potó su
contenido nocivo. Cuánto me extrañó lo de esa chica.
Mis “amigos” me echarían luego en cara impedirles gozar, para una vez en
la vida que lo tenían fácil. Siempre insistieron en que ella quería, pero
nunca admití sus explicaciones.
"Noche ochentera,
toda la noche entera.
Hay una cola que tela
pero ven con quien quieras."
Lo que es por mi, esperen sentados si me invitan a su fiesta, gracias.
"¿Porqué no se caerán padentro las lágrima? ¿Porqué no se caerán en un baldesito atrá de los ojo así uno despué
las tira en otra parte pa'que nadie lo vea?"
A veces no lo uno. Ni lo otro.
Era verano. No era ni siquiera adolescente.
Plantado en el sillón con mi pantalón corto.
El ambiente, cerca del mar, es más salado cuanto más cerca.
A veces parece escaparse el salitre del agua.
El viento fresco entre lloviznas por Hondarribia agridulces, en gotas de
esa mar, de nubes a gris ligero.
Pero el sofá y, aunque fuera no llueve, la humedad se posa en la
piel.
Mi cuerpo no conoce los sofocos de la pasión aún.
En la tele siempre contando lo de siempre.
Mi prima tiene calor. Ella es mayor. Lo bastante para “saberlo todo”.
Discute en inglés con su familia: “You...!” “Nou, nou...!”
Awachiperri tasunblonde neverender. No entiendo ni papa.
Todos aprendieron inglés americano excepto el primo pequeño. Él nació
norteamericano.
El americano se ríe de su hermana, pues se volvió euskalduna de pura cepa.
Mix de apellidos castellanos y vascos. No tan de raza, quizá.
Pero sofá, tele y cálido ambiente de verano familiar. Un niño extraño en la
casona de madera por la plaza del vicario, que ya no lo es.
Mi prima lleva un vestido, ahora supongo que ligero, ahora imagino justo
para sudar lo justo. Se sienta al otro lado, teléfono fijo en mano. El móvil
no se inventó.
En su lado del sofá, sobre el reposabrazos derecho, el codo derecho. Coloca
las piernas para su comodidad. Observo. Veo entre una y otra algo
desconocido.
Siempre observo fijo cuando observo. Es una costumbre que incomoda. Aún hoy
no lo aprendí. No lo controlo muchas ocasiones.
Es la pita de mi prima. Igual que su mano, su pelo. Todo es bonito,
imberbe, simple e incoloro a ciertas edades.
Jaja sin gracia. Sin más. ¿Por qué? ¿No se da cuenta? ¿Importa? Me da lo
mismo.
Vuelvo a la tele. Me pregunto. Vuelvo de reojo. ¿Cómo es? Luego vuelvo la
mirada fija. Son pliegues de piel sin más. Lo mismo que hay entre dos dedos
juntos.
Nada.
La información puede estar en su cara, pero no la encuentro. Habla y nada
más. Tonos de voz que no conecto con nada aprendido. Algo de gestos huecos
donde apoya su sentido.
Todo está bien o... ¿algo está mal?
Cuelga por fin. Me dice no sé cuál cosa. No contesto lo que no
comprendo.
Aún hoy. Espero y ya.
Leí una pequeña historia de “El Tomi” titulada “La ventana”, de "Polenta
con Pajaritos".